... Parecen olvidar que Monseñor Romero no murió fusil en mano en una guerrilla sino trayendo a Cristo al mundo mediante la Eucaristía. La mejor forma de rendirle un verdadero tributo sería dejar el anticlericalismo y profundizar en la fe que llevó a este obispo a ofrendar su vida. Una fe comprometida con los más débiles, que denunciaba sin temor las injusticias y anunciaba el Reino de Dios...

Contexto histórico y social

VaticanoÓscar Arnulfo Romero nació el 15 de agosto de 1917, segundo de ocho hermanos, en Ciudad Barrios, San Miguel (República de El Salvador). A los 13 años ingresó al Seminario. Estudió Teología en la Universidad Gregoriana de Roma, y en aquella ciudad se ordenó sacerdote en 1942. Al año siguiente fue destinado como párroco en su país natal; durante 23 años (1944-1967) fue párroco en la ciudad de San Miguel, siendo un sacerdote apostólico, fiel, y muy dedicado a su labor pastoral, centrada en misas, largas sesiones de confesionarios, catequesis, novenas, cofradías, y clases de religión en colegios católicos. Después de párroco, lo ascendieron a director del Seminario Interdiocesano de San Salvador.

Era la década de los cuarenta y la Iglesia era dirigida por el Papa Pío XII. El Salvador era un país regido por los intereses de una oligarquía local y dictatorial, dedicada sólo a sus intereses económicos en estrecha alianza con los EE.UU. Luego de muchos años de trabajo parroquial, Romero fue nombrado obispo auxiliar de San Salvador desde 1967 a 1974.

Sin embargo, el ascenso de su carrera eclesiástica se da en una época en la que la Iglesia Católica, recién concluido el Concilio Vaticano II y bajo el pontificado de Pablo VI, inicia su renovación de acuerdo con los signos de los tiempos. En 1968, un año después de haber sido nombrado Romero obispo auxiliar de San Salvador, se celebra en la ciudad colombiana de Medellín la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que marcó un hito en la Iglesia en América Latina, especialmente con su aplicación del Concilio Vaticano II a la realidad latinoamericana.

Óscar Romero, aunque siempre buen samaritano, era un sacerdote defensor de la pastoral sacramental, de la piedad personal y de la pureza del Magisterio. Su receta (más piedad y oración y menos cantos de protesta social), contrastaba con la praxis de los sacerdotes más jóvenes, especialmente los jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA). Ellos eran corregidos doctrinalmente por Romero; primero en San Miguel y después, siendo obispo auxiliar.

Por otra parte, El Salvador era un país donde sólo 14 familias de la oligarquía lo poseían todo y, como si fuese un feudo propio, gobernaban el país con profunda violencia y cinismo. En 1932 hubo una masacre de 40.000 campesinos en una semana, y los responsables de aquella masacre publicaban en los periódicos de los años setenta lo siguiente: “Matamos a 40.000 y tuvimos 40 años de paz. Si hubiésemos matado a 80.000 habrían sido 80 años de paz”.

[pullquote]Romero fue nombrado Obispo de Santiago de María, una rica zona cafetalera y algodonera, en la que vivió tres años (1974-1977). Y aunque siguió siendo muy amigo de los ricos terratenientes, fue en aquel obispado donde comenzó a perfilarse su estilo pastoral con los más pobres, en especial con la mísera situación de los trabajadores de los cafetales. Esto se dio en no poca medida gracias a Medellín y su propuesta de pensamiento social católico aplicado a Latinoamérica, así como fuentes como la Populorum progressio, entre otros.[/pullquote]

En esta diócesis, Romero tuvo que hacer frente a un experimento piloto de pastoral popular, “Los Naranjos”, juzgado como peligroso por el Gobierno. Nacido del espíritu de Medellín, era “una experiencia de evangelización, adaptada al campesinado, donde se impartía la palabra de Dios en clave de concienciación política, para un pueblo oprimido, sin voz”. Monseñor Romero lo canceló temporalmente, comprometiéndose a estudiarlo. Tras corregir algún exceso en la interpretación del Documento de Medellín, propuso implantarlo en cada parroquia, bajo la supervisión de los párrocos y del obispo. Romero comenzaba así a promover la aplicación de la Conferencia de Medellín (Hito importante de la Teología de la Liberación). Años después, en una carta a Juan Pablo II, le escribirá: “Creo en conciencia que Dios pide una fuerza pastoral en contraste con las inclinaciones ‘conservadoras’ que me son tan propias, según mi temperamento”.

