bastillaEl 14 de julio de 1789, para estupor de las naciones europeas, gobernadas por monarquías, ocurrió la toma de la Bastilla. Esta prisión y fortaleza situada en el centro de París, imponente y dilapidada, personificaba el despótico símbolo del gobierno absoluto y de un temido sistema judicial.

Aquel día la Bastilla solamente alojaba cinco presos comunes y dos dementes, recogidos de las calles. Los agitadores, aliados de los “Clubs” revolucionarios anti-monárquicos, como los “Girondinos” y los “Jacobinos”, difundieron el rumor de que en las mazmorras de la temida prisión se maltrataban a presos políticos opuestos al Rey. La turba rabiosa de “sans culottes”, proletarios desocupados y desesperados que se distinguían por el empleo de pantalones largos, rodeó la fortaleza, procediendo a masacrar a guardianes y prisioneros, y a demoler la Bastilla.

Para un notable grupo de historiadores, los acontecimientos del 14 de julio significaron el estallido de la Revolución Francesa. La verdad es distinta. La Bastilla fue un episodio de una sucesión de hechos y controversias. Las picas de los “sans culottes”, que machacaron sus muros pétreos, definitivamente no simbolizaron necesariamente la proclamación de un “nuevo orden” social y político democrático.

Un contemporáneo de la Revolución, el filósofo germano Friedrich Hegel, juzgaba que el acontecimiento crucial que inauguró el “nuevo orden” en Europa no fue la Revolución, sino el triunfo de Napoleón Bonaparte en la batalla de Jena (1806), sobre la coalición de Austriacos y Prusianos. El ensayista norteamericano Francis Fukuyama también concluyó que Jena, donde un ejército comandado por un antiguo general revolucionario venció a dos de las monarquías más poderosas de Europa, constituyó el “fin de la historia” como era conocida.

[pullquote]A pesar de que la Revolución Francesa constituye un acontecimiento histórico sobre el cual se ha escrito y debatido de manera pródiga, continúa siendo, probablemente, poco comprendida. Y no solamente debido a la posición claramente parcial de una historiografía promovida por sucesivas repúblicas francesas; o al apasionamiento de sus adversarios, como de sus partidarios. Sino porque también los historiadores se acercan a la Revolución Francesa con apriorismos ideológicos.[/pullquote]

¿Cómo se han interpretado estos complejos acontecimientos? ¿Cabría interrogarse si la vida cotidiana del poblador francés constituía un continuo sometimiento a una tiranía, carente de la protección de las leyes? Ciertamente la Revolución Francesa constituyó uno de los grandes momentos de inflexión en la historia moderna. Nunca antes las personas de una nación con tanta significación para la historia y la cultura moderna habían optado por rehacer la sociedad sobre las bases de la soberanía popular.

No se pueden soslayar las consecuencias imperecederas para la civilización, desencadenadas por los acontecimientos de 1789. De la Revolución surgieron los códigos de leyes que gobiernan las modernas naciones occidentales: se establecieron los principios de la educación universal; se fundaron los sistemas administrativos estatales; se remodeló el rostro material de la sociedad, haciendo posible que el republicanismo desplace al Antiguo Régimen monárquico como forma de gobierno. Ello fue posible con el establecimiento de una visión que prendió como una flama inextinguible: la igualdad del hombre.

La “línea oficial” suele afirmar que la Revolución Francesa fue un suceso que liberó a los hombres y mujeres de la tiranía de un monarca absolutista. El sistema social que representaba el Rey, habría actuado como una “camisa de fuerza”, impuesta a sus ciudadanos, previniendo el progreso y el libre desarrollo de sus potencialidades y derechos.  El “antiguo régimen” sobre el que reinaba Luis XVI habría sido despótico, cuando en realidad se trataba de un monarca débil e indeciso, y su poder limitado por distintas facciones nobiliarias e intereses cortesanos.

Esta versión fue popularizada en prestigiosos centros de enseñanza como la universidad de la Sorbona, cuya facultad de historia ha dominado la interpretación de la Revolución por dos centurias. Sus aulas y claustros acogieron a sabios y eruditos, investigadores e historiadores, cuyos esfuerzos por desentrañar y explicar aquellos dramáticos acontecimientos fueron notables. Sin embargo, prevaleció una perspectiva sustentada principalmente en ideologías positivistas, socialistas y marxistas. Los historiadores de estas tendencias se inclinaron a presentar la Revolución como un evento necesario para el progreso de Francia y de la humanidad.

