«Este árbol que hay delante de mi obrero, este es mi maestro». Esta frase resume la creatividad y mirada a la realidad de Antoni Gaudí, genio de la arquitectura catalana. Nacido en Reus, España en 1852, desde pequeño su vida se vio marcada por el dolor. Las enfermedades que padecía le impidieron involucrarse con los niños de su edad. Ello hizo que gran parte de su soledad la pase en el campo, contemplando la creación. Así aprendió a mirar “más allá” de lo que permitían sus ojos. Él mismo dirá más adelante: «Todo sale del gran libro de la naturaleza» ((Ángel Guerra Sierra, Hombres de ciencia, hombres de fe. Rialp, Madrid 2011.)).

Reconocido mundialmente por sus grandes obras, entre ellas encontramos la Casa Batlló, la Casa Milá, el Parque Guell. Sin embargo, aquella a la que consagró su vida y que ha cautivado a millones de personas en el transcurso de la historia es la Sagrada Familia de Barcelona.

Revolucionaria para la época en que se inició y de estilo difícil de definir, el Templo Expiatorio de La Sagrada Familia se podría establecer dentro del Modernismo o Art Nouveau. En este proyecto arquitectónico todo nos quiere dar una catequesis. Desde su planta arquitectónica en forma de Cruz, hasta los últimos pináculos de las torres: ¿cómo nos transmitió esto Gaudí? ¿qué verdades fundamentales de fe busca manifestarnos mediante la belleza de su trabajo? La respuesta la ofrece el arquitecto español Víctor Fernández de Moya: «(…) confesó (Gaudí) haber querido seguir el consejo de Fra Angélico: “Quien desee pintar a Cristo sólo tiene un camino: vivir con Cristo”» ((“Arte y Fe: Belleza que transforma”)). Gaudí, a través de la Sagrada Familia, vivió de Jesús y quiso entregar al mundo entero a Jesús.

Mirando más allá de mis ojos

A lo largo de este artículo, atreviéndonos con Gaudí a mirar “más allá de lo que se muestra”, veremos cómo esta obra arroja luces para nuestro propio caminar cristiano. Es que, en sus detalles, la Sagrada Familia necesariamente nos remite al mundo de la fe. El japonés Etsuro Sotoo, actual escultor de la Basílica, relata como la Sagrada Familia y Gaudí fueron instrumento para su conversión: «Al principio, estudiaba mucho las palabras de Gaudí, las maquetas de Gaudí, pero llegó un momento en que tenía que realizar un proyecto que ni siquiera Gaudí había imaginado, ni proyectado. Intenté mirar a dónde miraba Gaudí. (…) Para eso tengo que estar donde estaba Gaudí, y ¿dónde estaba Gaudí? Gaudí estaba en el mundo de la fe».

Pero, ¿qué es el mundo de la fe? Podríamos definirlo como el amor de Jesús que «alcanza y transforma los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad» ((Evangelii Nuntiandi, 19)). Con la Sagrada Familia, Antoni Gaudí buscó que los hombres se encuentren con ese “mundo de la fe”, con ese amor de Jesús y con su estilo de vida. ¿Y cuál es el estilo de vida de Jesús? Es el de las Bienaventuranzas. Él quiere que seamos felices, y en aquella montaña en que pronunció su sermón, quiso revelarnos ese “camino” para alcanzar la felicidad. Así pues, de la misma manera en que Jesús nos muestra las Bienaventuranzas, dejaremos que Gaudí nos muestre algunas de estas Bienaventuranzas a través de su obra.

Mirando más allá de su historia

Desde los inicios de su construcción en 1882, la Basílica fue financiada únicamente por donativos. «En la Sagrada Familia todo es providencial», decía Gaudí. La Sagrada Familia es un Templo Expiatorio (tiene como motivo hacer a Dios una ofrenda por el perdón de nuestros pecados). Así, vemos que con ya más de 130 años de construcción, la obra se ha ido realizando necesariamente por pura bondad divina y humana. ¿Qué bienaventuranza nos revela este pequeño dato? Dice Jesús: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». Los pobres de espíritu son los Anawin ((Palabra aramea que significa: “Los pobres de Yahveh”)), aquellas personas que dependen totalmente de la generosidad de los otros, principalmente de Dios. Podríamos decir que la obra de Gaudí, siendo rica en belleza es “pobre de espíritu”, pues depende exclusivamente de la generosidad de Dios y de los hombres.

Curiosamente, para el mundo de hoy vivir dependiendo de los demás es mal visto. Sin embargo, no por nada Cristo nos muestra una preferencia hacia los pobres. En la Sagrada Escritura encontramos a muchos de estos personajes: los pastores de Belén, las viudas y los enfermos, los leprosos y de manera especial, la Virgen María, madre de Jesús. Son todos pobres que viven refugiados en Dios y lo llaman su fortaleza, su auxilio, su libertador (Sal 40,18). Su esperanza está en la certeza de que Dios los ama. Y yo ¿soy pobre de Espíritu? ¿Vivo necesitado del amor de Dios? ¿Confío realmente en que Él cuida de mí? ¿o estoy apegado a las seguridades que esté mundo me da?

