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La pereza es un hábito que conocemos muy bien; sus consecuencias determinaron que haya sido considerada como un vicio capital. El perezoso está gobernado por una inercia que le conduce a evadir el esfuerzo provechoso. Por el contrario, ama la comodidad y teme realizar aquellas cosas abnegadas que reclaman el amor a Dios y al prójimo. La persona perezosa –enseñan los maestros espirituales—, ve debilitada su voluntad, para dar pie a otras faltas como la gula o la lujuria. Si bien la pereza está asociada al ocio y al reposo, que tienen su lugar en la vida, ocasiona un desgobierno interior, dificultando que la persona se haga cargo de su existencia.

Para un autor moderno la pereza constituye una falta de voluntad para desplegar energía. En un entorno donde amplios sectores poseen un relativo bienestar, «podemos darnos el lujo quizá de inquietarnos, de ilusionarnos, pero también de procrastinar, incluso podríamos renunciar a nuestros esfuerzos para alcanzar nuevas metas». Pero vivimos en un ambiente de logros, donde se valora a las personas productivas. Abandonarse a la pereza constituye una receta segura para la frustración. Más aun cuando de nosotros depende la seguridad de otras personas ((Ver Nando Pelusi, Ph.D., The Lure of Laziness, Psychology Today, 1/7/2007.)).

Contemplando naciones que alguna vez fueron prósperas, pero que languidecen por distintas manifestaciones de la recesión económica, por el envejecimiento de su fuerza laboral y las políticas de subvención que desalientan el compromiso con el trabajo, el Papa Francisco, en un reciente encuentro con el presidente norteamericano Barack Obama, mostraba su preocupación por las generaciones de jóvenes que crecen sin aliciente para trabajar, para forjarse un futuro sustentado en el empleo y en la educación, prefiriendo más bien depender de magros pagos de desocupados. Al Papa le inquietaba, por ejemplo, que la desocupación alcance el 39 por ciento entre los jóvenes italianos. El Santo Padre reclamaba un esfuerzo supranacional para confrontar el reto de brindarles alicientes y trabajo a tantos desempleados. «La falta de trabajo —enfatizaba— lleva a la falta de dignidad».

El Papa Francisco instaba a asumir el problema de la desocupación y su mayor consecuencia, la pérdida de conciencia del trabajo, como un medio para forjar una cultura de humanización y corresponsabilidad. Para el Santo Padre «la pobreza del mundo es un escándalo. En un mundo donde hay tantas riquezas, tantos recursos para dar de comer a todos, es imposible entender que haya tantos niños que pasan hambre, tantos niños sin educación, tantos pobres. La pobreza hoy es un grito. Todos tenemos que pensar en volvernos un poco más pobres: todos tendríamos que hacerlo. Habría que preguntarse: ¿Cómo puedo yo hacerme un poco más pobre para parecerme más a Jesús que era el Maestro pobre?» ((Ver VIS, Entrevista del 9/6/2013.)).

Un antiguo relato bíblico, recogido por el libro de los Proverbios, destacaba la importancia colectiva del trabajo. Un agricultor caminaba junto al campo de un vecino, cuando se percató del estado de abandono de la hacienda. En aquellas épocas de escasez permanente, el descuido de una parcela afectaba el esfuerzo colectivo para alimentar y sostener al pueblo. El visitante llamó al dueño con los ásperos calificativos de “perezoso” e “insensato”, porque había permitido que las ortigas y la mala hierba invadan sus sembríos. «Al verlo aprendí la lección: “Un poco dormir, otro poco dormitar, otro poco tumbarse con los brazos cruzados y llegará, como vagabundo, tu miseria y como un mendigo tu pobreza”» (Prov 24,30-34).

«Hay una antigua idea que hemos perdido, pero que puede y debe encontrarse de nuevo», insistía el ensayista Jim Wallis. «Se llama simplemente el bien común. Se remonta a muchos siglos. Pero la necesidad de un nuevo diálogo sobre lo que significa, y lo que su práctica requiere, nunca ha parecido más crítica» ((Jim Wallis, Whatever happened to the Common Good, Time, 4/4/2013.)).

