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Cómo estará la cosa que hasta para poner el título de este artículo he dudado, he pensado y he optado: ¿pongo primero mujeres o primero hombres? En fin, yo soy mujer, así que me quedo con mi sexo. Y, por si acaso, hago público que ni siquiera he pensado en eso de “primero las damas”, algo tan “políticamente incorrecto” que algunas y algunos hasta se podrían ofender.

Hace unas semanas sendos artículos de Marco Aurelio Denegri y Liuba Kogan publicados en este Diario (El Comercio) trataron el asunto de quién interesa a quién o, más bien (o más mal, ya no sé), por qué actualmente a los hombres no les interesan las mujeres modernas y viceversa. En ambos artículos lo que quedaba más o menos explicado eran las razones de cada sexo para haber perdido interés en el otro. Afirmación de la mujer por un lado, pérdida de las diferencias entre los sexos, por el otro, o la “conversión” de los sexos en los géneros que no son dos sino cinco o seis, ¿o ya son siete? Andando entre ambos hay muchas teorías y cada autor expuso las suyas desde su trinchera.

Más allá de los artículos comentados, creo que el problema que nos ocupa radica en reducir la relación entre hombres y mujeres a una de dominio-sumisión o de enfrentamiento inevitable.

El feminismo nos ha traído a las mujeres el reconocimiento de una serie de derechos que nos estuvieron vedados durante demasiado tiempo: a la educación, al voto, al trabajo en igualdad de condiciones; en fin, a poder actuar en el mundo con la misma libertad que se había reservado exclusivamente a los hombres.

[pullquote]Sin embargo, hay corrientes del feminismo que van muchísimo más lejos y en esa carrera han convertido al hombre en el enemigo de la mujer. Ya no se trata de trabajar por una igualdad ante la ley y las oportunidades. Convertido en una ideología que pretende copar la política, la cultura y hasta la economía, su objetivo es desmontar lo que llaman la sociedad patriarcal que se caracteriza por la violencia de los hombres contra las mujeres.[/pullquote]

Según esta teoría, que a lo largo de décadas ha ido radicalizándose hasta convertirse en las versiones más radicales de la ideología de género, el problema de la mujer comienza en el hogar, donde los padres, los maridos o las parejas ejercen opresión a través de la vida sexual, la maternidad y el trabajo doméstico.

Mirando el mundo a través de este prisma, es fácil entender por qué puede parecer ofensivo pensar que, en estos tiempos, al hombre podría no interesarle la mujer, cuando lo que en realidad estaría ocurriendo es que a la mujer ya no le interesa el hombre. No creo en ninguno de esos dos extremos, pero sí tengo que admitir que hay una gran confusión flotando en el aire y aterrizando lentamente en las vidas concretas de mucha gente.

Todo lo anterior, sumado además al individualismo que domina estos tiempos, está llevando a nuestra sociedad a un desinterés en el otro sexo; es decir, desinterés para establecer vínculos duraderos, para crear compromiso. Eso pasa cuando se mira al otro como si fuera el enemigo.

Las relaciones entre hombres y mujeres, sin embargo, ofrecen otras opciones. En principio, es fundamental reconocer las diferencias entre unos y otros. Sí, somos iguales ante la ley y merecemos los mismos derechos, pero qué duda cabe de que somos muy distintos. De estas diferencias se han ocupado la psicología, el psicoanálisis, la biología y hasta la mitología y las religiones. Somos diferentes y podemos ser complementarios. Tal vez sea allí donde radique el encuentro armonioso.

 © 2014 – Rossana Echeandía para el diario El Comercio (Perú). Publicado el 15 de abril de 2014
 
 

Rossana Echeandía

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