Hoy en el blog les compartimos el discurso del Santo Padre Francisco a los miembros del Instituto Nacional Italiano para la Seguridad Social, donde recuerda algunos principios básicos sobre la centralidad de la persona frente a las instituciones humanas y profundiza sobre el derecho fundamental al trabajo digno:

Queridos hermanos y hermanas,

Con viva cordialidad dirijo mi saludo a ustedes, empleados y dirigentes del Instituto Nacional Italiano para la Seguridad Social, reunidos aquí en audiencia por primera vez en la historia secular del ente. ¡Muchas gracias! Gracias por su presencia – ¡son tantos de verdad! – y gracias a su Presidente por sus gentiles palabras.

Ustedes honran, en diferentes formas, la delicada tarea de tutelar algunos derechos ligados al ejercicio del trabajo; derechos basados en la misma naturaleza de la persona humana y sobre su trascendental dignidad. Está confiada a su atención de forma particular aquella que quisiera definir como la custodia del derecho al descanso. Me refiero no solamente a aquel descanso que es sostenido y legitimado por una amplia serie de prestaciones sociales (del día de reposo semanal a las vacaciones, a las que todo trabajador tiene derecho: cfr. Juan Pablo II, Cart. enc. Laborem exercens, 19), sino también y sobre todo a una dimensión del ser humano que no carece de raíces espirituales y de la que también ustedes, en lo que les compete, son responsables.

Dios llamó al hombre al descanso (cfr. Es 34,21; Dt 5,12.15) y Él mismo fue partícipe de este el séptimo día (cfr. Es 31,17; Gen 2,2). Por lo tanto el descanso, en el lenguaje de la fe, es dimensión humana y al mismo tiempo divina. Pero con una prerrogativa única: aquella de no ser una simple abstención de la fatiga y del empeño ordinario, sino una ocasión para vivir plenamente la propia “creaturalidad”, elevada a la dignidad filial de Dios mismo. La exigencia de “santificar” el descanso (cfr. Es 20,8) se une a aquella – vuelta a proponer semanalmente con el domingo – de un tiempo que permita ocuparse de la vida familiar, cultural, social y religiosa (cfr Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, 67).

Del justo descanso los hijos de Dios, también ustedes son en cierto sentido colaboradores. En la multiplicidad de servicios que brindan a la sociedad, tanto en términos asistenciales cuanto de seguridad social, ustedes contribuyen en poner las bases para que el descanso pueda ser vivido como una dimensión auténticamente humana, y por ello abierta a la posibilidad de un nuevo encuentro con Dios y con los demás.

Esto, que es un honor, se convierte al mismo tiempo en una responsabilidad. De hecho, están llamados a enfrentar los desafíos siempre más complejos. Esas provienen sea de la sociedad hodierna, con la criticidad de sus equilibrios y la fragilidad de sus relaciones, sea del mundo del trabajo, flagelado por la insuficiencia ocupacional y de la precariedad de las garantías que logra ofrecer.

Y se vive así, ¿cómo se puede descansar? El descanso es el derecho que todos tenemos cuando tenemos trabajo; pero si la situación de desempleo, de injusticia social, de trabajo negro, de precariedad en el trabajo es tan fuerte, ¿Cómo puedo descansar? ¿Qué decidimos? Podemos decir – ¡es vergonzoso!-: “Ah, ¿tú quieres trabajar? –“Si” –“Fenomenal. Lleguemos a un acuerdo: tu comienzas a trabajar en septiembre no comes, no descansas…”. ¡Esto sucede hoy! Y pasa hoy en todo el mundo, aquí está; ¡pasa hoy en Roma también! Descanso porque hay trabajo. Al contrario, no se puede descansar.

Hasta hace poco era común asociar la meta de la jubilación con la adquisición de la llamada tercera edad, en la cual gozar del meritado descanso y ofrecer sabiduría y consejos a las nuevas generaciones. La época contemporánea ha sensiblemente cambiado este ritmo. De un parte, la eventualidad del descanso ha sido anticipada, a veces diluido en el tiempo, a veces renegociado hasta los extremos aberrantes, como aquel que llega a desnaturalizar la hipótesis misma de un cese laboral. De otra parte, no han disminuido las exigencias asistenciales, tanto para quien ha perdido o no ha tenido jamás un trabajo, cuanto para quien es obligado a interrumpirlo por los diferentes motivos. Tu interrumpes el trabajo y la asistencia sanitaria cae…

Su difícil tarea es contribuir para que no falten los subsidios indispensables para la subsistencia de los trabajadores desempleados y de sus familias. No falte entre sus prioridades una atención privilegiada para el trabajo femenino, ni mucho menos la asistencia a la maternidad que debe siempre tutelar la vida que nace y quien la sirve cotidianamente. Tutelen a las mujeres, ¡el trabajo a las mujeres! Que no falte jamás la aseguración para la ancianidad, la enfermedad, los accidentes de trabajo. Que no falte el derecho a la jubilación y subrayo: el derecho, ¡la pensión es un derecho!, porque se trata de esto. Sean conscientes de la alta dignidad de cada uno de los trabajadores, al cual prestan servicio con obra. Sosteniendo el aporte durante y después del periodo laboral, contribuyendo a la cualidad de su compromiso como inversión para una vida en la medida del hombre.

[pullquote]Trabajar, por lo demás, quiere decir prolongar la obra de Dios en la historia, contribuyendo en ella de manera personal, útil y creativa (cfr. ibíd., 34). Sosteniendo el trabajo ustedes sostienen esta misma obra. Y también, garantizando una existencia digna a aquellos que tienen que dejar la actividad laboral, ustedes afirman su realidad más profunda: el trabajo, de hecho, no puede ser un mero engranaje en el mecanismo perverso que muele recursos para obtener ganancias siempre mayores; el trabajo por lo tanto no puede ser ampliado o reducido en función de la ganancia de unos pocos y de formas productivas que sacrifican valores, relaciones y principios. Esto vale para la economía en general, que “no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos”, (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 204). Y vale, análogamente, para todas las instituciones sociales, cuyo principio, sujeto y fin es y debe ser la persona humana (cfr Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, 25). Su dignidad no puede ser prejuiciada nunca, ni siquiera cuando deja de ser económicamente productiva.[/pullquote]

Alguno de vosotros puede pensar: “Pero que extraño, este Papa: primero nos habla del descanso, ¡y después dice todas estas cosas sobre el derecho al trabajo!”. Son cosas enlazadas. El verdadero descanso viene justamente del trabajo. Tu puedes reposarte cuando estás seguro de tener un trabajo seguro, que te da una dignidad, a ti y a tu familia. Y tú puedes descansar cuando en la ancianidad estás seguro de tener la pensión que es un derecho. Están enlazados, los dos: el verdadero descanso y el trabajo.

¡Nunca olvidar al hombre: éste es el imperativo! Amar y servir al hombre con conciencia responsabilidad, disponibilidad. Trabajar para el que trabaja y no olvidar al que quisiera trabajar y no puede hacerlo. Y ello, no como solidaridad, sino como deber de justicia y de subsidiariedad. Sostener a los más débiles, para que a nadie le falte la dignidad y la libertad de vivir una vida auténticamente humana.

Muchas gracias por este encuentro. Invoco sobre cada uno de ustedes y sobre sus familias la bendición del Señor. Les aseguro mi recuerdo en mi oración y les pido por favor que recen por mí.

(Traducción de Renato Martínez, Raúl Cabrera, Mónica Zorita- RV)
Blog “Escuchando a Pedro” – Centro de Estudios Católicos CEC 2015 – http://cecglob.com

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