Las interpretaciones divergentes fueron acalladas con la etiqueta de “contra revolucionarias” o “conservadoras”. Pero la verdad es que varios intelectuales juzgados como “contra revolucionarios” mostraron significativo rigor y objetividad cuando se trató de sopesar los hechos.

Por años se les mantuvo en los márgenes, alejados de las cátedras y de los colegios honorarios de Francia. Las cosas comenzaron a cambiar cuando las “Tesis de la Sorbona” fueron confrontadas. El bicentenario de la Revolución produjo una proliferación de estudios que proponían una revisión amplia de las grandes ideas inmutables que se habían perpetuado. Un historiador marxista llamado Claude Mazauric, por ejemplo, demostró sólidamente que la Revolución Francesa significó la destrucción de un orden feudal, para ser substituido por otro, de carácter capitalista y burgués. Aproximaciones críticas y revisionistas como la de Mazauric coincidieron, por lo general, con interpretaciones previamente descalificadas como “contra-revolucionarias”.

El déficit fiscal de finales del siglo XVIII condujo a la convocatoria de la “Asamblea de los Notables”, de 1787; y en 1789, a los “Estados Generales”. Su tarea principal consistía en hallar una solución al problema financiero. También era necesaria una reforma fiscal que obligase a los nobles al pago solidario de impuestos. La crisis económica fue causada por las onerosas deudas públicas generadas por la guerra contra Inglaterra por la posesión de las provincias canadienses (en la que Francia salió derrotada), y el apoyo incondicional a la causa de la independencia norteamericana. Pero la situación económica, sin ser holgada, era manejable. Bajo hábiles ministros de hacienda como Calonne y Necker, el comercio y la industria se encontraban en una situación propicia y con perspectivas de desarrollo.

Pero estas asambleas cambiaron la cara de Francia, y de buena parte de Europa. Los agitadores, dispuestos a capturar el poder a cualquier costo, se impusieron a los legisladores que exigían al rey endeble, a la corte dispendiosa, a la nobleza insolidaria y a la burguesía cicatera que se hiciesen solidariamente cargo de las obligaciones económicas. Sus discursos, inflamados y demagógicos, desencadenaron la barbarie. Manipularon prodigiosamente a la masa proletaria, los “sans culottes”, a su favor. La violencia alcanzó un dinamismo propio e imparable, designado posteriormente por algunos de sus líderes, como Danton y Robespierre, como la “Época del Terror”.

[pullquote]El terror no surgió de forma espontánea. Fue fomentado por las ideologías, particularmente la Ilustración, que generó un rechazo apasionado a lo que denominaban el “Ancien Regime”, y sus representantes: la Monarquía, los nobles y la Iglesia. Los “ilustrados” asestaron sus críticas más acervas a la institución eclesiástica, que, a pesar de todos sus defectos, se hacía cargo de la educación y protección de campesinos, proletarios e indigentes. La Revolución requería un enemigo hostil para enfrentarlo a las masas. [/pullquote]

Los discursos encendidos contra los poderes establecidos despertaron un fuego colosal que calcinó todo lo que encontró a su paso. Jules Michelet, notable exponente de la “Escuela de la Sorbona”, contribuyó a la mitología revolucionaria cuando consideró que los acontecimientos surgidos en la Bastilla significaron el triunfo de la libertad sobre la tiranía, el advenimiento de la ley, la resurrección del derecho y la reacción de la justicia. Pero sus agentes y militantes no pertenecían a un pueblo que se levantó espontáneamente contra los tiranos.

Estos proletarios, como demostró Paul Hazard, historiador honrado con un sitial en la “Academia de Francia”, no representaban a las mayorías francesas. Los agitadores que tomaron las armas y las picas fueron preparados por una predica de pasión y violencia. Las ideas de los filósofos, reducidas al libelo y al pasquín, elaboradas por innumerables propagandistas al servicio de logias y clubes anti-monárquicos, intentaron impulsar un proyecto anti-realista y anti-religioso, pues los ideólogos de la revolución creían firmemente que el principal apoyo del antiguo orden, el “ancien regime”, que debía caer, era la Iglesia católica. Se impuso la idea de “arrebatarle a la cruz su sitial, cercenando la comunicación con Dios y triturando la concepción cristiana de la vida”. Bajo este propósito se persiguió de manera feroz a la Iglesia, prohibiendo el culto religioso, desterrando y asesinando a miles de clérigos y religiosos.

