estrellasLas estrellas son una maravilla del Universo que siempre me ha impresionado. Siempre fijas, siempre brillantes, siempre lejanos diamantes en el lienzo oscuro del cielo nocturno. Lo que más me maravilla es la verdad de las estrellas: lo que a nuestros ojos se revela simplemente como un punto brillante es en realidad una gigantesca masa ovoide de plasma, a temperaturas terriblemente altas, alrededor de la cual giran más masas gigantes en algún punto lejanísimo de aquí.

La soledad de las estrellas es lo que me impresiona, su majestad incólume, su quietud regia. Tan quietas y tan distantes, que muchos han creído a lo largo de la historia que estaban puestas allí, al azar en una suerte de bóveda giratoria, que repetía el mismo movimiento circular continuamente, que lo había venido haciendo desde siempre, y que por siempre lo continuaría. Una gigantesca esfera protectora, un siempre igual contexto, bello e inmutable.

[pullquote]Sin embargo, la mayor belleza de las estrellas no está en ellas mismas, sino en aquello que producen en los corazones de los seres que las contemplan. La mayor belleza de las estrellas está en el corazón de los hombres. Pues, si no hubiese nadie en este Universo que pudiese apreciar en una noche despejada a estas finas gigantes, ¿cómo podrían llamarse bellas? ¿Quién podría decir de ellas tal cosa? Nosotros hacemos bellas a las estrellas, y ellas nos hacen personas.[/pullquote]

He aquí la profundidad del asunto de las estrellas, que son bellas porque un miserable las contempla y se pregunta por ellas. Miles, no, millones de millones de kilómetros nos separan de ellas. Y sin embargo, aquí, desde nuestra casa, las contemplamos en su marcha seductora. ¿Y quién, sabiendo la verdad de las estrellas, no ha sentido en su corazón el deseo de alcanzarlas? ¿Quién no ha gustado, en una noche especial, el sabor de su cercanía? Quizá por eso es que se creía que eran simples puntos en una bóveda, huecos en una esfera oscura que dejaban escapar la luz que se encontraba más allá… Quizá estos tuviesen algo de razón, porque querían que estos puntos fuesen más alcanzables, o quizá querían aquello que se encontraba más allá.

Hace mucho tiempo las estrellas eran el hogar de Dios, y luego nosotros, con nuestra ciencia, las profanamos. Ahora sabemos lo que son, ahora sabemos de su lejanía, ahora nos tenemos que conformar con nuestro pobre y mediocre sol. ¿O no? ¿Quién se conforma con mirar las estrellas sin desearlas? Aquel es un iluso, pues ha acallado en sí lo más humano que tiene el hombre. Nosotros hacemos bellas a las estrellas, y ellas nos hacen hombres.

Porque, díganme, ¿qué hay más misterioso que las estrellas? Más allá de nuestros cálculos y nuestras miradas científicas y sabihondas, díganme, ¿qué conocemos de las estrellas? Se mueven según las leyes físicas, oh sí; se encuentran en las galaxias, por supuesto, se la pasan fusionando hidrógeno en helio, sí señor, y no son eternas, no no no, tienen todas un tiempo de vida. Y con todo esto se habrá dicho tanto de las estrellas como un formulario puede decir de un hombre.

El misterio de las estrellas reside en la atracción que nos generan, a pesar de saber que no las podemos alcanzar. Las deseamos, las queremos, las contemplamos, soñamos con ellas, pero ellas siguen igual de lejanas, igual de inalcanzables, igual de regias y majestuosas, de incólumes y solas. El misterio de las estrellas reside en que son todo lo contrario a una bóveda, que aunque alcanzable, es a la vez esclavizadora. No. Ellas no nos encierran, nos abren a una luz más potente, más poderosa, más duradera, más majestuosa, regia e incólume. Ellas nos permiten la nostalgia, de saber que lo que de ellas vemos es solo el pasado lejano, que nos recoge una luz que ha demorado millones de años en llegar, como guiñándonos el ojo y restregándonos en la cara que nunca las podremos capturar. Ellas nos permiten la humildad y la pequeñez, pues rigen el cielo y delimitan nuestros tiempos; nos enseñan a ser siervos pacientes, siervos confiados.

[pullquote]¿Qué tenemos, en verdad, de las estrellas, si no es solo el deseo? ¿Qué tenemos si no es solo la nostalgia? Ellas nos educan en la pedagogía de los misterios. Su misterio nos hace bien, pues si las alcanzáramos algún día, perderían su belleza, esa que es la mayor de todas. Si las capturáramos, seríamos menos hombres. Ellas, que son ahora reinas se convertirían en esclavas, y nosotros, de siervos no pasaríamos a amos, sino a esclavos también, pero de nuestro orgullo. Y ahí sí que no habría vuelta atrás. No. Nuestro lugar está allí, entre el cielo y la tierra. Está allí, contemplando las estrellas que nos rigen, pero que a la vez nos sirven. Está en comprender que pueden a la vez habitar en nosotros la infinita pequeñez y la desmesurada grandeza, que para ser más, hay que dejarse regir, hay que confiar.[/pullquote]

En ese momento las estrellas habrán ganado más belleza, si esto es posible, pues habrán cumplido su función más importante, aquella cuyo campo de trabajo es el corazón del hombre. Serán más bellas, porque nosotros hacemos bellas a las estrellas, y ellas nos hacen como Dios hecho hombre.

© 2016 – Sergio Mavridis para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Sergio Mavridis

Sergio nació en Lima (Perú). Estudió 3 años de Ingeniería Mecatrónica en la PUCP. Es integrante del Sodalicio de Vida Cristiana.

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