“¡Eres una egoísta, nunca vas a mejorar, ni menos cambiar!” Fue el último grito que escuché antes de que mi cartera cayera al suelo, luego de que “él” (como lo llamaré en adelante) la tirara por la ventana del auto y saliera del condominio haciendo sonar estruendosamente las ruedas por la velocidad. 

Me quedé ahí en la puerta de entrada de la casa de mi amiga donde me había dejado mirando mi cartera, absorta en el silencio de mis pensamientos. No pensé ni por un momento en el escándalo que había provocado a los vecinos del condominio; tampoco me percaté de la pena que mi amiga y su marido sentían al verme tiesa mirando una cartera en el suelo; y por supuesto, mucho menos me di cuenta de la tristeza que yo debía sentir porque nuevamente me había peleado con “él”.

Lo único que pasaba por mi corazón en ese instante era un terrible sentimiento de culpa que se mezclaba con una tremenda confusión en mi cabeza: “¿Qué es lo que yo había hecho mal esta vez?”. Esta última pregunta me la hacía todos los días al menos una vez.

Y es que él me insistía en que yo nunca cumplía sus expectativas, nunca era suficiente. Que yo nunca iba a cambiar, nunca iba a avanzar, nunca iba a mejorar. Me proponía cosas, pero no las cumplía. Sólo pensaba en mí. Le insistía en conversar temas que él no quería hablar. Claro. Yo lo provocaba. Yo era la responsable de su ira. Sus ataques de rabia eran absolutamente justificados. Eran causa y consecuencia. Si yo empujaba, por su puesto que “él” tenía que responder. Yo provocaba su violencia. “Él” tenía razón. Yo era poca cosa y no me merecía su amor. Yo era la culpable.

Entonces, ¡Por supuesto que tenía que pedirle perdón, claro que sí! Tenía que pedirle perdón para que volviera a mí. ¡Qué sería de mi vida sin “él”! Era el amor de mi vida, el hombre que había elegido, el que Dios había soñado para mí, ¡No podía vivir sin “él”! Tenía que conseguir su perdón a toda costa, costara lo que costara y me humillara lo que me tuviera que humillar. Total, aquí la culpable era yo, así que yo me tenía que arrodillar.

Espera, se preguntarán ustedes, ¿Hemos vuelto al siglo XVIII acaso? ¿Ese tiempo en donde la mujer era tratada como una basura? No queridos lectores, esto pasó en pleno siglo XXI, hace muy pocos años, en pleno tiempo de reivindicación de los derechos de las mujeres. Esto y mucho más, me pasó a mí.

Digo, mucho más, porque lo que estoy relatando es sólo un capítulo de una larga historia de maltrato sicológico que me mantuvo encerrada, esclavizada y cautiva por tres años y medio de mi vida y aunque ya han pasado tres más desde aquel tiempo, aún se me revuelve el estómago y me duele la espalda de pensarlo.

Antes de vivir este infierno siempre miraba en menos a las mujeres que vivían el maltrato, del tipo que fuera. Me encontraba a mí misma diciendo: “¿Cómo son capaces de someterse a tales situaciones? ¿Cómo no tienen la fuerza para salir? Muchas son quizás mujeres débiles, pero varias tienen mucha personalidad, son grandes y fuertes, ¿Por qué se dejan maltratar? ¡Son muy tontas!”.

Tuve que pedir perdón por todo lo que dije sobre “esas” mujeres, porque yo, una mujer que me creía de mucha personalidad y muy fuerte, también viví ese maltrato. Aprendí que nadie, lean bien, mujer u hombre, está libre de sufrirlo. Le puede pasar a cualquiera.

Y digo que el maltrato sicológico se esconde, porque no es nada fácil de detectar. Las más astutas de las personas pueden ser engañadas por él. Y es que las excusas de “te estoy cuidando”, “quiero lo mejor para ti y por eso te digo lo que te digo” o “te amo y quiero que seas mejor”, son fácilmente engañadoras. Y así fue como empecé a autoengañarme bajo un velo de violencia disfrazado de cariño.

