¿Cómo saber que tienes un amigo o amiga? ¡Hay tantas descripciones y definiciones de la amistad! Jesús nos pone una: «No hay mayor amor que el dar la vida por los amigos». Amigo es quien da la vida por mí. Es decir, está dispuesto a perder el tiempo, escucharme, quedarse con una deuda, poner el rostro, morir por mí si lo ve necesario. Amigo parece ser como una especie de “otro yo, pero mejorado». A veces uno no está dispuesto a morir por sí mismo, pero por el otro, por la amiga sí. Mi amigo, entonces, me hace sacar lo mejor de mí para entregárselo con gozo en el corazón. Amigo es quien saca lo mejor de mí para que yo pueda donárselo. Y amigo es también quien es capaz de soportar lo peor de mí porque me quiere, porque se ha comprometido conmigo hasta las últimas consecuencias.

¿Será mi amigo alguien con quien no discuto o quien me las pasa todas? Ni hablar. Con el amigo o la amiga me puedo pelear una y mil veces. Y sé que, a pesar de la pelea, la amistad no ha terminado. Ha sido “sólo” una pelea. Por encima de la riña está la amistad. Y yo debo poder corregir a mi amigo si veo que está haciendo algo mal, o si planea hacerlo. Y mi amigo o amiga debe poder corregirme con la misma facilidad. Amistad donde no hay corrección cuando debe haberla es sospecha. Se podría llamar complicidad. La amistad me hace más humilde: no confío solamente en mis juicios, sino que estoy abierto a que me puedan decir que me equivoqué, o que fui malo, o que no debo seguir por esta ruta que me lleva al mal. Y por amistad estoy dispuesto a hacer caso a quien sé que me quiere y me pide lo mejor de mí. Los amigos, pues, se dan lo mejor de sí el uno al otro.

La amistad, como enseña el Señor, lo es hasta las últimas consecuencias. Ya hemos distinguido la complicidad. Tampoco la amistad es el mero “pasarla bien”. ¡Claro que hay mucho de eso en la amistad! Pero la amistad también implica visitar a mi amigo enfermo, rezar por él, acompañarlo en los éxitos y fracasos, escucharlo cuando tiene que abrir el corazón y llorar con él, llorar por él, reír con él, reír por él. Si la amistad termina porque nos peleamos, porque te traté mal, porque te fallé: lo más probable es que no haya sido amistad, dice San Aelred. Por eso debo meditar sobre mi amistad y ver si estoy dispuesto a dar la vida por quien digo ser mi amigo.

[pullquote]En la amistad, especialmente, no se están mirando el uno al otro. En la amistad los dos (o más) miran a un mismo horizonte. En la vida cristiana solemos decir que la amistad de dos personas, en realidad, lo es de tres: pues ambos miramos a Jesús. Amigo es también quien me lleva a Cristo, quien me lo transparenta, quien me lo hace carne. Mi amigo me hace mirar el horizonte y yo lo comparto con él. Y cuando la mirada se me ha perdido, él me ayuda a ver mejor. Y cuando él ha volteado la mirada, soy capaz de hacerle ver hacia dónde caminamos. Porque amistad también es peregrinar juntos, acompañarnos en las jornadas de cada día. A veces nos ocurre que tenemos que ir de viaje largo, aún sin el amigo. Sé que ambos miramos al mismo horizonte. La amistad necesita, entonces, del cultivo. Parte del dar la vida por el otro es cultivar el momento para un breve saludo, para un escuchar, para compartir.[/pullquote]

Todo esto (y mucho más) que brevemente se ha descrito arriba lo son los santos con cada bautizado. Los santos son mis amigos. Unos más que otros. Ellos están dispuestos a donarse por amor a nosotros, a escucharnos, a interceder, a acompañarnos, a corregirnos, a hacerse presentes en nuestra vida en todo momento. ¡Abramos los ojos de la fe! San Pablo nos dice que estamos rodeados de una multitud de testigos. Y es así. Los santos nos acompañan, nos escuchan, nos consuelan, nos ayudan. Son nuestros mejores amigos. Los santos famosos y los santos de la familia: aquellos que partieron a la casa del Padre en el silencio de lo cotidiano pero que, porque los vimos, porque los escuchamos, porque compartimos la mesa acá en la tierra con ellos sabemos interiormente que fueron al cielo, a prepararnos el camino. Caminemos con los santos. Quieren ser mis amigos. Abramos los ojos de la fe y veamos qué santo o santa amigo o amiga se acerca a nosotros para peregrinar hacia el Padre.

© 2015 – Rafael Ísmodes Cascón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Rafael Ismodes Cascón

Rafael nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).

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