En junio de 1975, un mes muy sangriento, un grupo de campesinos que regresaban de una celebración litúrgica fue ametrallado, premeditadamente, por la Guardia Nacional en el cantón Las tres Calles. El gobierno lo justificó, alegando que portaban armas subversivas. Sus únicas armas eran sus biblias. Monseñor Romero consoló a los familiares de las víctimas, pero no condenó públicamente la masacre, desoyendo el clamor popular. Se limitó a enviar una carta de queja al presidente Molina, su amigo. El funeral derivó en un acto de protesta.

Su tibia reacción en la condena hizo creer al Gobierno y a la oligarquía que lo sustentaba que Romero era un obispo a su medida, que no interfería en su lucha contra la subversiva pastoral “medellinista” a la que acusaban de marxista a causa de muchas interpretaciones erradas sobre el tema de la opción preferencial por los pobres. De forma que el Gobierno y las clases adineradas dieron su aprobación al nuncio cuando éste, que había apostado por Romero, les pidió su opinión para nombrarlo como arzobispo de la capital, San Salvador.

A los 15 días de recibir el cargo y la carga arzobispal, se produjo uno de los fraudes electorales más burdos de la historia salvadoreña, que dio la victoria al partido de los militares, y acto seguido se cometió una masacre en el centro de la capital, San Salvador, contra un pueblo que reivindicaba justicia. Un mes después, los paramilitares o escuadrones de la muerte, pagados por los terratenientes, asesinaban al jesuita Rutilio Grande, el más prestigioso de los sacerdotes salvadoreños de aquel entonces. Es a partir de este acontecimiento, cuando Monseñor Romero comenzó de una manera más profunda su compromiso con la liberación.

La “conversión” de Monseñor Romero

Para reprobar aquel vil asesinato, que afectaba a todos los católicos, los sacerdotes, religiosos y religiosas decidieron, en asamblea, no tomar parte en los actos públicos del Gobierno (hasta que éste no aclarase aquel asesinato) y convocar a una gran misa en la catedral, única para toda la arquidiócesis, eximiendo de la misa dominical en las parroquias. Dejaban, por supuesto, la decisión final en manos de su arzobispo. Monseñor Romero decidió sumarse: era la oportunidad para sellar la unidad del clero. Pero tenía que informarle al nuncio, y recibió de éste una dura reprimenda. Sus amigos católicos de la alta sociedad también intentaron disuadirlo. Ante su firme decisión, protestaron por verse privados del cumplimiento del precepto dominical. La eucaristía reunió a casi 100.000 salvadoreños, llegados de todos los rincones del país. El nuncio, para no verse comprometido, se ausentó a Guatemala. Monseñor Romero había optado, en conciencia, por estar al lado de sus curas, y del pueblo sin voz, antes que agradar al nuncio y a los poderosos.

[pullquote]Sin embargo, Romero no era un cura revolucionario; nunca se dejó influenciar por el marxismo. Su aproximación a la Teología de la Liberación iba en la línea del Cardenal Eduardo Pironio, cuyo pensamiento también tuvo gran influencia sobre el actual Papa Francisco. Su pensamiento sobre la Teología de la Liberación fue influenciado por el teólogo José María Casciaro (Opus Dei), el fraile franciscano Buenaventura Kloppenburg y el misionero Segundo Galilea (CELAM). Romero nunca se refiere a teólogos de la liberación como Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, y Manuel Pérez, entre otros. Aunque le regalaban libros sobre Teología de la Liberación, él optaba por no leerlos pues prefería recurrir a los Padres de la Iglesia como fuente de inspiración, entre ellos: San Basilio, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo y San Agustín.[/pullquote]

Cuando Romero asume la defensa de los pobres y débiles, quienes le habían dado su apoyo el 3 de febrero de 1977 ahora se sentían defraudados. A Roma empezaron a llegar informes desfavorables de algunos obispos compañeros. Y Roma enviaba a Romero visitadores apostólicos. Monseñor Romero decidió viajar a Roma, para aclarar malentendidos y desmontar maquinaciones. “¡Ánimo!, no todos comprenden, pero no desfallezca”, “Usted es el que manda”, le consolaba Pablo VI. Un apoyo que, en la Prefectura para los Obispos, se diluía, transformándose en duras reprimendas.

Su primer encuentro con Juan Pablo II, en mayo de 1979, fue desolador. Compañeros y gentes malintencionadas le habían entregado al Papa informes muy negativos sobre Romero. Él le llevaba un dossier con las sistemáticas violaciones de derechos humanos en su país, algunos muy calientes, como la matanza del sacerdote Octavio Ortiz y de cuatro jóvenes menores de 15 años, en el recinto “Despertar”, en un cursillo de iniciación cristiana. Tras días de espera, Juan Pablo II le concedió una breve audiencia: “No me traiga muchas hojas, que no tengo tiempo de leerlas (…) Y debe de esforzarse por lograr una mejor relación con el gobierno de su país”. Romero, se cuenta, salió llorando: “El papa no me ha entendido, no puede entender, porque El Salvador no es Polonia”.

