«No se puede ver bien sino con el corazón ((A lo largo del artículo utilizaré esta palabra. Con esta me refiero a la interioridad de la persona, a lo propio de cada uno. Este es el sentido hebreo de la palabra. Voy a utilizarlo con variantes, como interior, interioridad, entre otras.)), lo esencial es invisible a los ojos» ((Antoine de Saint-Exupéry, El Principito)). Son palabras que se abrieron espacio en la historia de la humanidad, para quedar grabadas en ella. Al leer esta frase, que no deja de aparecer en mi conciencia de cuando en cuando, voy descubriendo la verdad que hay en ellas… Es como si la sabiduría que hay en ellas quedara resonando en un eco constante. Son palabras un tanto incomodas para algunos ambientes de hoy. Hacen referencia a la metafísica, que fue “perdida” en algún momento de la historia.

Pero… ¿qué quieren decir estas palabras? ¿Cómo resplandece la verdad que he descubierto en ellas? Bueno, para eso escribo estas líneas. No solo trato de ponerle nombre a una experiencia vivida, sino que también quiero invitar al cuestionamiento personal a partir de preguntas que me nacen al observar la vida de los demás: ¿Qué es lo esencial? ¿Por qué tiene que haber tanta “ciencia” para ver? ¿Qué miramos? ¿Dónde fijamos nuestros ojos cuando vemos una realidad nueva? ¿Lo hacemos con asombro, como si estuviésemos ante un misterio, o acostumbrados y monótonos?

Escribo esto porque nacido en este tiempo, más de una vez he experimentado y tomado conciencia de la cantidad de bulla que hay en el mundo. Bulla, sí, esa que no nos deja prestar atención al que nos habla, concentrarme y detenerme a escuchar al otro que me habla. Esto que sucede con la audición, también lo percibimos a través de otros sentidos. Así es con la visión. Probablemente el sentido más predominante de nuestra época y, por lo tanto, con el que solemos percibir la realidad.

La “bulla visible” es la que me impide ir hasta el fondo de la realidad que tengo delante de mis ojos. Me gusta llamarla distracciones o apariencias, que llaman nuestra atención de tal forma que nos quedamos en la superficie primera de la realidad, no por ello falsa. Con rapidez, me vienen a la mente muchos ejemplos de la vida cotidiana.

Partamos de los más externos: las tres mil y un publicidades que llenan la capacidad de atención de las personas, creando “necesidades”, transformándose en atrayentes, al punto que nos pueden hacer revolver nuestras escalas de valores. Las famosas idas al gimnasio en distintas épocas de la vida, donde se busca excesivamente un meta con el propio cuerpo, al punto de reducir la propia valoración, o buena parte de ella, en eso. La “urgencia”, por no llamar obsesión, de tener lo último que ha salido, o que se puso de moda: celulares, laptops, carros, juegos, zapatos, y… la lista puede seguir. Las apariencias que se buscan dar a los demás queriendo ser “aceptado”, mejor diría buscando ser querido, de las mil maneras que existen: llamando la atención, haciéndose los duros, los payasos, los borrachos, los que han estado con “todas las mujeres”.

Cuando hablo de estas distracciones ((Vale la pena revisar el mito de la caverna platónico.)), si somos inconscientes de ellas, se va formando un ambiente superficial de la realidad. Al punto que puedo empezar a verme a mí mismo desde esa clave de mirada. Es una mirada insuficiente, y eventualmente la insatisfacción crecerá y hará escuchar su voz en el propio interior, hartado de las capas epidérmicas de la realidad, porque mi corazón me reclama algo más grande, más profundo. En este punto vale la pena la pregunta, ¿vivo con estas distracciones en mi vida? ¿cómo ver más allá? Y acá vuelvo a la frase inicial: conocer mi propio corazón, para poder ver desde él.

Aterricemos un poco, por ejemplo: ¿qué tan preocupado, o mejor aún, ocupado estoy de las necesidades de las personas que viven cerca mío? ¿Cuánto me preocupo de conocerlos? ¿qué tan sincero soy en reconocer mis necesidades? Pero, vamos… no las necesidades materiales, sino aquellas que llevamos por dentro, o ¿acaso creemos que no necesitamos nada, ni de nadie?

Me viene a la mente una frase que escuché en algún curso, donde se hablaba sobre el hombre de hoy: “muy especializados en ciencias, en conocimientos técnicos, pero poco en lo interior”, más que lo interior como abstracto, de mi interior, ¿qué tan capacitado, habituado o relacionado estoy con mi interioridad?, ¿percibo los llamados de mi conciencia, mis sueños, mis anhelos?

Escribo también porque esta toma de conciencia de las distracciones ha sido un cierto “despertar”. Y creo que ha sido posible, por experiencias vividas en las que, de alguna manera, he entrado en contacto con la pobreza. Sean de otros o mías, tanto internas como externas.