La idea del “bien común”, entendida como aquel impulso que permite a los individuos y a las sociedades alcanzar una mayor perfección y realización, fue acrecentándose con la difusión de la cristiandad. San Juan Crisóstomo (347-407) describió al “bien común” como «la regla más perfecta del cristianismo, su definición más exacta, su punto más alto. Nada puede hacer que una persona sea mejor imitadora de Jesucristo que el cuidado dispensado a sus vecinos». Las enseñanzas de la Iglesia proponen «una sociedad que, en todos sus niveles, quiere positivamente estar al servicio del ser humano, proponiéndose como meta prioritaria el bien común, en cuanto bien de todos los hombres y de todo el hombre» ((Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 165.)).

Quizá empleando otras palabras y criterios, diversas tradiciones fueron asimilando principios similares. Pero, actualmente, se observa un empobrecimiento de este valor, dando pie a un abandono de la corresponsabilidad a nivel de los estados, como de las personas. La inactividad perezosa constituye una manifestación de este problema.

«El bien común debe afectar todas las decisiones que tomamos en nuestra vida personal, familiar, profesional, financiera, comunal, y sí, la vida pública», reclamaba Wallis. «Sólo al inspirar un compromiso espiritual y la práctica del bien común podemos ayudar a hacer de la vida común algo mejor» ((Allí mismo)).

Una manera adecuada de retomar la senda de la corresponsabilidad está en la “metanoia” personal, en una confrontación cotidiana con la pereza como parte de nuestro combate espiritual. Seguramente constituye un buen comienzo, porque Padres espirituales experimentados como Evagrio Póntico y Juan Casiano situaban a la pereza entre los primeros vicios capitales a enfrentar. La consideraban en un plano principalmente espiritual, aunque con claras consecuencias sociales.

Profundizando un poco

El Antiguo Testamento es firme en rechazar la pereza, a la que considera un sustento de otros vicios. El perezoso pertenecía al “grupo” de los necios, porque tarde o temprano él y los suyos iban a pasar hambre y necesidad. Desea todo pero nada alcanza (ver Prov 13,4).

Fue el mismo Señor Jesús quien rechazó radicalmente la pereza cuando calificó al siervo flojo de «malo y negligente» (Mt 25, 26), pero elogió y premió al «empleado bueno, fiel y laborioso» (Mt 25, 23). ¿Por qué aquella aspereza de juicio?

La pereza suscita un vacío de quehacer virtuoso favoreciendo más bien a males como la envidia, la pusilanimidad, el desaliento y la apatía espiritual. Por lo mismo, la pereza va conduciendo a la persona a la mediocridad, alejándola de la santidad. Como diría el Apocalipsis, ni frío ni caliente (ver Ap 3,15), pues en su desidia el perezoso deja de realizar cosas buenas.

San Pablo asume con responsabilidad su actividad apostólica y les recuerda a los Tesalonicenses, destacando la importancia de la laboriosidad: «Día y noche con fatiga y cansancio trabajamos para no ser una carga (…) para daros a vosotros un modelo que imitar» (2Tes 3, 8-9). Al mismo tiempo, el Apóstol de Gentes es enérgico con los perezosos: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma». San Pablo reprende a los flojos, que vivían desconcertados, «sin trabajar nada, pero metiéndose en todo» (1Tim 3, 7-11).

[pullquote]La pereza incide con mayor energía sobre la voluntad. La voluntad afectada mueve a la inteligencia hacia objetos que no corresponden, desviándola de aquellos que debería conocer. La pereza, pues, inicialmente no inhibe toda actividad, sino que comienza trocando un quehacer necesario por otro indebido. La persona perezosa va viendo su voluntad debilitarse. El esfuerzo empieza a costarle cada vez más, sobre todo para aquellas actividades que no se condicen con su gusto. Corresponde a la voluntad, educada y fortalecida en el encuentro con el Señor, asumir el empeño por adquirir un bien necesario, sea físico, intelectual, moral o religioso. Sin embargo el perezoso rehúye el trabajo o lo realiza a desgano, con inconstancia. Se planta ante la primera dificultad que confronta.[/pullquote]

