Reconozco que mi actitud hacia este controversial fenómeno ha sido contradictoria, así como para muchos otros: de un lado tenemos a quienes ven en Sor Cristina una abanderada de la Nueva Evangelización, una religiosa que ha acogido el llamado del Papa Francisco a ir a las periferias a anunciar al Señor. De otro lado, tenemos a quienes ven con suspicacia el hecho de que una joven religiosa se exponga a las circunstancias propias de un “reality show”, donde muchas veces prima la frivolidad, la sensualidad, y en resumen, todo lo que está mal en el mundo de hoy.

No pretendo hablar ex cathedra, ni tratar de “resolver” el problema; son simplemente una reflexiones muy personales acerca del fenómeno.

Sor Cristina pasó la primera parte de “La Voz Italia” siendo escogida por J-Ax en las llamadas audiciones ciegas. El paso siguiente, donde compiten dos artistas del mismo mentor, fue ganada por la religiosa cantando “Girls just want to have fun”, y la siguiente ronda cantando “Hero”, de Mariah Carey.

“Girls just want to have fun” es una canción interpretada originalmente por Cyndi Lauper y muy popular en los años ochenta. He aquí la letra original con una traducción (muy) informal, y que dio origen a este artículo:

I come home in the morning light
My mother says when you gonna live your life right
Oh mother dear we’re not the fortunate ones
And girls they want to have fun
Oh girls just want to have fun

The phone rings in the middle of the night
My father yells what you gonna do with your life
Oh daddy dear you know you’re still number one
But girls they want to have fun
Oh girls just want to have

That’s all they really want
Some fun
When the working day is done
Girls – they want to have fun
Oh girls just want to have fun

Some boys take a beautiful girl
And hide her away from the rest of the world
I want to be the one to walk in the sun
Oh girls they want to have fun
Oh girls just want to have
That’s all they really want
Some fun

When the working day is done
Girls – they want to have fun
Oh girls just want to have fun,
They want to have fun,
They want to have fun…

Llego a casa a la luz de la mañana
Mi madre pregunta, cuándo vas a vivir bien tu vida
Oh madre querida, no somos las afortunadas,
Y las chicas quieren divertirse
Oh las chicas sólo quieren divertirse

El teléfono suena en medio de la noche
Mi padre grita, qué vas a hacer con tu vida
Oh papá querido, sabes que todavía eres el número uno
Pero las chicas quieren divertirse
Oh las chicas sólo quieren tener…
Eso es todo lo que realmente quieren
Un poco de diversión

Cuando el trabajo del día termina
Chicas, que quieren divertirse
Oh, las chicas sólo quieren divertirse

Algunos chicos toman una chica hermosa
Y la ocultan para el resto del mundo
Quiero ser la que camina bajo el sol
Oh las chicas que quieren divertirse
Oh las chicas sólo quieren tener
Eso es todo lo que realmente quieren
Un poco de diversión

Cuando el trabajo del día termina
Chicas, que quieren divertirse
Oh las chicas sólo quieren divertirse,
Quieren divertirse,
Ellas quieren divertirse…

Como se ve, no es una letra muy profunda o poética. Sin embargo la música es pegajosa y quienes tuvimos la suerte de vivir los ochenta la recordamos tal vez con un poco de nostalgia. No obstante, viniendo de una joven religiosa, el mensaje se podría tornar confuso: se quiera o no, el mundo mira a los religiosos de una manera especial; se suele pensar –aún en culturas ya no muy religiosas- que los estándares de comportamiento son más altos para los hombres y mujeres consagrados. Esto se ha evidenciado en el último tiempo en las críticas a clérigos (obispos, sacerdotes, e incluso algún Cardenal) que no están viviendo la austeridad a la que nos invita el mismo Papa Francisco.

Podemos preguntarnos entonces: ¿cómo abordar este difícil tema? Propongo un breve repaso sobre algunos documentos que nos pueden dar luces para hacernos una idea de lo que ocurre.

 Ir a las periferias

El Papa Francisco nos ha llamado a “salir a las periferias”. Su frase «Prefiero mil veces una Iglesia lesionada [en el salir a evangelizar, se entiende] que una Iglesia enferma» ha marcado un derrotero muy claro para el proyecto de Nueva Evangelización “actualizado” al modo Francisco.

