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Cuando era niño los 24 de diciembre de todos los años antes de la cena de Navidad íbamos en familia a visitar a mi abuela que vivía en un antiguo barrio limeño. Llegábamos a su casa por la tarde y nos íbamos por la noche. En el regreso en carro ponía mi vista en la calle a través de la ventana y pasaban ante mí muchas imágenes. Gente trabajando, muchos comprando agitados en medio de las lucecitas decembrinas. Pero lo que más recuerdo son los rostros de personas tristes que deambulaban por las calles solos, pobres y abandonados. Esto me producía dos sentimientos: dolor y la necesidad de hacer algo.

En nuestras culturas aún marcadas por la fe cristiana, la Navidad tiene un misterio que debemos atesorar y a pesar de que vivimos en un mundo donde prevalece fuertemente el materialismo y el consumo desenfrenado –especialmente en estas épocas– aún siguen resonando en nuestro interior anhelos hondos que no son otra cosa que la profunda hambre de Dios que reside en el interior del corazón de cada persona.

Celebrar con alegría es quizás una de las expresiones humanas más hermosas. Uno celebra cuando tiene un gozo en el corazón, cuando su vida tiene un sentido que lo llena y que quiere compartir con los demás. Por eso las celebraciones más plenas son las religiosas, las que nos refieren a Dios, porque nuestros anhelos de felicidad infinita son saciados por un Dios que es el Amor en Persona.

[pullquote]Hoy el mundo ha vaciado de sentido las celebraciones. Se celebra la cerveza y las brujas, entre otras cosas superfluas. Basta revisar el calendario civil para encontrar muchas celebraciones excéntricas marcadas a veces por un interés consumista. Cuando se saca a Dios de la vida ésta tiene que llenarse con cualquier cosa.[/pullquote]

Pienso que no podemos dejarnos robar el sentido bello y sublime de la Navidad. Ésta es una celebración cristiana. Navidad es Jesús. No tiene otro significado. La atmósfera de este tiempo está impregnada de la fuerza del nacimiento del Niño Jesús, el Hijo de Dios que se hace hombre para reconciliarnos y para mostrarnos como ser hombres y mujeres auténticos y así alcanzar la santidad en nuestras vidas.

Desde lo que yo he podido vivir me permito sugerir tres medios sencillos para vivir mejor este tiempo de Navidad.

En primer lugar pienso que la Navidad es una celebración de fe y por ello es una oportunidad para crecer en nuestra relación con Dios y para esto un camino muy necesario es la oración, que es ese espacio de encuentro personal con Dios Comunión de Amor. Nuestro ser ha sido hecho por el Amor y para el amor. Sólo en el encuentro con el manantial del amor nuestro corazón se verá inundado por una fuerza y un sentido inigualable que nos impulsará a transformar nuestras vidas y el mundo en el que vivimos. Separemos tiempo en el día a día para orar, para dialogar con Dios, para dejar que nuestros corazones se vean iluminados por la Palabra de Dios y su gracia.

Luego está la familia. La Navidad es un tiempo en donde buscas a los que más quieres, quieres estar con tus seres queridos. Navidad es un tiempo de perdón, reconciliación y paz. Es tiempo de acercarse a los tuyos para renovar el amor, la ternura y el cariño. Para dar gracias a Dios por habernos dado un hogar que nos acoge y en donde sentimos refugio siempre. Es un tiempo para regalar cercanía, delicadeza y comprensión de manera particular a los más alejados, enfermos u olvidados de nuestras familias.

[pullquote]Finalmente no puede haber Navidad sin que no nos preocupemos por los pobres. En todo momento pero quizás de manera especial en este tiempo deben existir grandes cadenas de caridad y solidaridad. Ser solidario exige un compromiso real personal. No se puede ser feliz si los demás no lo son. De lo mucho o poco que tengamos podemos compartir con generosidad con aquellos que no tienen.[/pullquote]

Creo que si vivimos estos caminos con sencillez pero con firmeza experimentaremos un ardor en el corazón que será señal de que Dios nació en nuestro corazón.

© 2015 Centro de Estudios Católicos – CEC. El blog Altamar está a cargo de José Alfredo Cabrera Guerra

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