El hombre de hoy no cesa de buscar. Puede haber muchas respuestas clichés, muchas respuestas sacadas de la publicidad, de algún músico que se cree poeta, o de algún autor de autoayuda más o menos famoso, pero no vemos en la actual generación una respuesta contundente que calme la sed de esas inquietudes que están escritas en lo más profundo de su corazón: “¿quién soy? ¿cuál es mi propósito? ¿por qué existe el mal? ¿puedo ser feliz?, etc”.
La Iglesia no es ajena a estas preguntas fundamentales del hombre, Ella es consciente de que «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (GS, 1). Y esto lo constatamos en la vocación de tantos sacerdotes, religiosos, catequistas o de cualquier cristiano “de a pie” que quieren vivir la caridad concreta y se encuentran delante con un “otro” que está necesitado de responder a estas inquietudes.
Antes de responder concretamente a las preguntas arriba mencionadas, y para que estos esfuerzos den verdaderos frutos, considero necesario ahondar en lo que Dios nos enseñó sobre quién es el hombre. «Hoy más que nunca uno se debe preguntar qué sucede con la persona sin la relación con Dios que es Persona y sin la fundada esperanza de la inmortalidad personal, es decir sin esa dimensión de eternidad, sin la cual la persona se reduciría a un punto insignificante del universo y de la historia».
Por ello, en estas líneas me propongo redescubrir y profundizar en lo que significa el ser personal del hombre que Jesucristo nos reveló por medio de su Encarnación. Si bien esto no responde inmediatamente a cuestionamientos prácticos, lo que nos ofrece es el núcleo de la visión antropológica del Evangelio que nos permitirá aproximarnos a la realidad con la misma mirada que Cristo lo hacía. Para tan importante tarea no me basaré tan solo en mis propias intuiciones sino que desarrollaré lo ya dicho por la Iglesia en el Concilio Vaticano II, profundizado por San Juan Pablo II cuando era filósofo en Cracovia y transmitido a mí por el estudio de un especialista en el tema: el P. Massimo Serretti.
1. Al principio no fue el ser sino la Relación de Personas
Quisiera comenzar por recordar que la noción de persona no surge al reflexionar en el mensaje de Cristo sobre el hombre sino que parte de querer entender el misterio más grande de nuestra fe: creemos en un único Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo (La Santísima Trinidad). Al considerar la noción cristiana de un Dios creador los padres de la Iglesia descubrieron que al principio no existió el ser (como afirmaban los filósofos griegos) sino que al principio lo que existió fue la relación de personas en la Trinidad, que fundamentan el ser. De aquí se desprende una visión no estática y moralista de las creencias cristianas sino una que se fundamenta en un Dios que no es un algo abstracto sino un alguien.
De las Personas Divinas se desprende la noción ontológica sobre la individualidad de cada persona en la cual ella ya no puede ser considerada un añadido del ser sino que ella misma es creadora del ser y capaz de comunicarlo. Este giro radical en el pensamiento católico abre una infinidad de reflexiones pero podríamos resumirlas en dos puntos que hoy deberíamos tener en cuenta:
a. Así se fundamentan la libertad y la autoconciencia como realidades inherentes del hombre. Dentro de la filosofía pagana no se había podido fundamentar la autodeterminación del hombre; por ejemplo, las tragedias del teatro griego traslucen una cultura con una noción de libertad limitada. Pero, este problema no existe cuando no se cree que la individualidad de la persona surge como un añadido aleatorio de la naturaleza, como si fuera una máscara, sino que se comprende la creación desde un Alguien que en su individualidad posee libertad y voluntad.
b. El ser no es una categoría absoluta en el pensamiento católico, el ser no fundamenta su ser al “ser en sí”. Es la persona la que permite a los seres ser. Esto define un nuevo tipo de razonamiento ya que la dignidad de aquellos seres que son personas se descubre como cualitativamente superior. Por lo tanto, no se debe buscar comprender al hombre observando la creación (ya que lo esencial se nos escaparía) sino que se debe levantar la mirada y descubrir que el hombre es imagen de Dios.
2. La persona de Cristo posee naturaleza divina y naturaleza humana
Hasta ahora he hablado de un desarrollo intelectual que tenía en su centro el conocimiento de Dios y que recién obtuvo una profundización más antropológica al afrontar el misterio de Cristo. El dogma que menciona que Jesucristo en su única persona contiene la naturaleza humana y la divina, y que profundiza en que él es verdadero Dios y verdadero hombre, es el que va a impulsar siglos de estudios. Este es un claro ejemplo de cómo la fe no limita la razón sino que impulsa a los creyentes a buscar y ahondar en esa verdad que se hace presente en sus vidas.
