Había caído la noche y el clima estaba un poco frío; mientras él nos contaba sobre lo que últimamente le venía sucediendo, me di cuenta que este día él había venido muy abrigado y que lucía un rostro cansado, eso nos preocupó un poco. Luego, todo se iba esclareciendo cuando nos hablaba acerca de su problema con la presión, yo iba entendiendo, más o menos, el por qué de los dolores de cabeza y leve ceguera que tuvo al inicio de día.  En medio de nuestro diálogo irrumpía, de tanto en tanto, alguna voz que le pedía una chocoteja y él, moviéndose pausadamente, atendía a cada uno de sus clientes.

Nuestro anciano amigo llevaba más de cinco horas vendiendo chocotejas parado, como lo hace todos los días, en la entrada de una universidad, y ellos, los universitarios, entraban y salían; por su parte continuaba su historia, ahora nos contaba acerca de una persona que no quiso atenderlo bien en su bodega -con esto se le notaba muy fastidiado- la persona que lo atendió le negó, sin razón, un servicio que había solicitado y pagado. Mientras hablaba, lo notaba inquieto, él quería contarlo, probablemente durante el día tenía eso en su mente y no pudo conversar con nadie, entonces nosotros fuimos los interlocutores que esperaba para hablar de lo que le había sucedido, injustamente.

Seguían acercándose universitarios a comprarle chocotejas, entonces me di cuenta que nuestro buen amigo saludaba muy bien a cada uno de los jóvenes, y a pesar de no recibir respuesta alguna, él se despedía de muy buena manera, siempre agradeciendo y dirigiéndose a cada uno con propiedad y cariño, eso despertó mucho mi curiosidad y decidí que mientras seguía allí, escuchándolo y conversando con él, contaría cuántos jóvenes se acercaban y cuántos de ellos lo saludaban y se despedían de él.

-¡Una chocoteja!

-Buenas noches jovencito ¿de qué sabor quiere?

-De pasas.

-Tome, muchas gracias, que le vaya bien.

– (Y el jovencito pagó y se fue)

Si quisiera hacer un guión de lo que escuchaba mientras iba contando a cada joven que se acercaba a comprar una chocoteja, creo que sería algo como lo que acabo de escribir. Entonces me preguntaba ¿Es tan difícil decir: Señor buenas noches, me vende una chocoteja?

Uno, dos, tres, cuatro… seguía la cuenta y no escuchaba ningún saludo, me inquietaba mucho el saber por qué, en un momento sentí un fuerte impulso de ir tras de alguno de ellos y preguntarles por qué no saludaban, pero, decidí quedarme y seguir acompañando a nuestro amigo. En un tiempo de 30 minutos aproximadamente, conté 18 universitarios, de los que sólo saludó 1, los demás, llegaban, pedían la chocoteja, pagaban y se iban. Con tan solo un “buenas noches” que son sólo dos palabras, esas 17 personas habrían ayudado a este señor mayor de edad, de “cabecita blanca”, a tener realmente una buena noche en medio de frío y con sus problemas dando vueltas por la cabeza.

Es importante saludar, no sólo por educación, sino porque al saludar a la otra persona, sea alguien que vive con nosotros o alguien de la calle con quien nos encontremos, en el micro, en el parque, en la universidad, en el trabajo, etc., le estamos deseando el bien y en el caso de muchas personas que trabajan en la calle, con un buen saludo les puedes cambiar el día.

Más adelante me di cuenta que pasaron un par de personas mayores, entre ellos un profesor, que sí saludaron bien a nuestro anciano amigo y aunque pasaron y no compraron, este sonrió.

Decir buen día, buenas tardes o buenas noches no cuesta nada.

Carlos Antonio Sánchez Bracamonte

Carlos nació en Trujillo (Perú) en mayo de 1980. Es músico aficionado y Comunicador de formación. Ha dirigido proyectos de voluntariado social en Trujillo, Lima, Arequipa y Callao; en éste último fue promotor de voluntariado de un albergue de ancianos abandonados, lugar en el que recibió muchas lecciones y tema sobre el que tiene particular atención. Escribe historias y artículos en su blog carlossanchezbracamonte.blogspot.pe

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