En este sentido, San Juan Damasceno opina que el perezoso alcanza a desarrollar una especie de miedo a la fatiga. San Isidoro de Sevilla, por su parte, dice que de la pereza espiritual nacen vicios como la ociosidad y la somnolencia. En la misma línea, el maestro dominico Melchor Cano califica al perezoso como «poco capacitado, poco experimentado y poco esperanzado» para alcanzar aquello que desea. Le da vueltas a las cosas. Realiza muchos y valientes propósitos, pero sin concretar nada. Cano recomendaba combatir enérgicamente la pereza con ánimo esforzado y por ningún accidente desmayar ((ver Melchor Cano, La victoria de sí mismo, C. X)).

Como hemos visto, la pereza no consiste necesariamente en no hacer nada. Más bien muchas veces el flojo termina haciendo lo que no debe hacer. Puede obligarse a mil ocupaciones intrascendentes e insustanciales con tal de evadir sus responsabilidades. Al perezoso le falta voluntad para exigirse en lo que considera un bien arduo. Cae en excusas para justificar su dejadez y descuido. Se agudizan la escotosis y las sutilezas para “flojear”, rehuyendo vivir la gozosa experiencia de la práctica de la caridad.

Otro aspecto a notar es que en el perezoso predomina un desorden hacia el placer sensual. El pecado ha herido el proceso de decodificación de lo que es virtuoso y necesario. En nuestro tiempo este proceso se enerva y retroalimenta porque existe un trastrocamiento de los valores en la sociedad. A través de la propaganda, la publicidad y una “des-evangelización de la cultura”, se conforma una conciencia sensual que apela a las pasiones desordenadas. Entonces la persona perezosa percibe la inactividad o la evasión de lo “costoso y exigente” como una necesidad imperiosa. El descanso y la distracción, tan necesarios para la existencia, son decodificados subjetivamente como fines en sí mismos y bajo los parámetros casi exclusivos del gusto-disgusto.

La pereza y la acedia

Acedia_1_Paint_on_torn_paperMelchor Cano insiste en el combate enérgico contra la pereza porque la sitúa al inicio de una cadena de hábitos negativos: está el ocio que engendra la pereza, enemiga de todo virtuoso ejercicio. De allí viene la tibieza, que nos adormece y sepulta en una necia confianza de nuestra salud, falsamente fundada sobre la piedad divina. Una vez alejados del rigor de la virtud, nos transporta a pasatiempos exteriores, haciéndonos desear que transcurran los días. Este modo de ser trae consigo una “enfermedad espiritual” de mayor impacto: la acedia ((Allí mismo)).

La acedia puede ser comprendida como la fatiga de la mente, el languidecimiento de la perseverancia, la preeminencia de las inconsistencias, y el desenfreno de las inconformidades. Cuando se está acedioso, se vacía el vigor y domina la tristeza. También se puede entender como «un abandono, un hastío, una inestabilidad, una pérdida de interés en el impulso perfectivo del ser humano» ((ver Luis Fernando Figari, Hermas y la acedia en Revista VE, setiembre-diciembre de 2009, año 24, N° 71 p. 42)).

Quien está atrapado en la acedia no solamente “deja de hacer”, sino que adopta un quehacer despojado de provecho. El teólogo Reginald Garrigou-Lagrange considera la pereza como la «repugnancia voluntaria y culpable al trabajo, y, como consecuencia, surge la tendencia a la ociosidad, o al menos, a la negligencia, a la pusilanimidad, que se opone a la magnanimidad» ((Reginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Ediciones Palabra, Madrid 1988, t. I, p. 449)).

Simplemente renunciamos a las cosas que necesitamos realizar, perdiendo tiempo en una “auto-contemplación” que prontamente se transforma en “auto-compasión”. Lorenzo Scupoli, autor de El Combate Espiritual, consideraba a la pereza como un “veneno” que se esparce por todas las facultades del alma espiritual, haciendo odioso el trabajo ((ver El Combate Espiritual, c. XX)). El perezoso tiende a exagerar las dificultades que le plantea la exigencia, viendo sus obligaciones, particularmente aquellas mortificantes, como un obstáculo para el descanso y el placer sensible.

