La revista “Vida y Espiritualidad” es una publicación que inicia en 1985, con el fin de “comunicar una experiencia de fe, de búsqueda de comprensión de la verdad, cuya plenitud descubrimos en el Señor Jesús”. En el CEC les queremos compartir el editorial del número 86 de la revista, que creemos de mucha actualidad y fruto de una interesante reflexión sobre el papel de los laicos en la Iglesia.

Ha escrito el Papa Francisco, en la reciente exhortación apostólica Evangelii gaudium, que en los últimos tiempos «ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia» ((Francisco, Evangelii gaudium, 102.)). No es la primera vez que se manifiesta la importancia que el actual Pontífice otorga a los laicos. De hecho, a fines de este año ha subrayado el Santo Padre que, «como amaba recordar el [entonces] Beato Juan Pablo II, con el Concilio “ha sonado la hora del laicado”, y nos lo confirman cada vez más los abundantes frutos apostólicos… La aportación y el testimonio de los fieles laicos cada día se constata más indispensable» ((Francisco, Discurso a los participantes en la plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos, 7/12/2013.)). Esta última referencia a los laicos —y a San Juan Pablo II— la realizó el Papa Francisco precisamente veinticinco años después de la promulgación de uno de los documentos más importantes del magisterio pontificio sobre el laicado: la exhortación apostólica Christifideles laici del Papa Juan Pablo II. En la estela de las enseñanzas conciliares, tanto de Lumen gentium como de Apostolicam actuositatem, Christifideles laici significó un hito en el impulso dado por los Pontífices al compromiso de los laicos en la vida de la Iglesia. El vigésimo quinto aniversario de su publicación es una gran oportunidad para destacar su importancia, así como su actualidad en el marco de los tiempos que vivimos.

Por el Bautismo, llamados a la santidad y a la evangelización

pope5Uno de los aportes fundamentales de Christifideles laici fue el énfasis en la definición del laico por vía positiva, en atención a la perspectiva abierta por Lumen gentium. Superando definiciones por vía negativa, que describían al laico como aquel que no es religioso o clérigo, la exhortación post-sinodal ofreció una riquísima meditación sobre el Bautismo como fuente de la identidad laical: «En Cristo Jesús, muerto y resucitado, el bautizado llega a ser una “nueva creación” (Gál 6,15; 2Cor 5,17)…Sólo captando la misteriosa riqueza que Dios dona al cristiano en el santo Bautismo es posible delinear la “figura” del fiel laico» ((Allí mismo, 9.)).

Se trata de una visión que tiene, pues, su punto de partida en el ser del laico y no, primariamente, en su quehacer ni menos aún, en su “función” o en su “protagonismo”. Del ser del laico se deriva su misión, y es desde ahí como se comprende mejor su lugar en la Iglesia y en el mundo: «Los fieles laicos no son simplemente los obreros que trabajan en la viña, sino que forman parte de la viña misma: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos” (Jn 15,5), dice Jesús» ((Allí mismo, 8.)). Citando a Pío XII, se enfatizó aún más que los laicos «deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia» ((Allí mismo, 9.)), y por ello —añadía más adelante el documento— los laicos en cuanto cristianos incorporados a Cristo por el Bautismo han de «manifestar la santidad de su ser en la santidad de todo su obrar» ((Allí mismo, 16.)). 

La bellísima y exigente descripción de Lumen gentium acerca de la misión evangelizadora del laico, a partir de su participación, por el Bautismo, en el triple oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo, es retomada por la Christifideles laici, aunque enfatizando aún más el “modo propio” como los laicos participan en estos oficios, subrayándose, así, en el oficio sacerdotal, «el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades… incluso el descanso espiritual y corporal»; en el oficio profético, el estar «llamados a hacer que resplandezca la novedad y la fuerza del Evangelio en su vida cotidiana»; y, en el oficio real, el estar «llamados de modo particular para dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario», ordenando «lo creado al verdadero bien del hombre» ((Allí mismo, 14.)).

Todo ello no es sino una “renovación en continuidad” del modo de ser auténticamente cristianos tal como se verificó en los inicios históricos de la evangelización. Existe una «vocación universal a la santidad» ((Ver Lumen gentium, 39-42 y Juan Pablo II, Christifideles laici, 17.)) y, consecuentemente, todos los laicos están llamados a la evangelización y al apostolado ((Ver Apostolicam actuositatem, 2-3.)). Testimonio de ello lo tenemos, por mencionar dos figuras de los primeros años de la Iglesia, en la Virgen María y San José, que fueron laicos casados; o también en San Juan Diego y Santa Rosa de Lima, laicos determinantes en los inicios de la evangelización en América Latina; y en los muchos santos y apóstoles laicos contemporáneos —recordemos, por señalar sólo un par de ejemplo, elevados juntos como esposos a los altares, al matrimonio de Luigi y Maria Beltrame Quattrocchi y a los padres de Santa Teresita del Niño Jesús, Luis Martin y Celia Guérin— que han sido reconocidos como modelos sobre todo por los últimos Pontífices.

