ciencia-y-feUna percepción extensamente difundida es que la Iglesia católica mantiene una actitud defensiva e intolerante ante la ciencia. El presunto temor estaría centrado en que tarde o temprano el progreso científico desplazaría a la religión. Narrativas absolutamente fantasiosas contribuyen a perpetuar y a extender esta suposición. Basta mencionar a los lectores, tanto cristianos como no-cristianos, que creen a pie juntillas en la veracidad de los acontecimientos delirantes narrados en novelas como “El Código Da Vinci”.

La percepción puede ser definida como la recepción, elaboración e interpretación de la información. ¿Pero cuántos de nuestros juicios nacen de percepciones equivocadas, sin que procedamos a cuestionarlas? Precisamente en este terreno entra la creencia de que la religión y la ciencia están destinadas al conflicto. ¿Esta elaboración e interpretación es acertada? Si practicásemos auténtica historia, eso es, alejándonos de las suposiciones, colocando en la balanza el impulso dado por la Iglesia a la ciencia, versus los desentendimientos y conflictos, lo que prevalecería serían los aportes.

Practiquemos un sencillo ejercicio: ¿Cuál es la primera idea que se nos viene a la mente cuando analizamos las confrontaciones entre fe y ciencia? Seguramente Galileo. ¿Registramos algún otro acto de oposición eclesiástica al avance científico? Probablemente nos quedaríamos pensando, en silencio. No es ocasión ahora de entrar en detalles, aunque vale la pena afirmar que en el llamado “caso Galileo” la Iglesia no se opuso a la ciencia. De hecho, gran parte de los malentendidos fueron ocasionados por Galileo mismo. En numerosas oportunidades la Iglesia ha lamentado las polémicas que se suscitaron en torno a las enseñanzas de Galileo procediendo la Santa Sede a rehabilitarlo en el siglo XVIII. En el año 1979 San Juan Pablo II deploró los sufrimientos morales a que fue sometido el sabio pisano por organismos eclesiásticos. El Papa lamentó también que estas complejas polémicas, teñidas de intransigencia por ambas partes, hayan inducido a muchos a establecer oposiciones innecesarias entre la ciencia y la fe ((Ver S.S. Juan Pablo II, Discurso a la Academia de las Ciencias, 10/11/1979.)).

Otra percepción incorrecta, sobre la cual queremos detenernos en este artículo, es aquella que afirma que la Iglesia se opuso férreamente a las exploraciones de Colón porque temía que se demostrase que la tierra era redonda, contraviniendo presuntas enseñanzas bíblicas que afirmaban que el planeta era plano. ¿Es esto cierto? ¿Correspondió a Cristóbal Colón probar que la tierra era redonda? Acudamos a la historia.

En el año de 1485 el navegante genovés desembarcó en las costas del puerto español de Palos para promover una asombrosa empresa: la travesía a las Indias. Colón pertenecía a la casta de indomables aventureros que estaban a la zaga de una ruta que los condujese al Oriente. Aplicado autodidacta, guardaba en sus alforjas algunos libros significativos para su empresa. Con particular empeño había estudiado uno de los tratados cosmográficos de mayor influencia en su época, el “Imago Mundi” del Cardenal Pierre d’Ailly. Con similar detenimiento sopesó la “Historia Rerum” del erudito renacentista Eneas Silvio Piccolomini, el Papa Pío II. Ambas obras compartían la visión de que la tierra era redonda. Para 1492 «toda la gente educada de Europa Occidental sabía que el mundo era una esfera», juzgaba el historiador Samuel Eliot Morison. «Colón nunca tuvo que argumentar a favor de la redondez de la tierra» ((Ver Samuel Eliot Morison, The European Discovery of America, Oxford University Press, New York 1974, p. 27.)).

¿Debe llamar la atención que el navegante genovés haya recurrido a dos notables clérigos para sustentar científicamente su “Empresa de Indias”? Tanto D’Ailly como Pío II eran discípulos de una tradición de sabios católicos que sustentaban la redondez del planeta. Baste mencionar al Papa Silvestre II (945-1003) y a la mística germana Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179). “La Esfera Terráquea” fue el título del popular libro de astronomía del escolástico inglés Juan de Sabrosco (c. 1200-1256), quien sostenía que todos los cuerpos celestes, incluyendo la Tierra, eran esféricos.

Otra decisiva influencia fue el tratado del cosmógrafo y astrónomo florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli, escrito en el año 1474, quien sostenía que el “Mar Océano” era lo suficientemente estrecho para permitir su navegación. Colón enlazó las afirmaciones de Toscanelli con los estudios de D’Ailly, uno de los principales abogados de la hipótesis del “Atlántico estrecho”, anotando la siguiente apostilla: «El fin de la península española y el principio de las Indias no están a mucha distancia uno del otro» ((Ver Salvador de Madariaga, Vida del Muy Magnífico Señor Don Cristóbal Colón, Sudamericana, Buenos Aires 1942, p. 144.)).