Lo primero que tenemos que hacer es diferenciar entre la invitación de la Iglesia a usar los medios de comunicación como medio de crecimiento personal y apostolado, y la natural precaución frente al uso indiscriminado o indebido de los mismos, para todos los fieles pero en especial para los sacerdotes, religiosos y personas consagradas. Esto debe ser tenido en cuenta en todo momento, y puede servirnos de hilo conductor al inquirir sobre el tema que nos ocupa.

Comencemos este recorrido con el Derecho Canónico, que es el conjunto de normas que asisten a la Iglesia en su misión tanto en lo espiritual como en lo temporal. El “Código de Derecho Canónico”, por ejemplo, regula un gran número de temas, como los derechos y obligaciones de los católicos, la manera de celebrar los sacramentos, las sanciones de diverso tipo, etc. ((Este código es para la Iglesia Latina. Las Iglesias Católicas Orientales tienen su propio Código, pero no es el tema de este artículo.)). En el canon 607 del Código de Derecho Canónico leemos lo siguiente:

§ 1. La vida religiosa, como consagración total de la persona, manifiesta el desposorio admirable establecido por Dios en la Iglesia, signo de la vida futura. De este modo el religioso consuma la plena donación de sí mismo como sacrificio ofrecido a Dios, por el que toda su existencia se hace culto continuo a Dios en la caridad. (…)

§ 3. El testimonio público que han de dar los religiosos a Cristo y a la Iglesia lleva consigo un apartamiento del mundo que sea propio del carácter y la finalidad de cada instituto.

El “apartamiento del mundo” enunciado en el canon anterior reviste diferentes modos, formas y expresiones; sin embargo, es claro que un religioso ha sido “apartado del mundo”, aun cuando por su misión y vocación le corresponda vivir su carisma en medio del mundo. Este es un primer punto a tomar en cuenta. De hecho, «la aportación específica que los consagrados y consagradas ofrecen a la evangelización está, ante todo, en el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y a los hermanos, a imitación del Salvador que, por amor del hombre, se hizo siervo». Esto es lo primero, y si el consagrado o religioso lo olvida está dándole la espalda a su propia identidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica, que es una guía fundamental para el actuar del cristiano, nos dice sobre el tema de los consagrados:

931. Aquel que por el Bautismo fue consagrado a Dios, entregándose a Él como al sumamente amado, se consagra, de esta manera, aún más íntimamente al servicio divino y se entrega al bien de la Iglesia. Mediante el estado de consagración a Dios, la Iglesia manifiesta a Cristo y muestra cómo el Espíritu Santo obra en ella de modo admirable. Por tanto, los que profesan los consejos evangélicos tienen como primera misión vivir su consagración. Pero “ya que por su misma consagración se dedican al servicio de la Iglesia están obligados a contribuir de modo especial a la tarea misionera, según el modo propio de su instituto” (CIC 783; cf. RM 69).

Vemos en este numeral cómo se reafirma que el consagrado, por su misma consagración, debe también participar de la misión evangelizadora de la Iglesia; recordando siempre que es fundamental para todos los cristianos vivir el testimonio del encuentro con Dios, en cualquier ámbito, no sólo para los religiosos:

La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos (…) Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo (cf Ef 1,22), contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres (n. 2044).

En el contexto más amplio del arte como expresión de lo humano, podemos hacer un primer acercamiento al tema concreto de Sor Cristina y su talento musical desde el Catecismo:

2501. El hombre, “creado a imagen de Dios” (Gn 1,26), expresa también la verdad de su relación con Dios Creador mediante la belleza de sus obras artísticas. El arte, en efecto, es una forma de expresión propiamente humana; por encima de la satisfacción de las necesidades vitales, común a todas las criaturas vivas, el arte es una sobreabundancia gratuita de la riqueza interior del ser humano. Este brota de un talento concedido por el Creador y del esfuerzo del hombre, y es un género de sabiduría práctica, que une conocimiento y habilidad (cf. Sb 7,16-17) para dar forma a la verdad de una realidad en lenguaje accesible a la vista y al oído. El arte entraña así cierta semejanza con la actividad de Dios en la creación, en la medida en que se inspira en la verdad y el amor de los seres. Como cualquier otra actividad humana, el arte no tiene en sí mismo su fin absoluto, sino que está ordenado y se ennoblece por el fin último del hombre (cf Pío XII, Mensaje radiofónico del 24 diciembre de 1955; Id. Mensaje radiofónico dirigido a los miembros de la Juventud Obrera Católica -J.O.C., 3 de septiembre de 1950).