[pullquote]Como mencionamos anteriormente, la Basílica lleva ya más de 130 años en construcción. Recién en el 2010 el altar fue consagrado, nada menos que por Benedicto XVI, quien dijo: «Este día es un punto significativo en una larga historia de ilusión, de trabajo y de generosidad, que dura más de un siglo. (…) Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios». Uno podría cuestionar: “130 años, ¿pero para qué esperar tanto? ¿Algo que es de Dios no debería de ser más rápido?” Es que los tiempos de Dios no son nuestros tiempos; los pensamientos de Dios, muchas veces tampoco son nuestros pensamientos. En esta “larga espera”, resuena nuevamente otra bienaventuranza de Jesús: “Bienaventurados los mansos”.[/pullquote]

Los mansos son las personas dóciles, aquellos que están realmente sumidos en los planes de Dios, que ante las dificultades no desesperan y confían realmente a Dios sus tiempos y necesidades. Jesús es Aquél manso por excelencia: en la Pasión no se desespera. No endurece su corazón ante el dolor. Ante la injusticia está callado. Si Jesús que, ante la amargura de nuestros pecados, vive la mansedumbre y el amor ¿cuánto más debemos de vivirla nosotros? Para ello es necesario no juzgar las cosas de Dios con criterios terrenales. No mirar solo “la productividad”, “la prontitud”, “lo experimental”, etc. La lógica del evangelio está en otra sintonía. Seamos pues, pacientes y dóciles para ir escuchando más la voz de Dios.

Mirando más allá de su método…

Antoni Gaudí, en el desarrollo de la Sagrada Familia, utilizó diversos métodos constructivos y de diseño. Desde planos con diferentes figuras geométricas hasta bóvedas con estructuras que permiten una iluminación bellísima. Sin embargo, de las cosas que más impresionan la altura del templo roba suspiros a más de uno. Elevar la mirada desde dentro del templo es como si se nos abriera un firmamento en forma de bosque de luces. Desde fuera la imponente construcción de piedra se eleva en tensión hacia el cielo. La Sagrada Familia cuenta con torres de más de 100 metros de alto. La torre principal está proyectada a medir 172 metros. Esto la convierte en uno de los edificios más altos de Barcelona.

En la Cristiandad, la altura de una construcción expresaba el deseo de llegar al Cielo, de llegar a Dios. Por ello vemos como las Basílicas y Catedrales antiguas tienen la altura que tienen. ¿Cuantas veces experimentamos este deseo de Dios en nuestras vidas? Dicen los salmos: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”, “Dios, tú mi Dios, yo te buco, mi ser tiene sed de Ti” (Salmos 42 y 62). Sin embargo, en el deseo de felicidad que anida en nuestro interior, no estamos exentos de fatigas, aflicciones y de luchas en este mundo. Como la Sagrada Familia en medio del mundo se eleva hacia el Cielo, así nosotros debemos elevar a Dios nuestras súplicas y aflicciones. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. Él escucha y consuela a los afligidos (ver Is 61, 1-2). Vivimos en un “valle de lágrimas” donde hay heridas, dolor, tristeza. Sin embargo, como el sol en las alturas de las torres que ilumina a las piedras de la Sagrada Familia, las embellece y conforta. Así Cristo, Sol que nace de lo alto confortará nuestras vidas cuando nuestras lágrimas se eleven más hacia Él.

El diseño arquitectónico de la Sagrada Familia, como hemos mencionado, abunda en simbologías de todo tipo. Por ejemplo, la planta tiene forma de Cruz: la base de la Cruz es la entrada principal, con 7 pórticos en la fachada, que simbolizan los sacramentos. Además, en los brazos de la Cruz hay tres pórticos en sus fachadas dedicados a la Fe, Esperanza y Caridad. En las naves y en los transeptos ((La palabra transepto se utiliza comúnmente en la terminología arquitectónica religiosa para designar la nave transversal que en las iglesias cruza a la principal perpendicularmente.)) hay columnas que se elevan como brazos y nos conducen al centro de la Iglesia para el culto litúrgico. En este centro se halla el momento más pleno y en donde el Templo encuentra su último sentido: la comunión de Cristo con el hombre.

[pullquote]De alguna manera esta simbología nos remite a la Misericordia de Dios: Tal como la Sagrada Familia nos abraza con su simbología al ingresar en ella, Jesús nos abraza con su misericordia. Realmente son bienaventurados los misericordiosos, pues el hombre que se deja abrazar por Él alcanza la misericordia de Dios que se manifiesta en su bondad, su Amor y sus Sacramentos. A través de la Basílica de la Sagrada Familia, Jesús nos transmite su mayor anhelo: Él quiere nuestra santidad y, para ello, nos pide que seamos misericordiosos como el Padre. Que cada persona que se acerque a nosotros sienta el abrazo de Cristo. El abrazo de un Padre que acoge a su hijo pródigo.[/pullquote]

Habiendo llegado al final de esta reflexión, cabe preguntarnos. ¿Cómo ilumina la obra de Antoni Gaudí mi vida? ¿Me dejaré tocar por las Bienaventuranzas a las que me remite la Basílica de la Sagrada Familia? ¿Miraré más allá de este tiempo y pondré los ojos en la eternidad, en el Corazón del Señor? Las Bienaventuranzas exigen radicalidad y por ello son un camino difícil de vivir. Sin embargo, así como todo este tiempo la Basílica de la Sagrada Familia ha estado en construcción, nosotros, como cristianos peregrinos estamos “en proceso de construcción” por parte del Señor, quien es el arquitecto de la perfección en el amor. Por ahora, como la Sagrada Familia de Barcelona, sigamos recibiendo gente en nuestras vidas, para así amar a nuestros hermanos. El amor es el fin de las Bienaventuranzas y del caminar cristiano. Así podremos escuchar claramente lo que nos dice San Pablo: «¿No sabéis que sois templo de Dios? El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros» (1 Co 3,16-17)

© 2016 – Wilson Jauregui para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Wilson Jauregui

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