Jean Dumont ha destacado que entre las doctrinas que nutrieron el fenómeno revolucionario, la principal fue “el odio anticristiano y antirreligioso. Esta pasión fue el eje que encuadró las ideas y los eventos revolucionarios”. Estas teorías se originaron con filósofos ilustrados como Voltaire y Rousseau, que postulaban una incredulidad impuesta en nombre de las ideologías libertarias. Como ha reconocido Albert Mathiez, “mucho antes de traducirse en acontecimientos, la revolución fue concretada en los espíritus”. El pensador Ernst Cassirer concluye que el “enciclopedismo francés declaró la guerra abierta a la religión”.

“La religión era, según los filósofos de las ‘Luces’, el falso consuelo de los oprimidos, de aquéllos que al no poder esperar nada de esta vida ponían sus esperanzas en la otra”, explicaba Elías Trabulse. Según esta narrativa de antipatía parcializada laicista “muchos siglos de cristianismo tiránico habían reprimido y aun atrofiado su razón con creencias absurdas y con supersticiones sin número (…) La Francia del siglo XVIII vio cómo la religión de sus padres era atacada en el seno de su cultura, es decir, desde dentro de ella misma. Este fenómeno sin precedentes en cuanto a la intensidad de la contienda, explica el que durante las horas más sombrías de la Revolución se haya llegado a extremos de persecución religiosa que no habían sido contemplados en Europa desde la época del Imperio Romano”.

Los personajes del siglo XVIII no estaban ciegos ante las situaciones de injusticia, suscitadas por los antiguos hábitos de la monarquía, la nobleza y la burguesía. Amplios sectores del clero apoyaban las reformas. El abbe Maultrot, el mejor abogado eclesiástico de su época, publicó tres volúmenes en 1790, donde argumentaba sobre la superioridad soberana del pueblo sobre la autoridad absoluta de los reyes. Solamente algunas minorías permanecían cegadas ante la necesidad del cambio. Pero la hecatombe que se desencadenó fue incapaz de resolver los problemas de fondo.

Un totalitarismo fue reemplazado por otro, sustentado por la prepotencia y el terror. Agustín Cochín situó el origen del totalitarismo revolucionario en los “clubs” donde se llamaba a romper con el pasado, dando origen a una sociedad revolucionaria. Cuando se desencadenó el totalitarismo, su mecánica violenta no se detuvo hasta eliminar a sus propios agentes e impulsores.

El terror, junto al sesgo anticristiano, fue uno de los más perversos rostros la “Revolución Francesa”. La defensa de la libertad y la igualdad también estaba sometida a las circunstancias ideológicas. Georges Lefebvre, autor de “El Gran Pánico De 1789: La Revolución Francesa y los Campesinos”, aclaró que para el legislador revolucionario “la proclama de la declaración de los derechos del hombre, ley fundamental surgida en la Revolución Francesa, puede variar según las circunstancias. Estos derechos pueden practicarse a condición de que la ley sea la expresión de la voluntad general, que está en la mayoría de la comunidad”. Se trataba de una concepción de la legalidad donde los fines justificaban los medios.

La igualdad y la fraternidad intentó ganarse estableciendo una sociedad homogénea, destruyéndose a todo aquel que se oponía a los designios revolucionarios. Cuando culminó la revolución, hacia finales del siglo XVIII, habían perecido 600,000 franceses. Solamente en la región de La Vendé murieron 120,000 personas. La mayoría eran campesinos, profesionales y comerciantes modestos, que defendían sus ideales y creencias religiosas.

Cochin describe la Revolución como una “ruptura radical del tejido histórico donde todo implosionó en un flujo irresistible y revolucionario”. Si bien los Estados Generales votaron el 4 de agosto de 1789 por abolir los restos del pasado feudal de Francia, creyéndose que se suscitarían reformas radicales, la violencia culminó primando sobre las ideas libertarias. Ella fue una “máquina oculta”, dispuesta a liberar al pueblo de lo que los líderes revolucionarios consideraban alienaciones anti-democráticas. El medio de acción fue la agitación practicada por militantes especializados en la ideología. El surrealismo de aquella meta reclamó una nueva moral abierta a la violencia y al terror, dispuesta a paralizar las libertades individuales.

© 2016 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

View all posts

Add comment

Deja un comentario