Como puede observarse, el perezoso está más propenso a la acedia. Santo Tomás, relacionando la pereza con la acedia, señala que ésta constituye una flojera hacia las cosas relativas a Dios, a la salvación, a la fe y a las virtudes teologales.

¿Cómo enfrentar el vicio?

A los flojos les cuesta particularmente concretar algún propósito, lograr una ilusión. En el plano psicológico Alfred Adler llamaba a los perezosos “retraídos” porque suelen evadir las tareas o deberes que la vida presenta. Desconfían de sus propias fuerzas. Son de movimientos tardos. Pero, cuando se ponen en marcha, es para encarar alguna cosa muy distinta a sus obligaciones. Suelen convencerse con facilidad de su ineptitud para lo que tienen que hacer. Acaban por descubrir infinidad de inconvenientes. Llegan al punto de asumir como lógicamente imposible el trabajo que habrían de realizar. Esta manera de vivir desalienta y agota profundamente. De allí su relación con la tristeza ((Ver Martín Federico Echavarría, La soberbia y la lujuria, en AA.VV., La Psicología ante la Gracia, Universidad Católica Argentina, Buenos Aires 1999, pp. 79-80)).

[pullquote]El vencimiento de la pereza significa purificar las pasiones orientadas a la comodidad y a la pusilanimidad. Los Maestros espirituales acentuaban la necesidad de combinar la aceptación humilde del problema, el fortalecimiento de la voluntad para vencerlo y el orden para atacarlo. Casiano enseñaba que «quienes viven al albur de las circunstancias y sin regla alguna, es imposible que no adolezcan de numerosos vicios» ((Casiano, Instituciones, 10)).[/pullquote]

Romano Guardini indicaba que el momento decisivo es el paso del querer al hacer. Cuando nos reconocemos perezosos, es signo para organizarnos mejor, colocando medios adecuados. «Eso está reconocido y afirmado, pero al principio sólo está en la imaginación, pensado y planeado. Sin embargo, debe entrar en la realidad, y ésta es tenaz. También puede uno adelantar sus sueños en una virtud, y, ¡cuantos sueños de deseo consisten en virtudes fantaseadas! Pero los sueños vuelan, y todo vuelve a estar como antes. No; ha empeorado, pues en el fantasear se consume energía moral, aun prescindiendo del embuste que hay en él. ¡Cuantas veces, bajo la impresión de una hora sublime o de una decisión flamante, se piensa: ahora ya estoy! Pero en la siguiente ocasión se nota cómo nuestra propia realidad, que parecía haber recibido la acuñación de lo nuevo, de lo reconocido como justo, vuelve rápidamente a lo viejo, y todo está como estaba» ((Romano Guardini, Una ética para nuestro tiempo. Reflexiones sobre formas de vida cristiana, Ediciones Cristiandad, Madrid 1974, pp. 48-49)).

El combate contra la flojera y la inconstancia es dificultoso para toda persona. Pero el cristiano tiene un aliento especial, algo constitutivo de su condición de bautizado: el llamado de Jesús a convertirse en apóstol, en portador de la Buena Nueva salvífica y reconciliadora de Jesucristo. En tal sentido, el Papa Francisco reflexionaba sobre el sentido misional de la vida cristiana dándonos una clave muy valiosa: «La Iglesia es fecunda y madre cuando da testimonio de Jesucristo». Lo que se dice de la Iglesia, se puede decir de cada uno de sus miembros. El Señor cuenta con nosotros. Sin embargo es una decisión que queda en nuestras manos. Cuando la realizamos somos fecundos. Por el contrario, «el cristiano que no da testimonio, se queda estéril, sin dar la vida que recibió de Jesucristo» ((Homilía en Misa en Santa Marta, 6 de mayo de 2014)).

¿Qué mejor “antídoto” a la pereza que revestirnos del recto obrar, que es asumir la invitación del Señor a prolongar la misión que confió a la Iglesia: anunciar y confesar la Buena Nueva? Por algo el anuncio evangélico está ligado al llamado a ser cristiano. San Pablo es un ejemplo especialísimo de esta realidad, como lo expresa a los cristianos de Corinto: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria», escribe a los Corintios. «Es más bien un deber que me incumbe. Y, ¡Ay de mí si no evangelizare!» (1Cor 9, 16).

