llamenme_franciscoPaso a paso, el nuevo Pontificado va tomando forma, como un rompecabezas en el que las primeras piezas del contorno encuentran su lugar, estableciendo un patrón. Gracias al principal testigo, el Santo Padre, va perfilándose un programa para el pontificado. En los escasos días que ocupa la Sede de Pedro, el Papa Francisco ha aportado enseñanzas significativas, que han dado la vuelta al mundo, pero también ha recurrido a los gestos de sencillez, caridad y calor evangélico. En la misa de inicio del Ministerio Petrino, el Santo Padre expresó claramente que va a constituirse en un “Papa del servicio” ((S.S. Francisco, Homilía en la Misa de inicio del Ministerio Petrino, 19/3/2013.)).

“Francisco”

Una de las primeras indicaciones del carisma pontificio fue la elección de su nombre, “Francisco”. En un intenso encuentro con los periodistas en la Sala Pablo VI, el Papa relató las circunstancias que le condujeron a adoptar el nombre del poverello de Asís. Sentado junto a un gran amigo, el Cardenal paulista Claudio Hummes, el Purpurado argentino comprobó que la cuenta de los votos había sobrepasado los dos tercios necesarios para ser elegido, momento en el que los aplausos rompieron la formalidad del ceremonial para expresar el júbilo de los cardenales. Abrazándolo, Hummes repitió a Bergoglio: «¡No te olvides de los pobres!».

Mientras continuaba el escrutinio, decidió adoptar, por vez primera en la tradición papal, el nombre Francisco: «Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación». El Santo Padre pensaba en el clamor del mundo, quebrado por las guerras, la desconsideración por el don de la vida y la agobiante miseria; y en la Iglesia, siempre necesitada de renovación y reconciliación. Aun recogido, reflexionó: «¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!» ((S.S. Francisco, Encuentro con los representantes de los medios de comunicación, 16/3/2013.)).

El reto de la pobreza

Francisco era el hijo de un acaudalado comerciante del siglo XII, establecido en Asís, que abandonó la seguridad del hogar para entregarse a una vida de conformación con el Señor Jesús, hermanándose especialmente con la pobreza evangélica. En ese entonces aparecían los primeros signos del lujo, característico del Renacimiento, estimulado por una incipiente pero poderosa “globalización” de la cultura occidental, que establecía conexiones con el Oriente.

Desde las primeras prédicas del Señor, la doctrina católica ha resaltado la preocupación por los pobres. En el antiguo Israel la carencia de bienes marginaba a los pobres de la vida social ((Ver Lc 6, 20; 14, 12-13; 16, 20; Mt 10, 21.)). Pero Jesús enseña en los Evangelios que los pobres poseen gran dignidad. Ellos tienen en el Señor a un “hermano”, el “Anaw” por excelencia, que les profesa un amor inconmensurable. Por eso les dirá: «¡Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos!» (Mt 5,3).

En aquella prédica el Señor amplía el espectro de los pobres. No serán solamente los que carecen de bienes materiales, como alimento, techo, y seguridad, sino los enfermos, los infantes, los indefensos, los ancianos, considerados como una carga, los mendigos, las viudas, los desheredados, los desterrados, los perseguidos, los calumniados, los migrantes-extranjeros, y los presidiarios. También están los “no-nacidos”, «principales excluidos porque no tienen a nadie que responda por ellos», según el Papa Francisco. Aquellos que en general «se quedan en la periferia de nuestro corazón» ((S.S. Francisco, Homilía de Misa de inicio del Ministerio Petrino, 19/3/2013.)).

Los humildes, los “pobres de espíritu”, ocupan un lugar apreciado para el Señor. Son los anawim, los mansos de corazón, que se abandonan a Dios, hallando en el Padre de Bondad la confianza y el consuelo para su aflicción. No en vano Jesucristo asumió como hombre la pobreza, naciendo pobre y viviendo «entre los pobres para hacernos ricos en su pobreza» (Ver 2Cor 8,9.).

Pero estos “humildes” no mantienen una actitud pasiva ante su situación. Jesucristo los exalta porque anhelan la amistad con Dios, intentando hacer el bien y compartiendo lo poco que poseen. Son aquellos que «van tras Yahvé (…) los pobres (anawim) de la tierra que guardan su Ley» (Sof 2, 3).

