getsemani1La experiencia de Getsemaní constituye el pórtico de la Pasión del Señor Jesús. Aquel episodio ocurre después de la cena pascual, celebrada en Jerusalén. Getsemaní cuestiona intensamente a la persona del siglo XXI, como lo hizo con los discípulos más cercanos a Jesús. Fue una ocasión en la que el Salvador se sometió al sufrimiento y la angustia, como preámbulo de la terrible Pasión y la muerte en la cruz, que sobrevendrían al día siguiente.

¿Por qué acude Jesús al olivar de Getsemaní? Hallamos una apropiada e iluminadora respuesta en las mismas palabras del Señor: «Para que el mundo sepa que amo al Padre y obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14,31).

La obediencia a Dios es muestra de las innumerables lecciones que Jesús aprovecha para compartir. Acompañando la agonía en el huerto podemos explorar las profundidades del sufrimiento, aprendiendo a vivirlo desde la dimensión de la esperanza. El Salvador toma sobre sí la terrible carga de la incertidumbre, asumiendo los incontables “getsemaníes” que ocurren en nuestra vida.

Aquella “noche oscura” fue un acontecimiento paradigmático. En estas circunstancias de prueba extrema, Jesús mostró dimensiones extraordinariamente humanas: se angustió, se sintió enormemente sólo, y experimentó el desierto interior en niveles inenarrables. San Juan Pablo II recalca el grado de dolor y agonía vivido por el Señor: «Se trata sobre todo del sufrimiento interior, no comparable con los sufrimientos de cualquier hombre» ((S.S. Juan Pablo II, Signo de Contradicción, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, p. 95.)).

Jesús desea cargar las infinitas penas que afligen al ser humano, padecimientos que la acción del pecado ha introducido en la historia. Un peso tan inmenso que solamente Dios puede soportar.

[pullquote]La experiencia en el huerto ayuda a responder a interrogantes esenciales, como el sufrimiento de las personas inocentes, de los más pobres y desheredados, de los enfermos y los abandonados, de aquellos que son perseguidos y castigados injustamente por sus creencias, de los que sin haber nacido se les despoja de la vida, así como de aquellos cuya carencia de fe son sumergidos en la zozobra interior.[/pullquote]

La pasión de Getsemaní

Simon_ushakov_last_supper_1685La última cena pascual, en sí misma un paradigma de dolor y alegría, suscitó intensas emociones, especialmente cuando Jesús anunció a los discípulos que prontamente derramaría su sangre para redimir los pecados del mundo (Ver Mt 26,18 y ss. y Lc 22,19-20). También les dijo que «había llegado la hora» para acudir junto al Padre (Jn 17,1.), y que Pedro le negaría pronto. Sorprendidos, los discípulos también escucharon que uno de ellos le iba a traicionar: ¿Cómo podría ocurrir aquello? (Mt 26, 21-25)

Más tarde, abandonando el lugar de la cena, se alejaron de la ciudad, descendiendo por un camino escalonado para acudir al Monte de los Olivos, “a la otra parte del torrente de Cedrón”, donde había un huerto cercado, poblado de olivares con un molino (Jn 18,1.). Aquel lugar se llamaba Getsemaní, el lugar de los lagares (gat) de aceite (chemani).

Era un paraje tranquilo y solitario, donde Jesús y los discípulos solían pasar la noche cuando visitaban la Ciudad Santa. Según su costumbre, el Señor deseaba orar en la tranquilidad del campo (Lc 22,39). Pero cada paso andado hacia Getsemaní le hundía en mayor aflicción. También los discípulos permanecían pensativos y taciturnos (Mt 26,22): Aún resonaban sus misteriosas palabras: «Esta noche se escandalizarán por causa mía» (Mc 14,27). Una prueba terrible iba a suceder, pues aquella fraternidad iba a extraviarse; se ausentaría el Maestro, permaneciendo como ovejas sin pastor.

Apesadumbrados, atravesaron el umbral del huerto. En la puerta permanecen ocho de los apóstoles, pasando Jesús adelante con los que tenía más cercanos a su corazón (Mt 26,37; Mc 14,33). Uno de ellos es Pedro, tozudo y franco. Otro es Juan, el vidente de Patmos, cuya densidad metafísica y cordial se revela en su Evangelio, así como en sus Cartas. El tercero es Santiago, el impetuoso «hijo del trueno» (Mt 4,21; Mc 3,17). Son sus amigos de mayor confianza. Los necesitaba cerca. Precisamente, para ese momento de inmensa fragilidad, el Señor Jesús eligió como compañía a los mismos tres que había bendecido con la experiencia de la Transfiguración, milagro donde se reveló su identidad mesiánica, de Hijo de Dios (Mc 9, 2-8).