Superando tentaciones

Sin dejar de lado el inmenso horizonte positivo que el magisterio reciente ha señalado para los laicos, y precisamente en miras a un despliegue que responda a su identidad específica, no deben ser olvidados algunos de los desafíos que existen en este aspecto. No se trata de tener una visión negativa, pero sí de procurar responder mejor —a la luz de una de las “tentaciones” señaladas por el Papa Francisco— a los retos que ofrece nuestro tiempo para un compromiso más fecundo por parte de los fieles laicos. Advertía el actual Pontífice que una de las “tentaciones” actuales continúa siendo el “clericalismo”, en donde «el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo. El fenómeno del clericalismo explica, en gran parte, la falta de adultez y de cristiana libertad en parte del laicado latinoamericano» ((Francisco, Discurso al Comité de Coordinación del CELAM, 28/7/2013.)). No es un diagnóstico nuevo. Benedicto XVI consideraba el clericalismo como «una tentación de los sacerdotes de todos los siglos» ((Benedicto XVI, Diálogo con los sacerdotes en el Encuentro internacional de sacerdotes, 10/6/2010.)), y Juan Pablo II afirmaba que «este clericalismo se encuentra en formas de liderazgo laico que no tienen suficientemente en cuenta la naturaleza trascendente y sacramental de la Iglesia, ni su papel en el mundo» ((Juan Pablo II, Discurso a la Conferencia Episcopal de las Antillas, 7/5/2002, 2.)).

De hecho, el Papa Juan Pablo II, en una línea semejante a la “tentación del clericalismo” resaltada por el Papa Francisco, señalaba en la Chistifideles laici dos “tentaciones” que han afectado el camino posconciliar de los laicos: «La tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiásticas, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas» ((Juan Pablo II, Christifideles laici, 2.)).

Estas tentaciones quizás pueden categorizarse sintéticamente como “clericalismo” y “laicismo”, respectivamente. Como queda claro por las palabras de los últimos Pontífices, no han afectado ni han sido impulsadas únicamente por unos —clérigos— o por otros —laicos—, sino muchas veces por ambos y, particularmente, por quienes han terminado apartándose de la eclesiología de comunión y de la comprensión de la vocación universal a la santidad y a la evangelización subrayadas por el Concilio Vaticano II. Son, por otro lado, dos caras de la misma moneda. Una moneda adulterada que refleja la ruptura o la falsa antinomia entre la fe cristiana integralmente considerada y la vida humana con todas sus riquezas y complejidades.

La primera cara de la moneda —el clericalismo— separa la fe y la vida entregando al clero la responsabilidad exclusiva de la evangelización, y, así, aparta el Evangelio del mundo porque lo encierra en el ámbito clerical o lanza el Evangelio al mundo pero con el riesgo de diluirlo al no contar con quienes conocen y están más en el mundo, es decir, los laicos. La segunda cara de la moneda —el laicismo— rompe también el vínculo entre la fe y la vida encerrando las actividades temporales del laicado en sí mismas, excluyéndolas de la iluminación del Evangelio y del aporte de los clérigos, o lanzando al laico a reivindicar protagonismos en las jerarquías eclesiásticas y en las labores específicamente pastorales, evidenciando así una visión deformada de la Iglesia, apartada del mundo.

Encarnados en el mundo

Estas tentaciones, quizás en nuestro tiempo de las manifestaciones más importantes —aunque no las únicas— de una falta de madurez en la comprensión del lugar de los laicos en la Iglesia, requieren con cada vez mayor urgencia la vivencia de una recta eclesiología de comunión. De hecho el Papa Juan Pablo II afirmaba que «la Iglesia necesita un sentido de complementariedad más profundo y más creativo entre la vocación del sacerdote y la de los laicos. Sin él, no podemos esperar ser fieles a las enseñanzas del Concilio» ((Juan Pablo II, Discurso a la Conferencia Episcopal de las Antillas, 7/5/2002, 2.)). Por su parte Benedicto XVI señalaba que se necesita «un cambio de mentalidad, en particular por lo que respecta a los laicos, pasando de considerarlos “colaboradores” del clero a reconocerlos realmente como “corresponsables” del ser y actuar de la Iglesia, favoreciendo la consolidación de un laicado maduro y comprometido» ((Benedicto XVI, Discurso durante la inauguración de la asamblea eclesial de la diócesis de Roma, 26/5/2009.)).