Sus vidas contrastan radicalmente con los orgullosos, los soberbios, los arrogantes y los suficientes, los “ricos Epulones” que viven de espaldas a las necesidades y a las demandas de los más pobres y de sus clamores por la justicia (Lc 16, 19-31). Aquellos que se aferran al “tener” y al “poseer”. En sus peregrinajes el Señor se encuentra con uno de estos personajes, llamado Zaqueo, que poseía una gran fortuna, pero que a la vez era infeliz, porque estaba espiritualmente vacío ((Lc 19, 1-10.)).

En una audiencia al Cuerpo Diplomático, el Papa Francisco se refirió a esta «otra pobreza», precisamente aquella «pobreza espiritual (…) que afecta gravemente también a los Países considerados más ricos. Es lo que mi Predecesor, el querido y venerado Papa Benedicto XVI, llama la “dictadura del relativismo”, que deja a cada uno como medida de sí mismo y pone en peligro la convivencia entre los hombres» ((S.S. Francisco, Audiencia al Cuerpo Diplomático Acreditado ante la Santa Sede, 22/3/2013.)).

La conciencia de Jesús sobre la misión encomendada por el Padre es radical. El Señor había venido «a proclamar la liberación a los cautivos, a dar la vista a los ciegos, a otorgar la libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18), tarea que poseía una implicancia social mayúscula. Pero también una clara subordinación a la búsqueda del Reino, porque quien intentaba liberarse debía confrontar la principal opresión, la raíz de todas las injusticias, el pecado.

[pullquote]El Señor Jesús no se encarnó para suscitar un proyecto socio-económico. Aunque actuase en el mundo, su Reino no era de este mundo. El Salvador nunca pretendió constituirse en un líder político o revolucionario, manteniendo una notable distancia de las facciones que predicaban levantamientos violentistas, contrarios al poder romano, como fue el caso de los Zelotas. Antes que las estructuras sociales abusivas, el pecado suscitaba la injusticia, porque insensibilizaba a la persona ante los sufrimientos del pobre.[/pullquote]

La “Iglesia pobre”

Hace una treintena de años, en 1979, la Conferencia Episcopal de Puebla llamaba a una «opción preferencial por los pobres con miras a su liberación integral» ((Puebla, 1134)). Si bien esta opción se hizo de una forma no excluyente ni exclusiva, selló de una manera substancial a la Iglesia en América Latina, que se propuso seguir las enseñanzas del Papa Pablo VI, contribuyendo a establecer un mundo que pase de «condiciones menos humanas a condiciones más humanas» ((S.S. Pablo VI, Populorum Progressio, 20.)).

El Papa Francisco viene de una realidad eclesial que ha realizado grandes esfuerzos por colaborar en la forja de una sociedad más justa y más solidaria, buscando el desarrollo integral del hombre. Habiendo vivido en carne propia una sucesión de quebrantos económicos nacionales, que postraron a la Argentina, agudizando la situación de pobreza de los “desocupados”, de los trabajadores y de las clases medias, manifestó en la Conferencia Episcopal de Aparecida, Brasil, en el año 2007: «Vivimos en la región más desigual del mundo, la que más ha crecido, pero donde la miseria se ha reducido aún menos (…) La distribución injusta de los bienes continúa, creando una situación de pecado social que clama al Cielo y que limita las posibilidades de una vida más plena para tantos hermanos nuestros».

El Santo Padre dejó muy en claro que la Iglesia no es una «institución de naturaleza política, sino esencialmente espiritual, el Pueblo de Dios; el santo Pueblo de Dios que camina hacia el encuentro con Jesucristo» ((S.S. Francisco, Encuentro con los representantes de los medios de comunicación, 16/3/2013.)). Ella también constituye una entidad humana e histórica, con todo lo que ello comporta. Bajo aquella óptica le corresponde pronunciarse en situaciones de injusticia para hacer al mundo más humano, más semejante al designio de Dios. Si bien no desarrolla doctrinas económicas, ilumina la economía y el desarrollo social con la luz del Evangelio.

La Iglesia posee un pensamiento social y económico que responde a la caridad “recibida y ofrecida”, constituyéndose en el anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina está al servicio de la caridad, pero desde la verdad ((Ver Caritas in veritate, 5.)). Con el mensaje de Jesucristo surgió un nuevo concepto del hombre y de su destino, modificándose las instituciones jurídicas, políticas y sociales, para contener la enorme dignidad del “hombre nuevo”. Bajo esta óptica la Iglesia desplegó una incesante lucha contra la esclavitud, y teólogos como los de Salamanca, en el siglo XVI, propusieron el “derecho de gentes” para defender la libertad de los pueblos, sembrando el germen para el desarrollo de los derechos humanos. También, en el siglo XIX, los pensadores católicos y el magisterio eclesial enfrentaron los retos suscitados por la modernidad y la industrialización, el nacimiento del “problema obrero”, y la globalización de los mercados.