En enero de 1980, monseñor Romero tuvo su segundo encuentro con Juan Pablo II, mucho más cálido. El Papa lo recibió enseguida y le felicitó por su defensa de la justicia social, pero advirtiéndole de los peligros de un marxismo incrustado en el pueblo cristiano. Romero, con su habitual espíritu de obediencia, le respondió que el anticomunismo de las derechas no defendía a la religión, sino al capitalismo. Ya lo había denunciado, el 15 de septiembre de 1978: “Hay un ‘ateísmo’ más cercano y más peligroso para nuestra Iglesia: el ateísmo de capitalismo cuando los bienes materiales se erigen en ídolos y sustituyen a Dios”.

Su asesinato

Un día antes de su muerte, hizo un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño:

“Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”.

El Gobierno calificó esas palabras como subversivas. El lunes 24 de marzo de 1980 Monseñor Romero fue asesinado cuando oficiaba una misa en la capilla del hospital de La Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador. Un disparo hecho por un francotirador impactó en su corazón, momentos antes de la Sagrada Consagración.

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Después de largas investigaciones de la Comisión de la Verdad y del gobierno salvadoreño, supervisados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se conoció que el asesino de Monseñor Romero fue Marino Samayor, un subsargento de la extinta Guardia Nacional y miembro del equipo de seguridad del ex presidente Molina. La orden para cometer el crimen la recibió del mayor Roberto d’Aubuisson, creador de los escuadrones de la muerte y fundador del partido de derecha ARENA. El francotirador habría recibido 114 dólares por realizar esa acción. Irónicamente muchos partidarios de ARENA se autodefinen como católicos, e incluso en su bandera tienen una gran cruz blanca. Los “buenos católicos” mataron a un santo creyéndolo comunista. La muerte del religioso nunca fue a juicio por una Ley de Amnistía emitida en 1993 por el presidente Alfredo Cristiani, del partido ARENA.

Proceso de canonización

El 24 de marzo de 1990 se dio inicio a la causa de canonización de Monseñor Romero y se designó al Pbro. Rafael Urrutia como postulador de la causa. El 12 de mayo de 1994, durante el proceso diocesano, se presentó formalmente la solicitud para su canonización a su sucesor, el arzobispo metropolitano Arturo Rivera y Damas. El proceso diocesano concluyó el 1 de noviembre de 1996, y el 4 de julio de 1997 la Santa Sede aceptó la causa como válida. La causa fue elevada a la Congregación para las Causas de los Santos, en la Ciudad del Vaticano, la que en el año 2000 la transfirió a la Congregación para la Doctrina de la Fe (en ese entonces dirigida por el cardenal alemán Joseph Ratzinger, posteriormente Papa Benedicto XVI) para que analizara concienzudamente los escritos y homilías de monseñor Romero. Una vez terminado dicho análisis, en 2005 el postulador de la causa de canonización, monseñor Vicenzo Paglia, informó a los medios de comunicación de las conclusiones del estudio: «Romero no era un obispo revolucionario, sino un hombre de la Iglesia, del Evangelio y de los pobres».

Algunos analistas vaticanos señalaron la existencia de cierto «bloqueo de la causa» a partir de 1997, por razones de índole ideológica. El propio postulador monseñor Vicenzo Paglia explicó que tuvo algunos malentendidos con Juan Pablo II porque, a su juicio, las informaciones que llegaban en aquel momento desde El Salvador «iban todas en una dirección»: la derecha política, los embajadores salvadoreños ante la Santa Sede y algunos cardenales acusaban a Romero de «estar desequilibrado» y de «ser comunista».

No obstante, Paglia precisó que hubo un momento en el que el Papa polaco modificó su postura: «En su primer viaje al Salvador cambió y quiso ir a la Catedral, esperó diez minutos porque estaba cerrada. Allí impuso sus manos sobre la tumba de Romero. Además, me ha dicho en muchas ocasiones que Romero es de la Iglesia». Asimismo, Karol Wojtyla recordó a monseñor Romero en la celebración de nuevos mártires durante el jubileo del año 2000, insertando su nombre –ausente en el texto– en el oremus final. Por otra parte, Paglia señaló que fue Benedicto XVI quien desbloqueó el proceso de beatificación el 20 de diciembre de 2012, poco antes de anunciar su renuncia.