Jesús, la segunda persona de la Trinidad, es verdadero hombre por lo que toda reflexión sobre las verdades teológicas, en especial las cristológicas, son también plenamente antropológicas. Podemos afirmar que toda la realidad del hombre queda implicada en el Hijo sin ser alterada o anulada. En esta verdad de fe el creyente encuentra tanto la certeza de que Dios lo conoce mejor que él mismo, como la confianza de que cada uno es capaz de auto-determinarse plenamente según su conciencia sin tener que alejarse de Él.
Ahora bien, cabe destacar que al hablar de naturaleza humana queda implicada toda la esencia que fundamenta la actividad del hombre: un alma racional y un cuerpo material. Es decir, Cristo posee cuerpo y alma humanos pero su persona es anterior a ellos, engendrada del Padre desde toda la eternidad. Esto explicita que la existencia humana no se define por su ser racional o por la composición de su cuerpo material sino que la individualidad de su persona unifica ambas y las dirige a buen término, como el timonel de un barco lo dirige a buen puerto.
3. Los errores que provoca el no distinguir entre naturaleza y persona
El misterio cristológico nos permite afirmar que la persona no es lo mismo que el alma (anima non est persona) y esto nos lleva a poder comprender de dónde proviene el ánima. Pero, este es un aparato conceptual para nada sencillo de clarificar y ordenar. Solo para poner un ejemplo, el mismo San Agustín confesaba ignorancia respecto al tema y, lamentablemente, basándose en su pensamiento muchos le dieron al alma atributos personales y esto los llevó a tener una visión dualista del hombre que denigraba el cuerpo. Gran parte de las herejías de la edad medieval se darán en este sentido.
Será recién Santo Tomás de Aquino, en el mil doscientos, quien ofrecerá una respuesta a la cuestión afirmando con sustento que «el alma no es la persona» y por ello el ser personal del hombre no puede provenir de la matriz natural, es decir, de la secuencia generacional. Pero, después de la muerte del Doctor angélico, de nuevo se cae en una incapacidad de comprender estos aportes fundamentales de su teología y su filosofía. Se acentúa demasiado su tratado “De Anima” por la riqueza de su categorización ejemplar. Aquí ya nos encontramos en el iluminismo que con su intento de separar la razón y la fe acentuó el olvido de la “persona” como categoría. Continuamente se le dará a características del alma el peso que personaliza al hombre: exaltación de la razón, de la conciencia, del sentir, etc. Se puede decir, sin miedo de exagerar, que todos los capítulos erróneos del pensamiento filosófico moderno están contenidos en el índice de la “Summa de anima” o en el tratado sobre el alma. «En términos sintéticos podríamos decir que los errores el pensamiento moderno han consistido en el tentativo de construir una filosofía del hombre como ser de naturaleza (alma/cuerpo), y por lo tanto una antropología, separadamente y autónomamente de la personología».
4. La trascendencia es el otro nombre de la persona
Esta clase de fenómenos logró que se llegase a una crisis de los aspectos de la “naturaleza” del hombre, no porque se les haya minimizado sino más bien porque se les sobrecargó de expectativas salidas de la verdad. La era “posmoderna” se define pues por este desencanto de ideas fuertes relacionadas con características del alma y más bien se da un crecimiento del cuidado del cuerpo casi como mostrando una necesidad de llenar un vacío que fundamente el avance del hombre. Así no es difícil comprender qué es lo que nos llevó a una era considerada por algunos como neo-pagana.
Jesucristo es el que, con su Revelación, transfigura la noción de la persona y por ello el hombre sólo se entiende desde el Hijo encarnado. El Concilio Vaticano II fue el que recogió y rescató esta verdad fundamental en nuestra época; la constitución Gaudium et Spes desarrolla así una antropología iluminándola desde la teología. “Más aún, el hecho que el hombre tenga como contenido de su «altísima vocación» la comunión con Dios nos hace comprender cómo es que sin el dato de la trascendencia no se puede entender la verdad del hombre. Sin embargo, como explica el filósofo Karol Wojtyła, «la trascendencia es el otro nombre de la persona». Todo creyente católico, como parte de la Iglesia, debe ser signo y guardián del carácter trascendente de la persona, que no es otra cosa que afirmar que el hombre es capaz de ir más allá de sí mismo, de relacionarse dándose, en especial con esa forma especial de relación que es el amor. La “trascendencia de la persona” es el grito y la búsqueda que debe afrontar la Iglesia intelectual y vivencialmente hoy.

© 2017 – Pedro Zea para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Pedro Zea

Pedro nació en Arequipa, Perú. Estudió tres años de psicología en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y actualmente es laico consagrado en el Sodalicio de Vida Cristiana. Es aficionado por los deportes, le gusta la literatura y tiene una gran devoción por la Virgen María.

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