bxvi_8El lema que Joseph Ratzinger escogió en 1977, cuando fue nombrado arzobispo de Munich y Freising, “Cooperador de la Verdad”, no fue una ocurrencia superficial del hombre de 50 años que era entonces. Sí, es cierto que sonaba bien, lucía interesante, pero el peso de semejante compromiso más que de estetas o intelectuales era cosa de valientes. Y ha cumplido.

El último domingo el editorial de El Comercio destacó este lema que el renunciante Papa había cumplido al enfrentar, precisamente con la verdad, los tremendos problemas que le han tocado como conductor de la Iglesia. El escándalo de los sacerdotes pedófilos y las pugnas internas del Vaticano fueron mencionados con pertinencia.

Sin embargo, su cooperación con la Verdad (con mayúscula) no se queda allí, en la acción sobre esos hechos aborrecibles; esta va mucho más allá. Se refiere a acercar la Verdad de Dios al hombre. La totalidad de Dios es incomprensible para el hombre, es impensable; apenas, a veces, atisbamos algunos reflejos Suyos en la belleza, en el bien, todo ello expresado en las líneas de la vida y las enseñanzas de Jesús. Como escribió San Pablo a los Corintios: «Ahora vemos como en un espejo, veladamente…».

Al elegir su lema episcopal, el propio Ratzinger lo explicó diciendo que «Por un lado me parecía que expresaba la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. Aunque de diferentes modos, lo que estaba y seguía estando en juego era seguir la Verdad, estar a su servicio. Y, por otro, escogí este lema porque en el mundo de hoy el tema de la Verdad es acallado casi totalmente, pues se presenta como algo demasiado grande para el hombre y, sin embargo, si falta la Verdad todo se desmorona».

Efectivamente, su trabajo de profesor, de sacerdote, de obispo y de Papa ha estado concentrado en meditar acerca de la Verdad para iluminar a los hombres y mujeres de este tiempo tan enredado en relativismos y medias verdades, tan confundido entre la insaciable necesidad de emociones sucesivas y una razón enturbiada por la bulla exterior e interior.

[pullquote]Hoy el hombre le dedica muy poco tiempo a la reflexión acerca de sí mismo y acerca de su relación con la naturaleza, con los demás y, sobre todo, con Dios. Benedicto XVI ha sido un oasis de reflexión en el desierto del posmodernismo que le pasa por encima a casi todos los asuntos trascendentes. Incapaz siquiera de definirse, el posmodernismo flota sin raíces, y somete la verdad a la perspectiva o al contexto particular.[/pullquote]

En sus cortos ocho años de pontificado, no cabe ninguna duda de que Benedicto XVI ha cooperado intensamente con la Verdad. Sus encíclicas, sus cartas apostólicas, sus homilías y discursos, sus libros, todos y cada uno, tienen un aporte real y concreto a la Verdad porque nos ayudan a entender un poco mejor el misterio de Dios, a percibir por qué es cierto lo que Jesús dice: que solo ella nos hará libres.

Benedicto XVI es un hombre libre. Con esa libertad que solo es posible obtener de la Verdad es que ha sido capaz de confesarnos que ya no tiene fuerzas para seguir con esta tarea, pero asumirá otra igualmente fiel. Su legado de este tiempo es el de la Verdad. Ya que tanto hablamos de él estos días, habrá que hacer honor a su trabajo y detenernos no solo a leer y meditar lo que nos deja, sino también, como él, a ensayar la Verdad.

© 2013 – Rossana Echeandía para el diario El Comercio (Perú). Publicado el 19 de febrero de 2013
 
 

Rossana Echeandía

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