[pullquote]Desde la Santa Sede se respondió que la causa de beatificación de Monseñor Romero nunca estuvo bloqueada. El 3 de febrero de 2015 el Papa Francisco autorizó la promulgación del decreto de la Congregación para las Causas de los Santos que declaró a Óscar Romero mártir de la Iglesia, asesinado por «odio a la fe». Lo que impulsó a sus agresores no fue la simple intención de cancelar a un enemigo político, sino el odio contra el amor por la justicia y contra la predilección por los pobres que Romero manifestaba como eco directo de su fe en Cristo y de su fidelidad al magisterio de la Iglesia. En el delirio sangriento que convulsionaba a El Salvador durante esos años atroces, Romero fue el buen pastor dispuesto a ofrecer la vida para seguir la predilección por los pobres que es propia del Evangelio. La fe, reconocieron los teólogos del dicasterio vaticano, era la fuente de sus acciones, de las palabras que pronunciaba y de los gestos que llevaba a cabo en el contexto difícil en el que se vio obligado a operar y a vivir como arzobispo.[/pullquote]

El pronunciamiento de los teólogos de la Congregación para la Causa de los Santos canceló décadas de operaciones que pretendían propagar una interpretación meramente política del asesinato de Romero. El reconocimiento de su martirio “in odium fidei” confirma que en El Salvador de los escuadrones de la muerte y de la guerra civil la Iglesia sufría persecuciones feroces por parte de personas que, por lo menos teóricamente, eran cristianas. El odio desencadenado y que provocó la muerte de Romero fue cultivado y compartido incluso por sectores de la oligarquía, acostumbrados a ir a Misa o a dar limosna y donaciones a las instituciones eclesiásticas; incluidas las asociaciones de «mujeres católicas» que publicaban en los periódicos acusaciones y mentiras fabricadas en su contra.

“Santo” que incomoda a la derecha y a la izquierda

D0XAvZrSMuchos católicos creen erróneamente que para ser fieles a la fe deben ser políticamente de derecha. Esto se vuelve más evidente cuando algunos partidos políticos de derecha incluso tienen la palabra “cristiano” en su nombre. Esa es la misma ideología del partido ARENA, cuyos fundadores fueron los mentores del asesinato a Monseñor Romero. De ahí que es comprensible que este obispo les resulte incómodo pues evidencia la falta de coherencia entre lo que dicen creer y sus acciones concretas. Su cristianismo teórico se aparta del mensaje evangélico del amor por los pobres.

El decreto aprobado del Papa Francisco para la beatificación del arzobispo de San Salvador ha obligado a la derecha salvadoreña a replantear su pensamiento hacia el Monseñor al que señalaban de “comunista”. El contexto electoral que se vive actualmente en El Salvador, ha generado que varios líderes de ARENA comiencen a elogiar al antes odiado obispo.

Monseñor Romero nos pertenece a todos los salvadoreños“, reclamó en plena caza de votos el candidato a la alcaldía de San Salvador por la derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), Edwin Zamora. Acto seguido el político se comprometió a edificar un monumento a Romero en el centro histórico de la capital, en caso de ganar las elecciones. Estas declaraciones generaron una lluvia de críticas, principalmente de los movimientos de izquierda.

Justamente los socialistas han politizado a Monseñor Romero, al colocar su retrato al lado de imágenes del Che Guevara o el líder del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), Schafik Handal. Así mismo, toman selectivamente sus discursos, a favor de los desposeídos y críticos contra la oligarquía, para hacerlos sonar como panfletos revolucionarios perdiendo su carácter evangélico. Otros incluso han llegado a atribuirle frases falsas como “si me matan, resucitaré en el pueblo”.

[pullquote]Parecen olvidar que Monseñor Romero no murió fusil en mano en una guerrilla sino trayendo a Cristo al mundo mediante la Eucaristía. La mejor forma de rendirle un verdadero tributo sería dejar el anticlericalismo y profundizar en la fe que llevó a este obispo a ofrendar su vida. Una fe comprometida con los más débiles, que denunciaba sin temor las injusticias y anunciaba el Reino de Dios. Ser la voz de los que no tienen voz, ser profetas de la justicia, como quedaría plasmada la misión de los obispos en el mundo actual en la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Gregis muchos años después.[/pullquote]

© 2015 – José Miguel Yturralde Torres para el Centro de Estudios Católicos – CEC

José Miguel Yturralde Torres

José Miguel nació en Guayaquil (Ecuador). Es Ingeniero ambiental, con Maestría en sistemas integrados de gestión de la calidad, ambiente y seguridad; Master executive en desarrollo sostenible y responsabilidad social corporativa; y Master en exploración y producción de petróleo y gas.

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