Este tipo de daño fue dejando heridas pequeñitas en mí, que poco a poco se fueron acumulando en mi interior, separándome de mí, alejándome de lo que realmente quería, pensaba, sentía, creía, e incluso, de lo que era, de mi esencia. Esas heridas me fueron enfermando, fueron mermando mi espíritu e incluso mi físico. Mi opinión más abierta y liberal sobre varios temas cambió para teñirse con sus pensamientos; dejé de salir a bailar, porque “cómo iba a ir a mostrarle mi cuerpo a cualquiera que no fuera “él””; adelgacé 25 kilos, porque a “él” le gustaban delgadas y yo estaba en sus palabras “muy gordita”.

El miedo se apoderaba de mí todos los días, vivía con un constante retorcijón de estómago y la espalda completamente tomada porque nunca sabía con qué humor se iba a levantar y porque siempre estaba pensando en no decepcionarlo.“Él” me provocaba un pavor difícil de explicar, porque no era el suficiente como para salir corriendo de ese lugar. Además sentía mucha culpa y es que “él” me manipulaba día a día con sus discursos y cuando quería contarle lo que me estaba pasando a mi familia y amigos, la vergüenza era más grande y no me atrevía. Me alejé de muchas y muchos, convencida en mi discurso de que todo iba a estar bien, que “él” me bastaba para ser feliz, que no necesitaba de nadie más y que lo que me dijeran iba a estar equivocado.

Ahora bien, ellas y ellos lo notaban porque yo perdí mi luz. Ya no era esa mujer que “llenaba espacios” tal como una vez me dijo uno de mis amigos, esa que “se extrañaba cuando no estaba”, como me expresó otro. Me había convertido en una sombra oscura, callada, sin opinión propia, pequeña, empujada a una esquina. Y lo peor, profundamente convencida de que estaba en el lugar que debía estar, en ese que Dios había guardado para mí.

Había, sin embargo, una pequeña voz en mí. Una voz que nunca pude callar. Que ni el miedo, ni la vergüenza, ni la culpa, ni el daño podían silenciar. Hoy, luego de tres años fuera de esa relación, puedo decir que estoy segura que esa voz era Dios. Y es que no quiero que este sea un escrito sólo de dolor, sino de esperanza, de luz, de fuerza, un testimonio de vida para todas aquellas mujeres y ojo, también hombres, que están viviendo este tipo de situaciones. Hoy les quiero decir que ¡Pueden salir de ese encierro! Que si yo lo hice, ¡Ustedes también pueden hacerlo!

Esa vocecita fue la que logró que yo no me quebrara y que un día pudiera ver la luz realmente y como un pájaro que sale de su jaula, pudiera volver a volar. Y es que en el fondo de mi corazón, Dios siempre me recordaba quién era yo, cuáles eran aquellas características que Él había impreso en mi corazón y estarían ahí por siempre. Que yo tenía un alma y que en ella nadie más que Él tenía espacio.

Recuerdo que muchas veces al final del día sentada en mi cama o escondida en el baño, me detenía y esa voz, Su voz, comenzaba a gritar en mi interior y me decía: “Jesús, tú no eres lo que “él” te dice que eres. Tú eres mi hija amada, en quién he puesto mi predilección. No quiero esto para ti. No te quiero infeliz. Te quiero llena de luz. Te quiero alegre, fuerte, llena de amor para dar. Te quiero como te hice, llena de color. Te quiero para lo que te hice, para amar de verdad. Este no es tu lugar. “Él” no es el hombre que soñé para ti. El amor que sientes por “él” no es sano, no es como yo quiero el amor para mis hijos”. Y por unos minutos, Su voz inundaba mi corazón y quería escucharla, quería hacerle caso. Pero luego mis heridas ganaban espacio y el autoengaño blindado con la manipulación, ganaban la batalla y ahí me quedaba, con “Él”, para “Él” profundamente convencida de que lo amaba.

Pero un día Su voz ganó. Y ese día lo recuerdo muy bien. No fue algo grandioso ni una gran historia. No fue algo que ví y que me hizo recapacitar, nada de eso. Simplemente un día desperté en la mañana y Su voz sopló en mi corazón y el viento se llevó el polvo que lo oscurecía y me dije: “Ya no lo amo, ¿cómo voy a amar a alguien que me hace tanto daño, a quién le tengo miedo, con quién no puedo ser yo y que no me hace feliz”. Y esa pregunta, simple, sin mucho escándalo, abrió los ojos de mi interior y en mí volvió a nacer la fuerza, la fortaleza y la valentía para decir: “¡Ya no más!”…y salí.

