«Cuando Dios nos dio la buena noticia, puso, por así decirlo, un tesoro en una frágil vasija de barro. Así, cuando anunciamos la buena noticia, la gente sabe que el poder de ese mensaje viene de Dios y no de nosotros, que somos tan frágiles como el barro» (2 Corintios 7,4).

Perdonar los pecados es uno de esos tesoros que llevamos en nuestro corazón. Es pura gracia de Dios, a la que dejamos que transforme nuestro corazón. ¿Quién no tiene heridas, maltratos y ofensas de alguien, familiar o amigos, que cuestan muchísimo asimilar? ¿Quién no ha cometido faltas o pecados tan graves que cuesta muchas veces perdonarnos a nosotros mismos? Cuántas veces he escuchado: “Ya me he confesado varias veces… ¡pero todavía siento que tengo que confesarme de nuevo!”

Nos cuesta reconocer el poder divino que tiene su perdón. No le tomamos el peso, que regala a muchos a través de su infinito amor. Personalmente, ¡tantas veces he experimentado ese amor misericordioso! Perdonarme y perdonar al prójimo. Esposos que son infieles a su compromiso matrimonial; sacerdotes que no viven coherentemente su vocación; profesores que se aprovechan de los alumnos; el chisme y difamación pública de los cuales somos tantas veces víctimas; el maltrato verbal o psicológico de nuestra pareja, que nos hace la vida “infernal”; hijos con serios problemas de adicción, etc.… no son hechos de la vida real fáciles de perdonar.

Más bien pienso que, si nos quedamos en un plano meramente humano, es realmente imposible perdonar. El perdón es algo divino. Es Quién realmente supo cargar el peso de nuestros pecados, hasta el punto de despojarse: «(…) el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses, 2, 5-8).

En sus manos está perdonar a tantos. Lo único que nos pide es acercarnos al Él con la humildad de quien se descubre necesitado de su Amor que nos cura. Es como un enfermo que busca un doctor, con el fin de encontrar una cura para su mal. ¿Cuántas veces, sin embargo, buscamos en un cardiólogo la sanación de un problema digestivo? ¿Cuántas veces buscamos en un psicólogo la respuesta para un problema espiritual?

Todos somos débiles, heridos. Regalamos el perdón de Dios, desde nuestra propia herida. ¿Por qué? Sólo el que experimenta la misericordia de Dios en su vida puede vivirla con los demás. Jesús nos pide que perdonemos, que olvidemos las ofensas, que no vivamos con rencor guardado en el alma. Quiere que entreguemos su perdón sagrado. Y lo puedo hacer, no porque tenga ese poder en mí mismo: es la gracia que tengo en mi corazón la que convierte los corazones con su misericordia.

Seamos valientes entonces para salir al mundo llenos de alegría y dar ese perdón a quien lo necesita. Esa misericordia nos hace felices, pues es la máxima manifestación del amor. Nos da paz, esperanza de restablecer los lazos que han sido rotos. Así me hago testigo del Resucitado.

Por otro lado, ¡qué fácil es juzgar y criticar a los demás! Nuestras palabras muchas veces desunen. No se trata de consentir los errores de los demás, pero si mi hermano cae debo ayudarlo a levantarse, y seguir caminando hacia adelante.

Decía el papa Francisco en su exhortación apostólica Amoris Laetitia: «Los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con Él permite sobrellevar los peores momentos». Es la unión entre los hermanos; la unión con Cristo en su cruz. El dolor, normalmente, es ocasión para vivir la comunión con los demás. En vez de vivir amargado y rencoroso, el Espíritu nos regala la gracia de unirnos con el que sufre. De compadecernos y abajarnos para acompañar al otro en su dolor. Es el compadecerse del que sufre.

Aprendamos a perdonar; la comunión es un don del Espíritu. Por ello, no cerremos nuestro corazón al Amor misericordioso de Dios, y vivámoslo con los demás. Ese camino extraordinario del amor, en su máxima manifestación: la misericordia, es fuente permanente de alegría.

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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