JesusMaster1En los acontecimientos de la Pasión, Jesús permite que conozcamos su corazón de una manera especial. Nos invita a acompañarlo en los momentos más críticos de dolor y fragilidad, en la agonía de la Cruz. También nos hace participar de la Resurrección, anunciándonos Él mismo la alegría pascual ((Jn 20,11-18; Mt 28, 8-10; Mc 16, 9-11; Lc 24,1ss.)). Jesucristo ha vencido a la desesperanza y a la muerte, ofreciéndonos una buena nueva que hay que proclamar y compartir. Si fuese un secreto, un arcano, entonces el sufrimiento, la pasión del inocente, carecería de sentido; se resecaría la esperanza que tanto necesita el mundo.

Con gran acierto el Papa Francisco explicaba, en una catequesis, que seguir a Jesús significa «salir de nosotros mismos para ir al encuentro de los demás, a la periferia de la existencia, a los más alejados, a los olvidados, a quienes necesitan comprensión, consuelo y ayuda» ((Audiencia General, 27/3/2013.)).

Se trata de llevar la presencia viva de Jesús misericordioso y lleno de amor, que revela al Padre de Amor y nos muestra también quiénes somos ((Ver Gaudium et spes, 22: «El misterio del hombre no se aclara realmente más que en el misterio del Verbo encarnado».)). Al ir conociendo a Jesús, comprendemos que tenemos una vocación, una llamada, que no consiste en elegir entre lo que adelanta o retrasa, sino en servir a la verdad que transforma el mundo.

Los desafíos

Cada tiempo tiene sus oscuridades y sus desafíos. Pero los males del mundo parecen repetirse tercamente, porque están fundados en la realidad del pecado. Entre estos males podemos enumerar «las crisis personales, la ruptura entre fe y vida, el secularismo asfixiante, el relativismo, el agnosticismo funcional, la pérdida de la identidad cristiana, la hegemonía de lo superficial y rutinario, la incomprensión de lo que significa la realización humana según Dios, nuevas y viejas ideologías y psicologismos que alejan al hombre de su senda, la masificación, las injusticias, el flagelo de la pobreza (y) la violencia» ((Luis Fernando Figari, Palabras en el encuentro con los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades, Plaza de San Pedro, Roma, 3/6/2006.)).

Alguna vez el pensador André Frossard preguntó a San Juan Pablo II cuál era el “miedo” que más le preocupaba. «¡El que se tiene al compromiso!», respondió el Papa. «Porque de él provienen varios desórdenes, (particularmente) la pérdida del sentido de la vida» ((André Frossard, No tengáis miedo. Diálogos con Juan Pablo II, Plaza y Janés, Barcelona 1982, pp. 227-228.)). Se trata de un vacío que paraliza y retrae la esperanza. En seguida explica a Frossard el sentido de sus vibrantes palabras al iniciar su pontificado, en aquel 1978: «¡No tengáis miedo!», pero «de abrir vuestras fronteras, de abrir a Cristo las puertas de la vida». Aquella es la misión del cristiano.

Los padecimientos del mundo podrían paralizarnos. En innumerables oportunidades la tentación para el cristiano ha sido arrinconarse. En palabras del Papa Francisco, volverse “autorreferentes”. Con anterioridad al cónclave dijo a los cardenales: «Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma (…) ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria». El Papa Francisco –poco antes de su elección– alcanza a advertir que «cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar, deviene en autorreferencial y entonces se enferma» ((Revista Palabra Nueva, La Habana, 26/3/2013.)). Asimismo explica que los males de las instituciones eclesiales –e incluso, podríamos añadir de cualquier sociedad–, tienen una raíz en la auto-referencialidad, en una suerte de “narcisismo”.