Por ese entonces estaba asistiendo a terapia, una sicóloga creyente en Dios. Estoy segura que Dios era quien me hablaba a través de ella, no tengo otra explicación para la fuerza que logré sacar de mí para salir adelante.

Ahora bien, salir de la relación no fue fácil, las manipulaciones continuaron por mucho tiempo y tuve que recordarme y repetirme una y otra y otra y otra y otra vez, que Dios no me quería ahí y que ese lugar no me hacía feliz, que ahí no podía servir. Mi corazón estaba muy dañado aún, recién me estaba dando cuenta que era parte de ese grupo que llaman “mujeres maltratadas” y no me era sencillo llamarme una de ellas, sin culpa. Me costaba creerme en el papel de víctima y no sentirme responsable del daño.

Pero Dios fue misericordioso conmigo. Fue ablandando mis durezas, mi orgullo, para dejarme descansar en sus brazos y sencillamente sentir que me habían hecho daño, que estaba enferma y que necesitaba ser sanada y, lo más importante, que no era mi culpa, que el dolor había sido infligido desde fuera y que Él quería sanarme.

Fue así como, poco a poco, me fue inspirando el valor para hablar de lo que me había pasado con mi familia y con mis amigos y amigas. Me dio la confianza de saber que el amor que Él me tiene se expresa a través de ellas y ellos y que no me iba a dejar sola, que me querían acompañar en este proceso. Para muchos y muchas fue muy duro. Aún recuerdo los puños apretados de mi papá cuando le conté todo al detalle. No había podido defender a su hija y eso le dolía muchísimo. Recuerdo la impotencia de mi mamá y de mis hermanas por haberme “dejado sola en esto”. Me acuerdo de los abrazos cariñosos de mis amigos y amigas e incluso de las lágrimas que algunos derramaron conmigo al contarles. Pero no era culpa de nadie, ni siquiera mía. Yo estaba dañada, ciega, sorda y muda, no era capaz de contar a nadie lo que estaba viviendo, porque estaba hipnotizada por la violencia.

El perdón fue un tema clave en mi recuperación. Y no fue fácil. Sigue no siendo fácil. Un poco después de haber terminado mi relación tuve la oportunidad de asistir a unos Ejercicios Espirituales, que para quien no lo sabe, es un tipo de retiro de silencio creado por San Ignacio de Loyola. Todos esos días fue un ir y venir en el tema del perdón. ¿Cómo perdonar a Dios que me había dejado que algo así sucediera? ¿Cómo perdonarme a mí por haber estado 3 años en esa relación? Y lo más difícil, ¿cómo perdonarlo a “él” por todo lo que me había hecho? Lloré muchísimo durante esos tres días, de pena, de rabia, pero también de emoción y es que Dios me abrió el corazón para conseguir perdonarlo a Él, entender que el ser humano es libre de hacer y deshacer y comenzar a perdonarme a mí misma, acogiendo la herida que otro me había hecho. A entender que la culpa no tenía cabida en este dolor. Pero había alguien que me faltaba, ¿cómo podía perdonarlo a “él” a quien le había entregado mi vida por tantos años?

Fue ahí donde conversé con un sacerdote jesuita que estaba a cargo del retiro, Francisco Jiménez SJ. Y lo nombro porque sus palabras, las de Dios, a través de él, fueron claves en mi camino hacia el perdón. Pancho, a quien yo cariñosamente llamo así, me dijo: “Me parece muy bueno que hayas logrado reconciliarte con Dios y contigo, pero con “él”, ¿por qué ahora? Deja que pase el tiempo y sobre todo, deja que Dios se encargue de lo que no puedes encargarte tú. Lo que “él” te hizo a los ojos y al corazón humano, es imposible de perdonar, pero como sabemos, para Dios no hay nada imposible. Deja que Dios abra tu corazón y perdone por ti lo que tú no puedes perdonar”.