Podemos entonces decir que es un deber el poner al servicio de los demás los dones que el Señor nos ha concedido, y en el caso de sor Cristina es evidente que está poniendo su arte no sólo al servicio de los demás, sino también al servicio de Dios, cuando vemos que no se avergüenza de su estado de religiosa sino que –según sus propias palabras— lo usa para anunciar al Señor. Hasta aquí podemos decir que (dando por supuesta la buena fe) existe una intención recta en la hermana Cristina y las autoridades de su comunidad que la han apoyado en su decisión.

Los medios de comunicación

En concreto sobre el tema de las comunicaciones sociales, nos dice el Catecismo que «dentro de la sociedad moderna, los medios de comunicación social desempeñan un papel importante en la información, la promoción cultural y la formación. Su acción aumenta en importancia por razón de los progresos técnicos, de la amplitud y la diversidad de las noticias transmitidas, y la influencia ejercida sobre la opinión pública» (n. 2493).

Dentro de la conciencia de la Iglesia de su misión de salir al mundo –y para nuestro tiempo en el cauce de la Nueva Evangelización fruto de la renovación posconciliar—, podemos reseñar otros documentos que podrían servir de respaldo a las intenciones de Sor Cristina. Unas líneas de la exhortación apostólica Vita Consecrata de San Juan Pablo II nos dan nuevas luces para aproximarnos al tema. Es una cita un poco extensa pero vale la pena. Resalto algunas frases que me parecen claves:

El primer objetivo de la vida consagrada es el de hacer visibles las maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de las personas llamadas. Más que con palabras, testimonian estas maravillas con el lenguaje elocuente de una existencia transfigurada, capaz de sorprender al mundo. Al asombro de los hombres responden con el anuncio de los prodigios de gracia que el Señor realiza en los que ama (…) De este modo, la vida consagrada se convierte en una de las huellas concretas que la Trinidad deja en la historia, para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina.

Las personas consagradas serán misioneras ante todo profundizando continuamente en la conciencia de haber sido llamadas y escogidas por Dios, al cual deben pues orientar toda su vida y ofrecer todo lo que son y tienen, liberándose de los impedimentos que pudieran frenar la total respuesta de amor. De este modo podrán llegar a ser un signo verdadero de Cristo en el mundo. Su estilo de vida debe transparentar también el ideal que profesan, proponiéndose como signo vivo de Dios y como elocuente, aunque con frecuencia silenciosa, predicación del Evangelio. Siempre, pero especialmente en la cultura contemporánea, con frecuencia tan secularizada y sin embargo sensible al lenguaje de los signos, la Iglesia debe preocuparse de hacer visible su presencia en la vida cotidiana. Ella tiene derecho a esperar una aportación significativa al respecto de las personas consagradas, llamadas a dar en cada situación un testimonio concreto de su pertenencia a Cristo. Puesto que el hábito es signo de consagración, de pobreza y de pertenencia a una determinada familia religiosa, junto con los Padres del Sínodo recomiendo vivamente a los religiosos y a las religiosas que usen el propio hábito, adaptado oportunamente a las circunstancias de los tiempos y de los lugares. ((S.S. Juan Pablo II. Vita Consecrata, 20.27.))

Vemos de nuevo el llamado a los religiosos para que sean testimonio, especialmente en el mundo de hoy. Esta invitación es también una «llamada a buscar la competencia en el propio trabajo y a cultivar una fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas, cuando es necesario, a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial» ((Vita Consecrata, 37.)).

Algunos peligros

Pero hay que reconocer que también son muchos los riesgos que existen cuando un consagrado o religioso “sale al mundo”, especialmente en nuestro tiempo. Por ejemplo «la legítima exigencia de conocer la sociedad moderna para responder a sus desafíos puede inducir a ceder a las modas del momento, con disminución del fervor espiritual o con actitudes de desánimo (…) El deseo loable de acercarse a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, creyentes y no creyentes, pobres y ricos, puede llevar a la adopción de un estilo de vida secularizado o a una promoción de los valores humanos en sentido puramente horizontal» ((Vita Consecrata, 38.)).

