Untitled-3Hace poco tiempo se me acercó una señora de unos 65 años pidiéndome angustiada una pastilla para el dolor de cabeza. Me dijo cómo sufría por una enfermedad que no me supo explicar pero que le causa dolores muy agudos en la cabeza y en la cara. Las pastillas que necesita tomar son muy caras para ella así que se ve forzada a recurrir a la sencilla de acetaminofén. Después de conseguirle su pastilla y un vaso de agua me quedé pensando en qué decirle. De repente todas las frases que de alguna manera dan algún tipo de consuelo simplemente carecían de valor alguno. “Todo pasa por algo”, “Fuerza y tranquilidad que ahorita pasa”. Frente a ella, en ese momento, sabía que estas palabras eran vacías. Teniendo ella tres veces la experiencia de vida que yo y siendo de las personas más bondadosas que he conocido, ¿Qué consuelo puedo ofrecerle? No está en mí el poder aliviar su dolor físico, y ante el vacío que presenta el sufrimiento el corazón se encoge.

Me propuse la tarea de averiguar un poco del tema y descubrí algunas cosas. Para empezar, esta experiencia de dolor y sufrimiento es universal y exclusiva de todos los seres humanos. Sí, el nivel de sufrimiento por el que pasan los hombres es de una profundidad mucho mayor que por la que puede llegar a pasar cualquier animal por más grande que sea. Por más de que los animales puedan sentir dolor físico o psíquico, no lo experimentan más que como un simple estímulo que los lleva a actuar o no actuar de cierta manera, sencillamente a evitar el dolor.

Cuando el hombre sufre, por otro lado, el dolor repercute en su dimensión física, psíquica y espiritual. Por el hombre ser una unidad integral de estas tres dimensiones lo más normal es que el dolor se manifieste integralmente. Cuando parte de lo físico, por una herida, lesión o enfermedad, repercute en lo psíquico alterando el estado anímico de la persona. Algunas reacciones comunes son el enojo, la impaciencia o la tristeza. Que se pueden manifestar ante los demás, sean responsables de la situación o estén intentando ayudar, no es raro que esta persona se indisponga para hacer otras cosas. Terminando en lo más característico del hombre que es el espíritu, en donde se pregunta por el porqué de su situación, reclama una explicación y busca una respuesta.

El proceso también puede surgir desde lo psíquico. Cuando una persona experimenta, por ejemplo, la conocida “ruptura del corazón”. Anímicamente no quiere hacer nada más que hundirse en el abismo oscuro de la soledad. Repercute físicamente posiblemente con dolor o constricción en el pecho, pérdida de energía y fuerzas. Puede ser que esta persona no se pregunte ¿por qué ha sucedido esto?, pero lo más probable es que sí se pregunte ¿por qué le duele tanto?

Es este reclamo por una respuesta, una solución, una explicación que le dé sentido a la experiencia lo que constituye lo único e inigualable del sufrimiento humano. Muestra la profundidad del hombre a la que ninguna otra creatura puede llegar. «Solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre y se pregunta por qué; y sufre de manera humanamente más profunda si no encuentra una respuesta satisfactoria». (Salvifici Doloris, 9).

[pullquote]El dolor y el sufrimiento además ponen al hombre a prueba como persona. Plantean un reto a la comunión y a la solidaridad. Siendo el hombre un ser en relación, se puede llegar a sentir a tal punto aplastado por el sufrimiento que se experimenta en total soledad. El sufrimiento es una de las realidades más íntimas y únicas que puede vivir el hombre y esto lo puede llevar a pensar que nadie lo entiende, que nadie puede posiblemente comprender la experiencia tan pesada por la que pasa. Todo esto, poco a poco, contribuye a su soledad. Pero el sufrimiento, aun pareciendo totalmente único para cada persona, prácticamente constituye un mundo que acompaña al hombre en su caminar. Un mundo que existe dividido en diversos sujetos.[/pullquote]

Pero este mundo que parece individuarse en la experiencia personal posee una compactibilidad propia. Tiende a hacerse uno. Al ser personas las que sufren, el dolor no carece de la dimensión interpersonal y social del hombre. Por lo que en el sufrimiento los hombres se hacen semejantes unos a otros. Sea por analogía, un determinado dolor o sufrimiento lo puede hacer a uno comprender mejor la experiencia de quien tiene al frente, por más de que no sufra lo mismo puedo darme una idea puesto que yo sufro también. O sea por la necesidad de atención y comprensión, que mueve al otro a la compasión. A través de cualquier situación persiste la pregunta por el sentido que colabora también a la semejanza entre sí.

Migrantes en el mediterraneoEs posible que quienes estén leyendo este artículo no hayan experimentado algo similar a la densidad de sufrimiento por el que actualmente pasan los refugiados expulsados de sus tierras, los migrantes abandonados en el mediterráneo sin alimento y sin patria que los quiera recibir o las familias que periódicamente pierden miembros a causa del hambre. Eso a cada persona con conciencia le apela en el mundo colectivo del sufrimiento y lo lleva a elevar la pregunta, ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué hicieron para merecerlo? Nos es fácil, o más fácil, aceptar el sufrimiento cuando es merecido. ¿Pero por qué sufre el justo y el honesto?

Cuando nos estamos agarrando a cabezazos contra la pared para comprender el sentido y el porqué del sufrimiento, Dios nos sale al encuentro para darnos una mano y en lugar de eliminar el sufrimiento de la vida del hombre y darle una existencia color de rosa, abre la dimensión del amor y envía a su Hijo. Que por abrirnos las puertas de la comunión de amor, poderse compadecer al máximo de nosotros y poder integrarse al mundo del sufrimiento humano experimentó la muerte en la cruz. Pero todas sus palabras y acciones hubiesen quedado totalmente vacías si es que no hubiese resucitado. Con su encarnación asumió al hombre completo, toda su naturaleza, caminó como hombre hasta llegar a la cruz, se echó al hombro todos nuestros sufrimientos y los pegó a la cruz; y al resucitar elevó todo lo que había cargado para llevarlo al Padre, incluso el dolor nuestro.

[pullquote]Por la dimensión colectiva e interpersonal del sufrimiento Cristo se hizo partícipe de nuestros sufrimientos, experimentó todo hasta la mayor profundidad y ahora nos abre las puertas para que nosotros podamos aceptar nuestros sufrimientos y hacernos partícipes del suyo. Por el dolor, elevado en Cristo, somos tenidos dignos del reino de Dios. Cristo nos introdujo en este reino mediante el sufrimiento y ahora también el mismo sufrimiento nos hace madurar para el reino.[/pullquote]

El dolor y sufrimiento no portan un bien intrínseco, en sí mismos no nos traen bien, pero al asumirlos para participar del sufrimiento de Cristo se abre la mayor ganancia posible para el hombre: la bienaventuranza eterna. Podemos así exclamar con el apóstol «Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2, 19-20)

© 2015 – Eduardo Alvarado para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Eduardo Alvarado

Eduardo es costarricence, pertenece al Sodalicio de Vida Cristiana y en la actualidad vive en Perú.

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