La filadelfia –o amor fraterno– hace referencia al afecto que tenemos por aquellos que tenemos más cercanos, sea nuestra familia o nuestras amistades. Son ellos, en un sentido, mi “prójimo”, es decir, aquellos que tenemos más próximos.

Como toda relación ­–incluidas las que son buenas y sólidas– necesita alimentarse y crecer, siempre podemos y debemos preguntarnos cómo hacer para que sean cada vez más auténticas y nos lleven al encuentro del Señor Jesús. Amigo, quizás hemos escuchado decir, es quien me conduce al Señor Jesús.

Lamentablemente el ritmo de la vida, tantas veces frenético, nos puede hacer olvidar que debemos poner de lo nuestro para que estas relaciones crezcan. Cuántas veces, por ejemplo, damos por sentado que las personas saben que las apreciamos, y dejamos de manifestárselo de uno u otro modo.

En nuestra vida cotidiana siempre podemos hacer un alto para preguntarnos qué podemos hacer por nuestro prójimo. Dones personales nunca nos faltarán –aunque sea un poco de tiempo o preocupación genuina–  y ponerlos al servicio de los demás será ocasión para vivir ese “amor fraterno” al cual el Señor nos llama.

Quizás uno de los mejores ejemplos de “filadelfia”, de amor al prójimo, lo tenemos en la visita de Santa María a su prima Isabel. Con gran sencillez acudió a ayudarla en las múltiples tareas de la vida cotidiana. En nuestro día a día podemos también ayudar, de modo sencillo y sin grandes aspavientos, a nuestro “prójimo”, manifestándoles así una genuina “filadelfia” que brote de nuestro compromiso con Dios.

No pensemos ahorita en el mendigo de la esquina, ni en el pobre que se cruza en mi camino. Empecemos por aquellos que están más cercanos a nosotros: esposo, esposa, padres, hijos, amigos cercanos…

De ese modo, además, les estaremos dando testimonio con nuestros actos del amor de Dios que está presente en el mundo.

 

Fuente: Mi Vida en Xto

Kenneth Pierce Balbuena

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