La vida a veces nos tira al suelo y nos golpea fuertemente. Perdemos el rumbo y se nos derriban nuestros cimientos. Nos sentimos solos, abatidos, sin fuerzas para seguir adelante.

Es ahí cuando intentamos aferrarnos a alguna roca que nos ayude a no caer, a alguien que nos recuerde lo que somos y lo que podemos lograr recordándonos que vinimos al mundo a ser luz, que no nos podemos apagar.

Tengo una amiga que es profundamente creyente en la Virgen y en un muy mal momento que estaba pasando, tiempo en el que se sentía sola, sin ánimos de seguir y profundamente triste, recordé su devoción. La verdad, es que mis palabras no bastaban para consolarla, entonces, recé, dejé volar mi imaginación y pensé qué le diría la Virgen a su querida hija y amiga…y esto fue lo que resultó…

“¿Sabes? ¡Te estaba esperando! Ansiaba que alzaras tus ojitos de ternura, para poder contarte que hoy, sin querer, me detuve a observar una vela, de esas típicas, que dejan a mis pies, sin embargo, algo me llamó la atención.

Una persona la había puesto ahí, al lado de otras tantas…la encendió y se alejó por unos instantes; pero vino un viento muy fuerte, casi se apaga… y de pronto, de la nada, apareció otra persona y la protegió, y desde ese momento pudo brillar con toda su intensidad…No pude dejar de pensar en tí…TÚ eres como esa vela…

…Una vela que se consume y gasta cada día para descansar más adelante en los brazos del Padre. Quien te creo hace un poco más de veinte años; Él ya te había pensado y te tomó en sus brazos, te moldeó con todo su amor, con muchísimo cuidado, de tal forma de que pudieras brillar…te regaló una vida, también una misión… alumbrar en lo más alto, iluminar donde quiera que estuvieras; para señalar caminos, acompañar en la tristeza, celebrar en la alegría, encender a otras luces, y así, poder terminar con la oscuridad de tantos corazones…

Comenzaste tu camino, sin saber muy bien para qué era ese centro, ese hilito que traspasa todo tu ser… tu corazón, el cual esperaba ansioso ser encendido, esperaba un poco de fuego, pero no cualquier fuego…sino el fuego del Amor de mi Hijo.

Jesús, te buscó, y yo lo seguía, no lo podía dejar solo en tu búsqueda… al fin te encontró y compartió su fuego contigo… una luz, tu luz, poco a poco empezó a brillar.

Por cada lugar que pasabas, tu luz se quedaba y otras velas comenzaban a buscar a mi Hijo, gracias  a lo que veían en ti. Tu esperanza ponía en marcha a otros corazones; tu fe inspiraba, fortalecía las almas ya encendidas; tu caridad, levantaba velas abatidas. Esa luz, esa vela, eras TÚ y sigues siendo TÚ.

Y es que justamente es así, el camino no ha sido fácil:  A veces te encuentras con el viento arrasante de la injusticia, la desolación y del mal que intenta apagarte. Tu luz baja de intensidad y olvidas buscarme, pero yo quedo a la espera de tu llamado, para reconfortarte con el fuego y amor de mi Hijo.

Se que a veces, te tiendes a apagar. Hay miles de velitas en el mundo y muchas ya se apagaron. Se quedaron en la tormenta del dolor, y no esperaron a ver el sol que brillaría al otro día… en momentos, logran contagiarte y te apagan; pero, yo no te dejo, no puedo permitir verte así… acompañe a Jesús cuando iba a tu encuentro. Él se quedó contigo y yo me quedé con los dos…

Aunque estás cansada, gastada, sin fuerzas, y me gritas “¡¿ por qué aún quedo yo?!”, te tomo en mis brazos, te cuido, te refugio del viento. Te tranquilizas, te aferras y comenzamos nuevamente a andar, con más fuerza, con más amor y tu luz brilla con toda  su intensidad.

Hijita Mía, no  desfallezcas ¡eres una de mis velas predilectas! Si tú no estuvieras, ¿qué harían tantos corazones que esperan a mi Hijo y sólo se calman cuando el calor de tu luz llega hasta ellos?

Sé que ahora no entiendes muchas cosas, ni yo entendía cuando Dios me dio mi propia misión; pero, ahora tú me tienes a mí, yo estoy siempre fiel al pie de Tu cruz.

Ahora aférrate a mí. Levántate, tranquila, segura, alegre, llena de vida. Mira hacia afuera, observa con esos mismos ojitos de ternura que brillan mientras te hablo. Emprende camino, tu luz ya dejó de temblar, quieto está tu corazón… porque sin darte cuenta te he llevado a Jesús.

No olvides que eres como esa vela, creada para encender e incendiar el mundo, y aunque a veces no lo veas ni lo sientas, eres vela unida a mi Hijo. Eres luz de Cristo.”

Ya sabes, cuando las fuerzas decaigan recuerda que Ella es tu Madre ¡Aférrate a Ella! ¡Déjate conducir por su amor! En los momentos en que no sientas fuerzas ¡abandónate!, que ella sea la que te lleve a su Hijo y recuerda que nunca dejará que ni mi luz, ni tu luz se apaguen.

© 2017 – Carolina Inzunza para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Carolina Inzunza Cerda

Carolina es licenciada en Historia (PUC), Profesora de Historia y Ciencias Sociales de Enseñanza Media (UGM) y Guía de Turismo (Duoc UC). Ha trabajado en la Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Pastoral de Duoc UC, especializándose en el formación y acompañamiento a jóvenes. Publicó en el libro "La Historia de la Iglesia en Chile" tomo III. Actualmente trabaja en Areópago Comunicaciones, aportando a la Evangelización desde las Redes Sociales.

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