Desde el campo católico surgieron serias críticas al capitalismo a ultranza, guiadas por la concepción cristiana de la persona y de la justicia. Notables son los estudios de Pedro Simón Bailanche, quien en 1819 publicaba el “Ensayo sobre las instituciones sociales”. En 1822 Felicité de Lamennais afirmará, en un enérgico “Ensayo sobre la Indiferencia”, que la «política moderna no ve al pobre más que como una máquina de trabajo». El economista cristiano Charles De Coux aseveró, en 1831, reconociendo el valor laboral del obrero, que el capital era “trabajo acumulado”, adelantándose al concepto de la plusvalía, propuesto por Carlos Marx. De Coux también exigió la disminución de «los exorbitantes beneficios del capitalismo para que el obrero tenga pan»; y Villeneuve Bargemont reclamó, en 1834, la intervención del Estado para solucionar los problemas sociales.

En la Argentina, la tierra del Papa Francisco, un sacerdote llamado Federico Grote organizaba, a partir de 1884, los “Círculos Obreros”, espacio de convivencia, ayuda solidaria y catequesis. Grote había denunciado la «inmolación del débil por el fuerte», considerando a los pobres «mal pagados», víctimas de un «moderno feudalismo».

El 15 de mayo de 1891 el Papa León XIII proclama un documento profético, la “Rerum novarum”, donde se discute y se asume una sociología católica, diagnosticando al sistema económico imperante como la causa del enfrentamiento entre patrones y trabajadores, condenando sus errores y abusos. La encíclica inicia una serie de importantes manifestaciones del magisterio social pontificio, donde destacará la “Quadragesimo anno” de Pío XI (1937).

Tras el Concilio Vaticano II brotaron documentos sumamente lúcidos como la “Populorum progressio”, la “Octogessima adveniens”, la “Sollicitudo rei socialis”, la “Centesimus annus” y la “Caritas in veritate”. Todos enfatizaban el valor del ser humano, protagonista principal de la economía y el desarrollo; y su relación con Dios, que aporta la trascendencia. «El desarrollo exige una visión trascendente de la persona», afirmaba la “Caritas in veritate”; «Necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado» ((Ver Caritas in veritate, 5.)).

El testimonial magisterio que ha afirmado el Papa Francisco en sus primeros días de pontificado coincide con el clamor de una revisión de las condiciones económicas del mundo, sometidas a una forma “unipolar”. Recientemente un prestigioso economista, Jerry Z. Muller, resaltaba las fragilidades inherentes al capitalismo, particularmente la falta de igualdad económica: «La desigualdad, en efecto, está creciendo en casi todo el mundo capitalista postindustrial.

Pero, a pesar de lo que piensan muchos desde la izquierda, no es el resultado de la política, ni es que la política pueda revertir el proceso, pues constituye un problema profundamente arraigado y su solución es más difícil de lo que generalmente se reconoce. La desigualdad es un producto inevitable de la actividad capitalista, y la expansión de la igualdad de oportunidades solamente la incrementa; porque algunos individuos y comunidades cuentan simplemente con mejores posibilidades para explotar las oportunidades para el desarrollo y el progreso que el capitalismo ofrece.

Sin embargo, a pesar de lo que piensan muchos desde la derecha, esto constituye un problema para todos, no sólo para los que están pasándola mal o los que están ideológicamente comprometidos con el igualitarismo; porque si se deja sin solución, el aumento de la desigualdad y de la inseguridad económica erosionarán el orden social y generaran una reacción populista contra el sistema capitalista en su conjunto» ((Jerry Z. Muller, Capitalism and Inequality What the Right and the Left Get Wrong, Foreign Affairs, March/April 2013.)).

Analistas como Muller reaccionan ante una crisis sistémica de alcances planetarios, reclamando la participación subsidiaria de distintas instancias estatales y para-estatales. Tanto la doctrina católica como las palabras del Papa Francisco acuden a significados de mayor alcance: un clamor por la fraternidad entre los hombres y los pueblos, donde el desarrollo se asuma como una responsabilidad desde la justicia y la caridad. Todo ello en el gran marco de los tres preceptos programáticos que compartió en una misa con los cardenales: caminar, edificar la Iglesia y confesar a Jesucristo crucificado ((S.S. Francisco, Homilía a los cardenales en la Capilla Sixtina, 14/3/2013.)).

© 2013 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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