[pullquote]La superación del clericalismo y del laicismo requiere la plasmación de la rica eclesiología de comunión y reconciliación impulsada por el Concilio y alentada por el reciente magisterio pontificio. La toma de «conciencia del don y de la responsabilidad que todos los fieles laicos —y cada uno de ellos en particular— tiene en la comunión y en la misión de la Iglesia» ((Juan Pablo II, Christifideles laici, 2.)) se debe plasmar en una vida consecuente con la Encarnación. Precisamente, la identidad y misión del laico en la Iglesia y en el mundo se comprende adecuadamente a partir del dinamismo encarnatorio de la fe cristiana, tal como se manifiesta en la Iglesia, que continúa y expresa la misma lógica del Plan de Dios que quiso que el Verbo Eterno no sólo se hiciese presente, sino que se encarnase, asumiendo la condición humana, en un tiempo y en un lugar concretos. En ese sentido, cada miembro de la Iglesia está llamado a vivir la fe de modo vital y existencial, es decir, de modo encarnado, conforme a su vocación, en los lugares y circunstancias concretas en que le toca vivir. Ello es, básicamente, una cuestión de sentido común, de conciencia de la realidad, de aceptación de la propia condición humana, de confianza en que Dios habla en las circunstancias personales de cada uno y, en última instancia, de autenticidad y de coherencia en la vida cristiana, que evita que uno se pierda en actitudes artificiosas o desencarnadas, que olvidan la realidad concreta en donde cada uno está específicamente llamado a ser cristiano y que terminan generando tantas y tan lamentables rupturas entre la fe y la vida.[/pullquote]

Christifideles laici recuerda en unos de sus números más luminosos, citando a Pablo VI, este dinamismo encarnatorio del Verbo y señala que, en razón de ello, la misma Iglesia «tiene una auténtica dimensión secular». Pero enfatiza —haciéndose eco del Concilio— que esta encarnación de la Iglesia en el saeculo, es decir, en el tiempo o en el mundo, «se realiza de formas diversas» y, en el caso de los laicos, su modo de actividad en medio del mundo «es propia y peculiar», habiendo sido designada en el lenguaje conciliar como «índole secular».

Entrelazando diversos pasajes de Lumen gentium y Gaudium et spes, se explica esta «índole secular» de los laicos como «el lugar en que les es dirigida la llamada de Dios», y, por ello, «los fieles laicos viven en el mundo, esto es, implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo» en donde «su existencia se encuentra como entretejida». Esta condición no es «un dato exterior y ambiental», sino «una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud de su significado». Así, «el “mundo” se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos»,pues «el Bautismo no los quita del mundo… sino que les confía una vocación que afecta precisamente a su situación intramundana». Los laicos son, pues, «llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo». Es en ese sentido que «la condición eclesial de los fieles laicos se encuentra radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole secular» ((Ver allí mismo, 15.)).

Comprometidos con la evangelización

El laico tiene, pues, su lugar en la Iglesia y en el mundo como signo vivo y encarnado del propio diálogo entre la Iglesia y el mundo y, así, aparece como un adelantado en la evangelización del propio saeculo. No comprender la misión del laicado, o restarle espacios, obstaculiza ese diálogo evangelizador, pues el laico no va al mundo por un encargo del clero, sino porque es ésa su vocación específica y su ámbito natural de vida. Pero, por otro lado, la falta de una mayor presencia del laicado católico en la Iglesia y en el mundo opera, fundamentalmente, como una denuncia y un llamado a una mayor conciencia y coherencia en la vida propia de muchos laicos, esto es, de los muchos bautizados que se han alejado de la propia fe o que la viven de modo desencarnado.

Haber descubierto y, sobre todo, haber vivido intensamente la riqueza de la vocación del laico, esto es, del bautizado o simplemente del “cristiano sin adjetivos”, es lo que llevaba a San Agustín, ya siendo obispo, a proferir estas palabras recogidas por Lumen gentium: «Si me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, éste una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación» ((San Agustín, Sermón 340, 1; citado en Lumen gentium, 32.)). El horizonte común de todo bautizado, que manifiesta la misma grandeza, dignidad y vocación última de todo miembro de la Iglesia, es la perfección en la caridad, indesligable del compromiso apostólico.

Juan Pablo II recordaba que «los padres conciliares destacaron simplemente la profunda complementariedad entre los sacerdotes y los laicos que entraña la naturaleza sinfónica de la Iglesia… Los laicos están invitados a vivir su vocación bautismal, no como consumidores pasivos, sino como miembros activos de la gran obra que expresa el carácter cristiano» ((Juan Pablo II, Discurso a la Conferencia Episcopal de las Antillas, 7/5/2002, 2.)). A lo que ha añadido por su parte el Santo Padre Francisco: «La Iglesia somos todos: desde el niño recién bautizado hasta los obispos y el Papa: todos somos Iglesia y todos somos iguales a los ojos de Dios. Todos estamos llamados a colaborar en el nacimiento a la fe de nuevos cristianos, todos estamos llamados a ser educadores en la fe, a anunciar el Evangelio. Todos participamos de la maternidad de la Iglesia, todos somos Iglesia, para que la luz de Cristo llegue a los extremos confines de la tierra» ((Francisco, Catequesis durante la audiencia general, 11/9/2013.)).

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Revista Vida y Espiritualidad

La revista “Vida y Espiritualidad” es una publicación que se inició en 1985, con el fin de “comunicar una experiencia de fe, de búsqueda de comprensión de la verdad, cuya plenitud descubrimos en el Señor Jesús”. Se publica tres veces al año, ofreciendo artículos, documentos, reseñas de libros y entrevistas en diversos temas como teología, filosofía, espiritualidad, literatura, historia, entre otros.

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