El mundo de hoy ofrece muchas veces mentiras que se asumen como verdades sin mucha conciencia crítica. De caer en ellas no está libre ni la gente sencilla de la calle ni tampoco los intelectuales más formados. Poco a poco, al asumir como verdad las ideas que se proponen con fuerza a través de los medios de comunicación, nos vamos distanciando del verdadero sentido que tiene la felicidad. Esto es lo que la cultura actual, con toda su carga de antivalores, enseña al hombre como modelo de felicidad: el tener, el poseer-placer y el poder. En la teología cristiana estos son conocidos como la “triple concupiscencia” ((Como explica el Catecismo, la concupiscencia «desordena las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2515).)). Son falsos ideales de felicidad que sólo llevan al hombre por caminos equivocados, alejándolo de la verdadera felicidad.

Esa triple concupiscencia no hace más que desorientar la razón humana, confundiendo la inteligencia y poniendo los anhelos más profundos de felicidad en ilusiones baratas. Todo esto está extremadamente motivado por los mensajes que se transmiten hoy a través de la televisión, las películas, revistas, periódicos, etc.… por ejemplo, es grande la lista de propagandas que venden sus productos como la llave para la felicidad. Y así, poco a poco, vamos creyendo que ciertos productos realmente nos traen la felicidad.

Muchas personas consideran –quizás sin mucha conciencia– que la felicidad consiste en el hedonismo, es decir, en la búsqueda del placer y la supresión del dolor y de las angustias como objetivo o razón de ser de la vida. Una vida así, sin embargo, en el fondo esclaviza a las personas. Los animales son los que se mueven y guían por el placer que les trae determinadas cosas. No se rigen por la razón sino por sus impulsos instintivos. A veces pareciera que muchas personas viven así, poniendo equivocadamente su felicidad en las drogas, el alcohol, el sexo, y todo aquello que proporcione placer de cualquier manera. Muchas veces la búsqueda de confort excesivo o una vida demasiado acomodada también son una manifestación de ese placer desordenado.

[pullquote]No está mal que queramos sentirnos bien. El placer es algo bueno, creado por Dios. El problema es cuando absolutizamos esa búsqueda de placer y la ponemos por encima de otras cosas que son más importantes, llegando incluso a ocupar el lugar que le corresponde a Dios. Así terminamos ordenando nuestra vida de acuerdo con el placer, y no según la verdadera felicidad que nos proporciona Dios.[/pullquote]

También están aquellos que sólo buscan enriquecerse. Son los que ponen su felicidad en las riquezas, en una búsqueda desordenada de tener. La riqueza, la posesión de bienes materiales, se convierte en el objetivo que se busca para la vida. Sin embargo, el tener dinero, automóviles, bienes de todo tipo, no son más que algo útil para alcanzar otros objetivos más importantes en la vida. Este estilo de vida es una manera de vivir ampliamente difundido en la sociedad actual. El materialismo y consumismo profundamente enraizados en nuestra cultura hacen que las personas vivan para el dinero y busquen a toda costa acumular riquezas, creyendo que así serán felices. Vivimos en una sociedad extremadamente consumista. Para nadie es novedad, además, que todo el marketing nos lleva a sentir una necesidad excesiva de tener que comprar, tener lo último en materia de tecnología, estar siempre a la moda, etc.

Bajo el yugo del poder están aquellas personas que depositan su felicidad en el hecho de tener la capacidad de ejercer poder según su antojo. Eso implica tener los medios necesarios para llevar a la práctica su deseo desordenado por ejercer poder sobre los demás, o sobre distintas circunstancias. Suele ser una concupiscencia más difícil para la mayoría, puesto que implica algunas condiciones previas. Tener dinero, tener un puesto importante de trabajo, venir de una familia tradicional, tener títulos y carreras profesionales que sean importantes a los ojos del mundo, etc… El problema aquí es poner la felicidad en el poder que pueden brindar esas cosas. Si yo creo que voy a ser feliz ejerciendo ese tipo de poder, entonces estoy quitando a Dios de mi vida. Ya no “necesito” de Dios, sino que yo mismo soy el dueño de mi vida, y hago lo que me parece que traerá más poder según el mundo. Personas así son extremadamente autosuficientes. Como tienen todo “bajo control” no necesitan la ayuda de Dios y, menos aún, la ayuda de los demás. Más bien, se ven mejores o superiores a las demás personas. Creen que deben ser siempre el punto de referencia, que todos deben hacer lo que a él le parezca lo correcto. Se creen dueños de la verdad, teniendo siempre la última palabra. Son más inteligentes, más sabios, más experimentados que los demás. Todos estos son rasgos de la persona soberbia. Se puede llegar al punto de despreciar al otro, mirándolo despectivamente, como alguien que no merece nuestra atención. En la práctica cotidiana se vive como si Dios no existiera. No se le toma en cuenta para las decisiones que debemos realizar día a día. Los problemas que se tienen son “fácilmente” solucionables por uno mismo.

[pullquote]Si se pone la felicidad en todos esos engaños, sobreviene entonces una frustración profunda, ya que en el fondo las necesidades del hombre no son saciadas por esos sucedáneos que son el placer, el tener o el poder. El hambre interior de encontrar la felicidad persiste, se añade la insatisfacción y viene la angustia por no encontrar respuestas a la medida de las aspiraciones honestas y sinceras. [/pullquote]

Lo importante es descubrir cómo todos estos sucedáneos no responden absolutamente al deseo correcto que tenemos de felicidad. Son maneras de vivir que nos alejan de la felicidad. Cuanto más uno se deja engañar por cualquiera de ellas, más cae en la mentira y la ilusión. Para salir de esta situación se necesita una actitud humilde, que ayude a reconocer los propios errores y dejarse iluminar por la luz de la verdad, cuya fuente es Dios mismo, que se acerca a nosotros en la persona de Cristo.

© 2016 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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