rev_francesaCada año, a partir de 1880, el pueblo francés celebra el 14 de julio su fiesta nacional, la fiesta de la República francesa. Esta conmemoración se ha construido sobre el recuerdo de un hecho que marcó la vida de la nación y que hace parte de la historia no solo del pueblo francés, sino también de la historia universal: la toma de la Bastilla y el comienzo de la Revolución francesa el 14 de julio de 1789.

Son muchas las cosas que se pueden decir de la Revolución francesa y de cómo este hecho se convirtió en un mito universal. No deja de impresionar la eficacia con la que los propagandistas del nuevo régimen lograron instalar en la memoria colectiva de los hombres de nuestro tiempo, la creencia de la fundamental importancia de la Revolución y sus ideales para la humanidad entera. Según esta idea, resulta que casi todo lo bueno de nuestro tiempo es hijo o nieto (o por lo menos pariente cercano) de las doctrinas de los revolucionarios. En muchos escenarios se afirma que la defensa de la libertad, la democracia, la fraternidad universal, la lucha por los ideales y los derechos humanos son una conquista de la Revolución de 1789.

El estudio de los hechos y de la realidad nos demuestra que muchas de estas relaciones de filiación son falaces e ilusorias. Por ejemplo, una revisión de la historia nos evidencia que la reflexión y la plasmación jurídica de los derechos humanos no son, de ninguna manera, invento de los rebeldes franceses; muchos años antes de su levantamiento y de la “Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano” ya se había reflexionado sobre ellos y se habían plasmado en interesantes cuerpos normativos.

De todas maneras, hay dos hijos frente a los cuales es imposible que la Revolución francesa niegue su paternidad:

El primero de estos hijos es el temible organismo de represión llamado el “Comité de Salud Pública”, dirigido por Maximilien Robespierre y bajo el cual se daría el duro “Régimen del terror” por toda la nueva República.

Otro hijo legítimo del movimiento revolucionario es el genocidio perpetrado en la región de la Vendeé, en la cual murieron a sangre y fuego cientos de miles de personas (hombres, mujeres, niños y ancianos) por osar oponerse a la “liberación” traída por el nuevo régimen republicano. Esta masacre cometida en la Vendeé ha sido catalogada por diversos historiadores como el primer genocidio del mundo moderno. El deseo de la destrucción y desaparición del pueblo vandeano se evidencia muy bien en las palabras que dirigió uno de los generales jacobinos a los miembros del Comité de Salud Pública en París luego de haber cumplido su misión:

«¡La Vendeé ya no existe, ciudadanos republicanos! Ha muerto bajo nuestra libre espada, con sus mujeres y niños. Acabo de enterrar a un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay. Ejecutando las órdenes que me habéis dado, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así no parirán más bandoleros. No tengo que lamentar un solo prisionero. Los he exterminado a todos».

¿Cómo fue posible que los sueños de la Revolución se trocaran en semejantes pesadillas? ¿Cómo una Revolución supuestamente inspirada en los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad termina haciendo todo lo contrario de lo que estos valores inspiran? Una pista para responder a estos interrogantes la podemos encontrar en el libro “Ortodoxia” de G. K. Chesterton. En su libro el escritor inglés nos habla de las “virtudes locas” que andan sueltas por el mundo haciendo daños después de haberse separado de la verdad:

[pullquote]«cuando alguna teoría religiosa es sacudida, como lo fue el cristianismo en la reforma, no sólo los vicios quedan sueltos. Claro que los vicios quedan sueltos y vagan causando daños por todas partes; pero también quedan sueltas las virtudes, y éstas vagan con mayor desorden y causan todavía mayores daños. Pudiéramos decir que el mundo moderno está poblado por viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas, de sentirse aisladas y de verse vagando solas».[/pullquote]

El mundo intelectual de la época de la Revolución estuvo marcado por el endiosamiento de la razón y el exacerbamiento del subjetivismo. Alejados de la realidad y de la verdad, los ideales de la Revolución: la libertad, la igualdad y la fraternidad se convirtieron en “virtudes locas”. De ahí el loco lema de los revolucionarios: “Liberté, égalité, fraternité ou la mort”.

© 2012 – Juan David Velásquez Monsalve para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Juan David Velásquez Monsalve

Juan David es abogado de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia) y Teólogo de la Universidad Católica de Oriente (Rionegro – Colombia). En este momento cursa la Maestría en Filosofía en la Universidad Pontificia Bolivariana.
Se ha desempeñado como profesor universitario y escolar. Actualmente es el Director Regional del CEC en Colombia y Rector del Colegio Sagrado Corazón Montemayor.

View all posts

Add comment

Deja un comentario