Me pareció rarísimo la verdad. ¿Cómo iba a dejar en manos de Dios algo de lo que yo me tenía que hacer cargo?, pero la verdad, no me quedaba de otra. Porque la rabia que sentía contra “él” era terrible y ensombrecía mucho mi corazón. Y no quería estar oscura nuevamente. Por lo tanto, sin entender mucho, lo hice. Incluso con el gesto físico de poner el nombre de “él” en un papel y dejarlo sobre el Sagrario. Y dejé pasar el tiempo.

Hace algunos meses me enteré de algo muy malo que le había pasado a “él”. Algo que lo tenía destruido y que seguramente lo tenía muy triste. Yo lo sabía, aunque también sabía que su orgullo seguramente le estaba haciendo decir a todo el mundo que “él” estaba muy bien. Y lo que me pasó a mí, en mi interior, fue muy extraño. En vez de sentir alegría por su dolor, una especie de venganza (sensación lógica luego del daño que me hizo, el sentir que “él” estaba sufriendo en parte lo que yo había sufrido por lo que “él” me había provocado), sentí compasión por “él”, sentí un sano amor por “él” y de mi boca salió un sentido “¡Qué pena! ojalá que logre salir adelante, de corazón le deseo lo mejor”. Dios me había regalado el perdón hacia “él” o al menos lo estaba logrando. Estaba ganando la batalla en mi corazón al odio y a la rabia. Estaba logrando darle color a ese pedacito que aún estaba negro. Dios había logrado que yo entendiera que “él” también era su hijo amado, que tenía una historia que lo había llevado a ser como era hoy y que Él también estaba en “él”. Dios me estaba regalando el perdón y lo ha seguido haciendo, lo he ido sintiendo así. Sobre todo porque aprendí a creer más en Él, a confiar en que Dios es Dios y “..hace nuevas todas las cosas…” (Apocalipsis 21:5) si uno realmente le confía su vida a Él, que puede hacernos perdonar lo que parece imperdonable.

Lo otro clave en mi recuperación, ha sido sin duda alguna, el amor de mi familia y de mis amigos, a quienes yo llamo “la familia que se elige”. El amor de Dios que se expresa en los que más me quieren en la Tierra. Gracias a ese amor volví a encontrar el amor en mí misma, dentro de mí, en ese pequeño lugar que nadie había dañado, ese lugar que Dios tenía protegido en mí, ese lugar que se llama alma, en donde está impreso todo lo que soy, en dónde estaba guardado todo el amor que Dios me tenía y que de a poquito se fue irradiando a todo mi ser. Volví, de a poco, a ser luz, a tener color, a sonreír y a reír a carcajadas, a confiar un poco más sin miedo, a “llenar espacios”, a tener mi opinión propia y a bailar.

Era increíble como de a poco, mis sentidos comenzaron a despertarse y es que había olvidado lo lindo que se ve el cielo al atardecer o lo rico que se siente el abrazo de un amigo o la paz que se experimenta al mirar el mar. Había olvidado lo que era vivir, lo que era vivir como Dios quiere que vivamos; había olvidado que hay un algo que se llama “libertad” y “amor de Dios” y que nada ni nadie en el mundo te lo pueden quitar porque es tuyo desde siempre y para siempre.

Hoy sigo caminando esa ruta de mi recuperación. Hay días en los que aún caen lágrimas de mis ojos por todo lo que viví. Hay días en los que aún siento rabia. Hay días en los que aún siento miedo. Hay días en los que no creo que pueda volver a confiar. Como todo camino, hay que recorrerlo. Pero tomado de la mano de un Dios que es puro amor, que me conoce profundamente, que me perdona y me hace perdonar y que todo lo puede, se hace más llevadero, más feliz, más real y más humano.

© 2017 – María Jesús Vacarezza Palacios para el Centro de Estudios Católicos – CEC

María Jesús Vacarezza

María Jesús es Periodista y Licenciada en Comunicación Social de la Pontificia Universidad Católica de Chile y durante toda su vida profesional ha servido en diversas instituciones sociales como son TECHO, Fundación Paréntesis y Fundación Trabajo para un Hermano.

Además ha participado en proyectos sociales como son Misión País, Trabajo País, Misión de Vida, entre otros y vivió una experiencia comunitaria durante 11 meses en la Población La Bandera de Santiago de Chile.

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