El proyecto colombino le pareció al Rey Don Juan de Portugal lo suficientemente fiable como para convocar a una “junta” de cosmógrafos con el fin de examinar aquella teoría. Pero la comisión desestimó los cálculos de Colón por hallarlos “vanos y fundados en la imaginación”, porque al navegante le fue imposible sustentar cartográficamente la tesis del “Océano estrecho” ((Ver Samuel Eliot Morison, Ob. cit., p. 31)).

Colón alcanzó Palos en calidad de refugiado, pues había fracasado en su intento de convencer al Rey Juan II de Portugal sobre la factibilidad de alcanzar las Indias atravesando el Atlántico. Colón esperaba hallar mejores oportunidades en España, reino que competía con Portugal en la apertura de nuevas rutas oceánicas. En las cercanías de Palos entabló amistad con los frailes franciscanos del Convento de La Rábida, particularmente con el “estrellero” y cosmógrafo fray Antonio de Marchena, quien con sus relaciones fue allanando el camino del navegante hacia la Corte española.

En el año 1486 Colón logró la ansiada entrevista con la Reina Isabel la Católica. Impresionada por su constancia y locuacidad, y por razones de estado que hacían atractivo el comercio oriental, la Reina accedió a nombrar otra comisión de gente erudita que examinase los proyectos colombinos para la “Empresa de las Indias”. El lugar convenido para entrevistar al navegante fueron las aulas del Colegio San Esteban de Salamanca, respetado centro científico.

[pullquote]Con la distorsión de aquellos acontecimientos es que se suscita el “Mito de Colón y la Tierra Plana”. Una de las lecciones más perdurables en la memoria de los escolares es la del intrépido navegante defendiendo la redondez de la tierra ante una junta de severos e intransigentes jueces salmantinos, quienes intentaban descalificarlo ante los reyes españoles como una persona de creencias “heterodoxas y aventureras”. Claro está, según la leyenda, los sabios españoles estaban convencidos de que la tierra era plana como una estampilla y la travesía que intentaba emprender Colón conduciría a los aventureros a precipitarse a las fauces del interminable abismo en los confines del Océano Atlántico.[/pullquote]

Ciertamente todos aquellos estudiosos de Salamanca sabían que el mundo era redondo, aun antes de 1492, año en que Colón alcanzó a completar su “travesía a las Indias”, descubriendo en realidad un continente desconocido.

El origen de la leyenda de un Cristóbal Colón confrontando a un comité de obtusos clérigos proviene de la pluma de un novelista y literato norteamericano llamado Washington Irving, autor de relatos de intriga y suspenso como “Rip Van Winkle” y “El Jinete Sin Cabeza”. Vale aclarar que fue también acervo crítico de la Iglesia católica.

Apasionado con la historia hispana, y gracias a un cargo diplomático, Irving acudió a España en 1826 con el fin de estudiar las fuentes relativas a los viajes de Colón. Hallándose ante notas y testimonios de las llamadas “Juntas de Salamanca” de 1486, para su pesar Irving constató que los procedimientos habían consistido en seis sesiones dedicadas a indagar sobre argumentos geográficos y cálculos matemáticos de las distancias a recorrer.

Hallando las discusiones un tanto áridas para su colorida imaginación, el “novelista” venció al “historiador”, por lo que decidió dramatizar y decorar un tanto los acontecimientos, sentenciando en su novela “Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón”, publicada en 1828, que la «ignorancia y la represión podían esconderse tras los ropajes de la ciencia». El oscuro Colón, desamparado de amigos y sin ningún título científico que mostrar, tuvo que “hacer frente a una imponente caterva de sabios seglares y clericales, quienes le creían un aventurero, y en el mejor de los casos, un iluminado” ((Ver Washington Irving. Columbus: His life and voyages, Putman and Sons, New York 1914, p. 35.)).

Dilatando al máximo la imaginación, Irving describe a Colón «asaltado con citas bíblicas y escritos de los Padres de la Iglesia» que presuntamente contradecían que la tierra fuese redonda: «Puntos doctrinales mezclados con discusiones filosóficas e incluso con demostraciones matemáticas». A pesar de constarle que sus argumentaciones sobre las “juntas” estaban construidas sobre fantasías, Irving se permitió falsear la historia, perdurando el mito de la intolerancia de los científicos y cosmógrafos católicos.

