Muchas veces se afirma que la ciencia es neutral, es decir que es completamente objetiva y desprovista de cualquier ideología que la pueda distorsionar… ¿es esto verdad?

 

Podemos decir que tomando la ciencia en cuanto a realidad aislada, o de modo teórico, dicha neutralidad podría ser cierta: al analizar datos objetivos y realidades demostrables y cuantificables, no habría ninguna involucración de lo subjetivo en la búsqueda científica. Sin embargo, esto se puede afirmar solo de modo abstracto; en la práctica, es imposible al científico involucrarse con lo investigado, muchas veces impartiendo sus propios puntos de vista (su propia subjetividad) a lo que realiza. Una cierta interpretación del “principio antrópico” desde un ángulo filosófico puede llevarnos a verificar que el investigador influencia con su propia existencia los resultados de su experimentación, y por lo tanto, la pretendida objetividad de la ciencia sería, en última instancia, totalmente imposible.

De otro lado, es fundamental la relación que existe entre ciencia y técnica: la primera no puede existir sin la segunda: «Sin técnica (previa o concomitante) la ciencia no tiene manera de existir. Si negamos la técnica, abandonamos el dominio de la ciencia y entramos en el de la hipótesis y la teoría» (1).

La técnica sí que tiene una subjetividad implícita, a diferencia de la ciencia digamos “pura”. Los resultados de la técnica (sean invención, creación o desarrollo) tienen en sí o portan la intencionalidad de su creador. Quien fabrica algo lo hace con una finalidad concreta, así pueda también tener otros usos no previstos por su creador.

Otro elemento importante es que el científico no es una persona perfecta; es un ser humano como cualquier otro y sus motivaciones no necesariamente serán buenas a la hora de hacer ciencia:

«Tan pronto como se realiza un descubrimiento, se busca una aplicación concreta. Las fuentes de capital, o el Estado, se interesan y el descubrimiento entra al dominio público antes de que alguien haya tenido la oportunidad de evaluar todas las consecuencias o reconocer su impacto de manera íntegra. El científico puede actuar con más prudencia; incluso puede temer el lanzar los resultados de su cuidadoso trabajo de laboratorio al mundo. Pero, ¿cómo puede resistir la presión de los hechos? ¿Cómo puede resistir la presión del dinero? ¿Cómo puede resistir el éxito, la publicidad, el reconocimiento público? Ese es el dilema del investigador hoy» (2).

Vemos entonces que esa idea del “científico puro”, que hace ciencia por la ciencia y solo por la ciencia, es más una figura literaria que una realidad. Ya no existen científicos puros, al vivir en un mundo donde cada descubrimiento tiene implicaciones prácticas, sea en el campo técnico o en la filosofía práctica en la cual nos desenvolvemos los seres humanos.

(1)Jacques Ellul, The Technological Society.

(2)Allí mismo

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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