p.rupert

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Vivimos en una época en la que la veracidad no es una de las virtudes más predicadas. Hoy se habla mucho de tolerancia, de libertad y de autorrealización, valores que con frecuencia son enfrentados a la verdad. Al fin y al cabo, nos cuestionan, ¿para qué hablar de verdad si esta no existe o no se puede conocer?

Aunque es mucho lo que se puede hablar sobre el tema de la verdad, creo que quienes han sido sus testigos consiguen darnos un clarísimo testimonio de su existencia y de lo que significa vivir en ella.

Hace 25 años, el 3 de mayo de 1987 San Juan Pablo II beatificó en Múnich al padre Rupert Mayer. La vida de este sacerdote jesuita, desafortunadamente desconocida para muchos, es un claro ejemplo de lo que significa vivir en la verdad y hacer una opción por ser coherente con ella.

[pullquote]El padre Mayer nació en Stuttgart (Alemania), el 23 de enero de 1876. Fue ordenado sacerdote en 1899 y entró en la Compañía de Jesús en 1890. Durante la Primera Guerra Mundial se desempeñó como capellán y pastor de almas. Años más tarde él mismo recordaba: «Tras iniciarse la primera guerra mundial me apresuré para llegar al campo de campaña. Conseguí finalmente y tras muchos esfuerzos hospedarme como religioso en un hospital de campaña». El tiempo que permaneció en el campo de batalla le dio la posibilidad de acompañar espiritualmente a muchas personas y de vivir en carne propia el sufrimiento y los horrores de la guerra. En 1916 es herido con una granada en su pierna izquierda, por lo que tuvieron que amputársela.[/pullquote]

Hay un dato en la vida de este hombre ejemplar que nos dice mucho de su temple y de su compromiso con la verdad. En 1919 conoció en un mitin político a Adolf Hitler, y aunque le causó la impresión de ser un orador popular extraordinariamente hábil, no dudó en relatar que «era característico de su discurso, cómo agitaba los ánimos de manera inaudita contra los judíos (…) ya desde entonces en 1919 se ejercía un culto inaudito a su persona. Era el hombre alrededor del cual todo debía girar».

Para los intelectuales alemanes de esa época fue difícil en esos momentos advertir el riesgo que Hitler representaba, no solo para su nación, sino para el mundo entero. El padre Rupert Mayer supo reconocer la máscara: «Hitler exagera permanentemente en sus declaraciones, y carece de reparos ante la mentira». Quizá también en nuestro tiempo, tolerante y respetuoso del relativismo, este aspecto de la personalidad del tirano hubiera pasado desapercibido. Haciendo alusión a este hecho, el entonces cardenal Joseph Ratzinger en una homilía sobre la vida del padre Mayer y reflexionando sobre la importancia del respeto a la verdad afirmaba que «de quien carece respeto a la verdad es imposible que venga nada bueno, porque el escarnio de la verdad impide que florezcan el amor, la libertad y la justicia. La verdad, esa veracidad sencilla, humilde y perseverante del vivir de cada día, es una base indispensable para cualquier otra virtud (…) Quien con facilidad está dispuesto a pisotear una verdad pequeña, jamás podrá ofrecernos garantías de que haya de defender la gran verdad».

El padre Mayer comprendió que la mentira y la manipulación de los nacionalsocialistas no era un aspecto secundario de su actuar, sino que estaba en la médula misma de su ideología política. Para estos, la verdad y lo moralmente bueno cedían ante la conveniencia y la utilidad, que se presentaban como los nuevos criterios soberanos bajo los cuales se podía justificar cualquier cosa. La historia nos mostrará con creces los frutos amargos de esta postura.

Con los nazis en el poder el padre Mayer comenzó a tener problemas para ejercer su ministerio; sin embargo nunca calló, y sin temor a las repercusiones que pudieran tener sus posturas, no cesaba de afirmar que el catolicismo era incompatible con el nazismo, y por ello un católico no podía ser nacionalsocialista. Al decir esto, el beato Rupert Mayer era consciente de que la verdad no siempre es cómoda y que en ocasiones lleva consigo sinsabores.

El 7 de abril de 1937 la Gestapo envió una orden contra el padre Mayer: «debido a sus discursos perjudiciales para el Estado, la prohibición de dar discursos en todo el imperio». Ante esta orden inicua el padre Rupert hizo lo que su conciencia y el amor a la verdad le indicaban: siguió predicando y denunciando.

[pullquote]Por predicar la verdad el padre Rupert Mayer perdería su libertad hasta acabar encerrado en el campo de concentración de Sachsenhausen. Dado que su salud empeoró gravemente durante su prisión, los nazis, que no querían hacer mártires, lo encerraron en la abadía de Ettal hasta mayo de 1945. Ese mismo año, el 1 de noviembre, el padre Mayer fallecería en Múnich, a causa de un derrame cerebral mientras se encontraba predicando.[/pullquote]

La vida del beato Rupert Mayer nos compromete. Declarar en medio de nuestro tiempo que la verdad existe, que se puede conocer y que nuestro obrar debe estar acorde con ella no es fácil, sin embargo, hoy como ayer el mundo está urgido de testigos de la verdad.

© 2014 – Juan David Velásquez Monsalve para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Juan David Velásquez Monsalve

Juan David es abogado de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia) y Teólogo de la Universidad Católica de Oriente (Rionegro - Colombia). En este momento cursa la Maestría en Filosofía en la Universidad Pontificia Bolivariana.
Se ha desempeñado como profesor universitario y escolar. Actualmente es el Director Regional del CEC en Colombia y Rector del Colegio Sagrado Corazón Montemayor.

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