En el ocaso del siglo XV ninguna persona educada asumía seriamente los argumentos de la “tierra plana”. Morison, quizá incómodo por la escasa seriedad exhibida por su compatriota, alegó: “La Comisión Talavera de Salamanca no se puso de acuerdo. Pero sus deliberaciones han sido distorsionadas por Irving y otros autores, reduciendo sus discusiones si la tierra era redonda o plana. La redondez de la tierra nunca entró en discusión” ((Ver Morison, Ob cit., p. 38.)).

Un biógrafo moderno de Cristóbal Colón, el británico Felipe Fernández-Armesto, fue más enfático. Refiriéndose a las “Juntas” sostiene: «Este episodio ha sido fuente de innumerables especulaciones y de increíbles leyendas, entre ellas la maligna falsedad de que los “expertos” pensaban que el mundo era plano» ((Felipe Fernández-Armesto. Colón, Folio, Madrid 2004, p. 88.)).

Sería improcedente empequeñecer las dificultades que debió enfrentar Colón en España. Uno de los mayores obstáculos fueron los argumentos críticos de la “Comisión Talavera”, que planteó serias dudas a las mediciones y cálculos de Colón. «Los expertos -anota Morison- aconsejaron a la Reina Isabel que el “Proyecto de Travesía de Occidente al Oriente” reposaba en fundamentos geográficos escasamente sólidos” ((Ver Ob. cit., p. 40.)).

Otro investigador colombino, el hispanista Hugh Thomas, manifiesta: «Sencillamente lo que Colón aseguraba respecto a la distancia hasta China y a la facilidad de viajar allí no podía ser cierto» ((Ver Hugh Thomas. El Imperio Español. De Colón a Magallanes, Planeta, Barcelona 2003, p. 81.)).

La historia nos manifiesta que Colón defendió su empresa con denodada tenacidad y constancia, recibiendo apoyo «de un grupo de presión que resultó irresistible. Conquistó la ayuda de individuos dispuestos a dejar oír su voz en las instancias más elevadas» ((Ver Samuel Eliot Morison, Ob. cit., p. 39)).

Entre los amigos de Colón había varios clérigos como el inteligente franciscano Marchena; el monje jerónimo Deza, más tarde nombrado Arzobispo de Sevilla, a quien el explorador atribuyó el mérito de haber asegurado que sus descubrimientos fueran realizados al servicio de Castilla; y el Prior de la Rábida, Juan Pérez, quienes convencieron a la Reina de concederle a Colón una última oportunidad para expresar sus planes. Finalmente Isabel la Católica aceptó las condiciones del navegante, autorizándole a «descubrir y adquirir ciertas islas y tierras firmes en la Mar Oceana». El 3 de agosto de 1492 el Almirante partió desde el Puerto de Palos para su aventura atlántica, alcanzando avistar tierras americanas el 12 de octubre de aquel año.

Opiniones como las expresadas por Irving nos permiten avizorar que tras años, quizá decenios de pesquisas realizadas por investigadores e historiadores que demuestran lo contrario, los antiguos mitos de la intransigencia del catolicismo contra la ciencia se mantienen tercamente en pie. El relato de Colón y la redondez de la tierra constituyen una metáfora de aquella sucesión de leyendas sin fundamento que parecen tener vida propia, retroalimentándose de fantasías. Conforman las “leyendas urbanas” del presente.

A pesar del carácter ficticio de sus relatos, Irving recibió el entusiasta apoyo de académicos como Andrew Dickson White, fundador de la Universidad de Cornell, quien publicó su “Historia de la Guerra entre la Ciencia y la Teología Cristiana”, una obra altisonante y alejada de toda seriedad crítica, que profundizó la fábula de que la religión, en particular el catolicismo, y la ciencia se hallaban confrontadas en una irrenunciable disputa. «Aquel mito que se ha convertido en argumento privilegiado del ateismo en su ataque a la religión», sostiene el sociólogo Rodney Stark ((Ver Rodney Stark. False Conflict: Christianity Is Not Only Compatible with Science—It Created It, en The American Enterprise, October-November, 2003.)).

Tanto el investigador más acucioso como la persona “de a pie” no tienen por qué inquietarse cuando confrontan los hechos con seriedad, tanto científica como histórica. El conflicto surge cuando se intenta sustentar una afirmación desde percepciones erradas y subjetivas, con el fin de impulsar un postulado ideológico. Como decía hace unos años el Papa Benedicto XVI en una hermosa reflexión: «los científicos e investigadores no necesitan renunciar a su fe ni a su razón; más bien ambas deben ser valoradas en recíproca fecundidad» ((S.S. Benedicto XVI. Solemnidad de la Epifanía, 6/1/2009)).

© 2014 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

View all posts

2 comments

Deja un comentario