Pero aún toma cierta distancia, como a tiro de piedra, entre los que había elegido como compañeros para aquella decisiva jornada (Lc 22,41). Desea permanecer solitario, en oración. Escoge el aislamiento para sumergirse en su mismidad, abriendo plenamente el corazón al Padre. En aquella jornada Jesús nos revela una realidad fundamental de la condición humana: la fragilidad.

La oración del Señor afligido

Con voz clara, aunque apenada, les manifiesta a sus tres compañeros, asaltados por el sueño: «Me muero de tristeza; quedaos aquí y velad conmigo», porque sentía abatimiento y angustia (Mt 26,37-38). Son exclamaciones del Salmo 43,5 en las que resuenan también expresiones de otros salmos. «Estas palabras –destaca el Papa Ratzinger— se han hecho del todo personales, palabras absolutamente propias de Jesús en su tribulación” ((Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada de Jerusalén hasta la Resurrección, Ediciones Encuentro, Madrid 2011, p. 61.)).

En medio de aquel tormento los discípulos cedieron al agotamiento, cayendo profundamente dormidos. Jesús los reprocha, especialmente a Pedro: «¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación. Que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,40-41).

En la amonestación del Señor hay como dos dimensiones: Jesús necesita el sostén de sus amigos, pero su tristeza aumenta porque ninguno comprende la magnitud de la prueba que afronta.

Con aquella recriminación el Señor quiere acentuar y hacer perdurar otra dimensión: el llamamiento a la vigilancia contra la tentación y el pecado, destacada por Benedicto XVI: «La somnolencia de los discípulos sigue siendo a lo largo de los siglos una ocasión favorable para el poder del mal. Esta somnolencia es un embotamiento del alma, que no se deja inquietar por el poder del mal en el mundo, por toda la injusticia y el sufrimiento que devastan la tierra. Es una insensibilidad que prefiere ignorar todo eso; se tranquiliza pensando que, en el fondo, no es tan grave, para poder permanecer así en la autocomplacencia de la propia existencia satisfecha. Pero esta falta de sensibilidad de las almas, esta falta de vigilancia, tanto por lo que se refiere a la cercanía de Dios como al poder amenazador del mal, otorga un poder en el mundo al maligno» ((Joseph Ratzinger, Ob. cit., p. 61.)).

Ante la perspectiva de un dolor enorme Jesús se siente abandonado. La “hora” esperada y temida del combate final con las fuerzas del mal, de la gran prueba, ha arribado. Pero la causa de su angustia es más profunda: aprecia que está cargado de los males e indignidades del mundo. No ha cometido mal alguno, pero es lo mismo, porque lo ha asumido libremente: «Él llevó nuestros pecados en su cuerpo» (1Pe 2,24). Clama al Padre para que lo libere de este holocausto: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí este cáliz» (Mt 26,39; Mc 14,36). Jesús se dirige a Yahvé como un niño a su padre. La Epístola a los Hebreos relata que el Señor ofreció «ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte» (Heb 5,7).

Aquella noche Jesús se llenó de aprensión y angustia cuando sintió de golpe la proximidad de la muerte. La verdad es que hacía tiempo aguardaba aquel desenlace, pero aún no lo sentía cercano. Aquel momento inaplazable y amenazador lo arremete. «Ante la muerte inminente, el pavor que experimenta es como el estupor de la naturaleza humana» ((Pierre Benoit, Pasión y resurrección del Señor, FAX, Madrid 1971, p. 22.)).

«Debe quedar rotundamente establecida la desgarradora pena, la tristeza con tristeza mortal, que el Señor experimenta, el vehemente “miedo mortal” que lo deja exánime (Mt 26,38; Mc 14,34). Al emplear este verbo, Mateo y Marcos quisieron dejar claramente establecido el gran pesar del Señor Jesús» ((Juan de Maldonado, Comentario al Evangelio de Mateo, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1956, p. 964.)).