La invitación del Señor Jesús a anunciar la Buena Nueva

La senda que aporta el Señor Jesús para seguirlo como discípulos es muy distinta. Dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24.). ¿Qué significa aquel llamado? ¿Qué implicancias tiene para nuestra vida? Primeramente el Evangelio cambia nuestra existencia. La convocatoria de Cristo es una invitación a participar del don salvífico, respondiendo a una vocación que nos hará plenos y felices, cooperando con la obra de Dios. Una convocatoria a salir de la “auto-referencialidad”.

[pullquote]Dios Amor nos regaló con el don infinito de su Hijo amadísimo, para guiarnos a la santidad. Ha deseado que Jesucristo permanezca entre nosotros para darnos la vida plena; para que en el Hijo amado nos transformemos en verdaderos “hijos”, herederos del Cielo y de la Gloria. Es Jesús quien le ofrece al hombre caído -con la semejanza a Dios herida y la falta de equilibrio en sus inclinaciones- el camino de reconciliación. Nunca perdamos de vista aquella sentencia del Señor Jesús recogida por San Juan: «El Hijo del hombre no ha venido al mundo para juzgarlo, sino para salvarlo» (Jn 3, 17).[/pullquote]

La convocatoria a ser cristianos, hermanos y discípulos de Cristo, es, ante todo, una invitación a la santidad, precisamente a configurarnos con el Señor Jesús de la mano de nuestra Madre María. Se trata de un bello camino a ser andado. El Concilio Vaticano II realiza un llamado especialísimo a «la vocación universal a la santidad» ((Ver Lumen Gentium, Cap. V, n. 39.)), recordándonos que la vida cotidiana constituye campo fértil para nuestra realización, constituyéndonos en evangelizadores permanentemente evangelizados.

La santidad no es otra cosa que la respuesta a la invitación a la amistad con Dios. El Padre Amoroso nos dispensa los dones de la gracia para auxiliarnos y animarnos a ser santos. Nuestra hermosa meta es testimoniar a Jesús con nuestras palabras y nuestra vida, anunciando la Buena Nueva a un mundo hambriento de salvación-reconciliación. Mediante la conformación con Jesús, Hijo de María, vamos recorriendo el camino hacia la perfección, dando gloria a Dios y plasmando aquellos actos que nos dispensan paz y gozo, y que permiten que la luz de Cristo brille en nuestra vida.

Sin embargo, la persona puede hacer otras opciones. Es posible elegir el camino que, recogiendo las enseñanzas de la Sagrada Escritura, uno de los escritos más antiguos de la cristiandad –la “Didajé”– denominó “de la muerte”, contrario al “camino de la vida”. ¿Cuál es el camino de la vida?: «Amarás en primer lugar a Dios que te ha creado, y en segundo lugar a tu prójimo como a ti mismo. Todo lo que no quieres que se haga contigo, no lo hagas tú a otro» ((Didajé, 1, 2.)).

En el núcleo de su mismidad todo ser humano tiene nostalgia de infinito, anhelando una vida virtuosa. Los relatos de la Pasión nos muestran al “Buen Ladrón”, que ante el testimonio de Jesús se arrepiente (Lc 23, 43). ¿Qué hacer? Aquel que «experimenta hambre o sed no permanece con los brazos cruzados, padeciendo la fuerza de esas necesidades. Lo consecuente es buscar satisfacerlas (…) El hambre y la sed de santidad deben movernos a realizar obras concretas que nos permitan avanzar en ese camino. Acometer tales obras de fe requiere de parte de la persona la decisión ardorosa y efectiva de hacerlas» ((Ignacio Blanco E., El camino de la santidad, Vida y Espiritualidad, Lima 2008, p. 34.)). El primer paso será pedir ayuda a Dios; acudir a su gracia santificante, desplegando la Buena Nueva con fe y alegría.

Necesitamos dirigir la mirada hacia el ideal de hacernos cada vez más plenamente disponibles al Señor, creciendo en la capacidad de poseernos, para donarnos a su misión con plena conciencia y libertad. Tengamos muy presentes las palabras de Cristo: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15,16)

© 2014 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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