¿Qué es pobreza? La condición de vida del «necesitado, que no tiene lo necesario para vivir» ((Así lo define el Diccionario de la Real Academia Española)). Me contento con esta respuesta para tenerla de referencia. Con esta definición la pobreza se hace universal, pues a pesar que el 10,68% ((Estadísticas dadas por el Banco Mundial (órgano de la ONU) para el año 2013.)) de las personas que viven sufren esta condición –económica– de vida, todos de alguna u otra forma por ser personas humanas experimentamos necesidad. ¿O no sufrimos acaso nuestros errores?, ¿los demás no sufren acaso de nuestros errores? ¿no necesitamos ayuda constantemente? ¿algún consejo? ¿no somos frágiles y débiles en algún aspecto de nuestra vida? ¿no sufrimos acaso la muerte de alguien que queremos? Y así hay muchas pérdidas de distintos tipos y niveles.

Pobreza es pasar necesidad. Cito todo esto, porque la pobreza puede ser acogida por la persona de diferentes maneras. Una de ellas, me parece, es positiva: cuando la pobreza se trasforma en una puerta de entrada para vivir con realismo. La pobreza comienza a ser una comprobación existencial de que, aunque haya fragilidades (debilidades, incoherencias, sufrimientos, inconsistencias, ausencias “conocidas o novedosas”) la vida… mi propia vida continúa. Ciertamente la vida continua con dolor, pero es como si la vida estuviese enseñando en dónde debo poner el corazón, dónde debo centrar la mirada para vivir, y cada vez con mayor plenitud, gozo, felicidad.

La pobreza vivida así se transforma en un «despertar a una vida nueva, eterna; pero también se refiere a un “despertar” más profundo ya en este mundo, despertar a la verdad, que ya ahora da al hombre una nueva forma de saciedad» ((S.S. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. 1 p. 256)). La persona empieza a darse cuenta de que hay cosas que son «como un sueño al despertar» ((Allí mismo)). «Se trata… del despertar a la percepción de la auténtica grandeza del ser humano…» ((Allí mismo)). Se me viene al corazón muchos ejemplos de mi vida en los que algún tipo de pobreza o sufrimiento ha sido una ocasión para “ganar perspectiva”, es decir tener una perspectiva más realista de la vida.

Ver a una persona necesitada materialmente feliz para mí siempre ha sido un signo de contradicción, una luz de esperanza y una enseñanza de vida. Cosa que también comparte el papa Francisco: «Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse» ((S.S. Francisco, Evangelii Gaudium, 7)).

Aceptando la propia pobreza, integrándola a la propia vida –camino único para cada uno, que a veces cuesta y cuesta lágrimas– empezamos a valorar un poquito más la realidad desde la verdad. La realidad empieza a ser un misterio en el que estoy inmerso. Ciertamente hay conocimientos objetivos, lo cuales podemos objetivar, porque esa es su naturaleza. Pero existen otros que son verdaderos, en la medida que nos acercamos desde nuestra subjetividad con humildad ante algo desconocido, ante un misterio, que en ocasiones no podremos abarcarlo del todo. Me refiero en concreto al otro que está al costado, que es persona. Por eso muchas veces hablamos en filosofía de la persona como sujeto. A quien, por lo tanto, no se puede objetivar, pues es contra su naturaleza. Y de esto depende en gran parte ver con el corazón.

Volvemos a la frase del inicio, mirar lo esencial: somos personas, y necesitamos de los demás. Pero no como un objeto sino en el sentido de que hay algo que me reclama en mi interior el encuentro con el otro, con ese sujeto misterioso que en ocasiones atrae y en otras me repela. Este encuentro da muchas luces sobre la propia identidad, sobre la propia vocación, y algunas luces sobre la propia misión en este mundo: la vocación a amar y ser amados.

[pullquote]En este punto, en el que se abre los ojos y se puede ver un poco más profundo. Miremos el propio interior. ¿Cómo está? Un filósofo alemán cuando habla sobre la templanza, da luces sobre esto: «Hacer orden en el interior del hombre… realizar el orden en el propio yo» ((Josef Pieper, Las virtudes fundamentales, RIALP 2012)) ¿Para qué? Para responder a la vocación universal, mencionada anteriormente. Además de ser capaces de vivir en relación con el otro –movimiento natural y urgente en el hombre– de tal forma que descubra el verdadero, especifico y propio sentido de la vida, en medio de esa vocación al amor.[/pullquote]

Por todo esto, me parece importantísimo el tema desarrollado brevemente. Ver con el corazón trae como supuesto el conocimiento personal. Con el realismo que ello implica, reconociendo las grandezas y las miserias, desde la alta dignidad de la persona humana, que cada uno de nosotros tiene de forma gratuita.

San Gregorio Magno decía: «cristiano reconoce tu dignidad» ((Sermón 1, Natividad del Señor.)). Yo me atrevo hoy, y por eso escribo esto, a decir: “Persona reconoce tu dignidad”, para que respondas a la inmensa aventura de vivir con pasión la propia vida. Viviendo con la libertad que se requiere. Por eso también me parece tan importante la pobreza, para ser lo suficientemente desprendido para poder elegir por lo esencial y no por las apariencias. Que en el descubrimiento que hay tantas cosas que creíamos “necesitar” y no las necesitamos más, podamos vivir y ejercer la libertad con mayor facilidad. Conocer mejor qué es lo me corresponde, y qué no. Ciertamente, depende del grado de arraigo, el grado de lucha que habrá que afrontar. Pero, por lo menos podemos ir valorando, viendo, sopesando con el corazón lo que realmente es esencial para vivir la propia vida.

© 2016 – Luis Alberto Martínez para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Luis Alberto Martínez

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