«La angustia del Salvador es algo mucho más radical que la angustia que asalta a cada hombre ante la muerte. Es el choque frontal entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, el verdadero drama de la decisión que caracteriza a la historia humana», destaca Benedicto XVI ((Joseph Ratzinger, Ob. cit., p. 62.)).

La “experiencia angustiosa” es una situación que representa claramente los sentimientos internos de Jesús. La angustia, en griego “merimnáo”, describe a una persona que está sobrellevando una experiencia de desamparo, una “temerosa agonía”, un momento de desolación ((Alfred Plummer, Gospel According to S. Luke, en Critical and Exegetical Commentary, T. & T. Clarrk, Edinburgh 1989, p. 510.)).

Giuseppe Ricciotti interpreta la agonía del Señor como «trepidación ansiosa», tristeza extrema de quien está enzarzado «en la postrera lucha contra la muerte» ((Giuseppe Ricciotti, Vida de Jesucristo, EDIBESA, Madrid 2000, p. 444.)). En palabras de Joseph M. Lagrange, «la angustia causada por la vaga aprensión de un mal que se ve venir» ((Joseph M. Lagrange, Vida de Jesucristo, EDIBESA, Madrid 1999, p. 472.)).

Y añade Pierre Benoit: «Vemos a Jesús en su naturaleza humana, probando lo que todo hombre conoce, la angustia de la muerte, pero con sensibilidad excepcional y ante una muerte excepcional también. Jesús quiere pasar por esa condición para sufrir la última prueba» ((Pierre Benoit, O.P., Pasión y resurrección del Señor, FAX, Madrid 1971, p. 22.)).

Mientras que Benedicto XVI expone que «Jesús forcejea con el Padre. Combate consigo mismo (…) Combate por nosotros. Experimenta la angustia ante el poder de la muerte. Esto es ante todo la turbación propia del hombre, más aún, de toda criatura viviente ante la presencia de la muerte. En Jesús, sin embargo, se trata de algo más. En las noches del mal, él ensancha su mirada. Ve la marea sucia de toda la mentira y de toda la infamia que le sobreviene en aquel cáliz que debe beber. Es el estremecimiento del totalmente puro y santo frente a todo el caudal del mal de este mundo, que recae sobre él» ((S.S. Benedicto XVI, Misa de la Cena del Señor, Jueves Santo, 5/4/ 2012.)).

En el campo de Getsemaní Jesús nos tiene ante su vista. Ora por nosotros. Así, este momento de angustia mortal del Señor se convierte en un elemento crucial en el proceso de la Redención. Por eso, la Carta a los Hebreos ha definido el combate de Jesús en aquel olivar como un acto sacerdotal. En esta oración, impregnada de una angustia mortal, el Señor ejerce el oficio del sacerdote: «Toma sobre sí el pecado de la humanidad, a todos nosotros, y nos conduce al Padre» ((Allí mismo.)).

Ahora bien, la agonía de Jesús constituye también un combate contra la angustia. La experiencia que vive en el huerto, descrita con la palabra “stenokhoria” en los textos griegos, se opone radicalmente a la actitud desesperanzada, del griego “aporia” (Ver 2Cor 6,4 y 4,8.). Su dolor abre camino a una muerte fructificadora, a una actitud de servicio que se multiplica en dimensiones infinitas.

El Señor estaba postrado por la tristeza, más no desesperanzado o derrotado. La tensión y la ansiedad acumuladas en la soledad del huerto hacen que Jesús transpire como gotas de sangre (Lc 22,44). Tal fue la agonía que su sudor peculiar transparentaba violentísimas emociones. En Getsemaní pudo repetir el Señor la oración de un Salmo familiar: «Me circundaron los dolores de la muerte y los peligros del infierno me cercaron» (Sal 114,3).

Las lecciones de Getsemaní sobrepasan los alcances del sólo intelecto humano. Quizá someramente podemos vislumbrar algunas dimensiones del misterio del huerto. En la oración de Jesús, sin embargo, recogemos enseñanzas fundamentales: la esperanza y confianza en el Padre; su auto-donación, conduciendo la humanidad hacia lo alto, a Dios; su amor por nosotros, hasta el cruento sacrificio y la transformación de la cruz en fuente de vida; y el infinito amor de Dios por nosotros, dispuesto a sacrificar a su Hijo en el dolor del Gólgota.

© 2014 – Alfredo Garland B. para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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