El sentido misional de nuestra vida nace de la adhesión activa, de la aceptación de la vocación «de vivir el amor y permanecer en él, y de compartir esa experiencia de gracia con los hermanos. La generosidad en el compartir, en el comunicar los bienes alcanza también, y en primer lugar, a la mayor riqueza que se posee: la fe» ((Luis Fernando Figari, Hacia las Fuentes de la Enseñanza Social en la Sagrada Escritura, Vida y Espiritualidad, Lima 1995, p. 96)).

El Papa Francisco convocaba recientemente a los cristianos a «no vivir bajo anestesia», a superar las tentaciones «de la resignación, de la tristeza» y de «no implicarse». Es común que tengamos infinidad de buenos propósitos, pero ante los esfuerzos surge la resignación y la frustración. Precisamente esta es «la enfermedad de la acedia de los cristianos», una «actitud que es paralizante para el celo apostólico» y «que hace de los cristianos personas inmóviles, tranquilas, pero no en el buen sentido de la palabra: personas que no se preocupan por salir para anunciar el Evangelio, personas anestesiadas». Una anestesia espiritual que lleva a la consideración «negativa de que es mejor no comprometerse» para vivir «así con esa acedia espiritual. Y la acedia es tristeza». Y de esas proviene la «enfermedad de la pereza de los cristianos» que hace de ellos «personas paradas, que no se preocupan por dar el anuncio del Evangelio», y que se convierten en «personas anestesiadas». Esta actitud hace que muchos católicos «sean tristes y que no sean personas luminosas». «Es una enfermedad de algunos cristianos que van a misa, pero luego cuelgan el cártel de no molestar. No sirven. No hacen bien a la Iglesia» ((Francisco, Homilía en Misa en Santa Marta, 1 de abril de 2014)).

[pullquote]La pereza debe confrontarse cotidianamente, abriendo nuestras mentes y corazones a la acción transformante de la gracia. Estamos invitados a salir al encuentro de tantas personas necesitadas, no solamente de auxilios materiales, sino del hambre de la Buena Nueva. Quizá nuestra “parcela” apostólica o espiritual requiere de mayores cuidados, como destacaba el “vecino” en los Proverbios. El cristiano posee un tesoro en la capacidad de constituirse en testigo de Jesucristo. Como escribía el Papa, «la alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22). Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer» ((Evangelii Gaudium, 84)).[/pullquote]

Volviendo a las palabras iniciales, todos sobrellevamos, en alguna medida, las pruebas de la pereza. ¿Quién no ha escuchado de sus padres cuando niños: No seas perezoso; haz tus tareas; ordena tu habitación? Cada uno conserva algún recuerdo. Y lo que es más importante, nuestros padres tenían razón al procurar educarnos en la dedicación al trabajo y en el sentido de responsabilidad. En la medida en que avanzan los años y nuestras responsabilidades son más graves, la pereza tiene una incidencia mayor en nuestra vida. Combatir su inercia se hace más urgente. ¿Cuántas ilusiones se han frustrado porque ella ha primado? No olvidemos que domina porque está aliada con el egoísmo. Precisamente una manera de confrontarla es despojándonos del egoísmo, para revestirnos de la generosidad y de la caridad. Quizá sea el momento de sopesar que una de las invitaciones más incesantes del Evangelio es a vivir la generosidad, teniendo muy en cuenta el bien común de toda la familia humana ((Ver Gaudium et spes, n. 26)).

Dios siempre querrá ayudarnos a ser generosos, a dar lo mejor de nosotros, pero debemos permitir que nos auxilie. «En los momentos difíciles, donde debemos elegir el camino correcto, donde requerimos decir “no” a muchas cosas que quizás intentan seducirnos, está la oración al Espíritu Santo. Él nos hará fuertes», recordaba el Papa Francisco ((Homilía en Misa en Santa Marta, 6 de mayo de 2014)).

© 2014 – Alfredo Garland B. para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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