En el campo de las comunicaciones sociales, y en especial en los llamados “mass media”, nos dice también San Juan Pablo II:

«Las personas consagradas, especialmente cuando por su carisma institucional trabajan en este campo, han de adquirir un serio conocimiento del lenguaje propio de estos medios, para hablar de Cristo de manera eficaz al hombre actual, interpretando sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias, y contribuir de este modo a la construcción de una sociedad en la que todos se sientan hermanos y hermanas en camino hacia Dios. No obstante, dado su extraordinario poder de persuasión, es preciso estar alerta ante el uso inadecuado de tales medios, sin ignorar los problemas que se pueden derivar para la vida consagrada misma, que ha de afrontarlos con el debido discernimiento. Sobre este punto, la respuesta de la Iglesia es ante todo educativa: tiende a promover una actitud de correcta comprensión de los mecanismos subyacentes y de atenta valoración ética de los programas, y la adopción de sanas costumbres en su uso (…) Todos los esfuerzos en este nuevo e importante campo apostólico han de ser alentados, con el fin de que el Evangelio de Cristo se transmita también a través de estos medios modernos» ((Vita Consecrata, 99.)).

Aquí se hace necesario un cuidadoso discernimiento, obrando con arrojo evangélico pero sin caer en imprudencias que podrían generar graves problemas para la persona y la misma comunidad. Es fundamental –lo decimos de nuevo— la oración y la formación necesaria para tomar decisiones difíciles, como puede ser el caso de sor Cristina y de su comunidad, las Ursulinas de la Sagrada Familia.

El mismo San Juan Pablo II le dirigió a dicha comunidad un mensaje en julio de 2002 donde –entre otras cosas— les recuerda que «el gran desafío de la inculturación exige hoy a los creyentes anunciar la buena nueva con lenguajes y modos comprensibles para los hombres de este tiempo. Una misión urgente y vastas perspectivas apostólicas se abren ante vosotras, queridas Ursulinas de la Sagrada Familia» ((S.S. Juan Pablo II. Mensaje a las religiosas Ursulinas de la Sagrada Familia con ocasión de su capítulo general, 12/7/2002)).

Como recordaba el Papa Emérito Benedicto XVI:

«La humanidad se encuentra hoy ante una encrucijada. También a los medios de comunicación social se puede aplicar lo que escribí en la encíclica Spe salvi sobre la ambigüedad del progreso, que ofrece posibilidades inéditas para el bien, pero al mismo tiempo abre enormes posibilidades de mal que antes no existían (cf. n. 22). Por tanto, es necesario preguntarse si es sensato dejar que los medios de comunicación social se subordinen a un protagonismo indiscriminado o que acaben en manos de quien se vale de ellos para manipular las conciencias. ¿No se debería, más bien, hacer todo lo posible para que permanezcan al servicio de la persona y del bien común, y favorezcan “la formación ética del hombre, el crecimiento del hombre interior?” (cf. ib.)» ((S.S. Benedicto XVI. Los medios: en la encrucijada entre protagonismo y servicio. Buscar la Verdad para compartirla. 4/5/2008.)).

Podemos decir que sor Cristina se ha metido en una de las “cavernas” del mundo moderno: Todo lo que gira en torno a los “reality shows” está lleno de vanidad, sensualidad, superficialidad, y muchos otros antivalores; incluso algunos afirman que los “reality” son la muestra más clara y transparente de la anticultura en la que vivimos. Es una experiencia compleja, ya que «el reto de la inculturación ha de ser asumido por las personas consagradas como una llamada a colaborar con la gracia para lograr un acercamiento a las diversas culturas. Esto supone una seria preparación personal, dotes de maduro discernimiento, adhesión fiel a los indispensables criterios de ortodoxia doctrinal, de autenticidad y de comunión eclesial» ((Vita Consecrata, 99.)). Características estas bastante exigentes y que suelen ser fruto de un largo recorrido, de una sólida vida espiritual y de una formación adecuada.

«La vida consagrada, por su parte, es de por sí portadora de valores evangélicos y, consiguientemente, allí donde es vivida con autenticidad, puede ofrecer una aportación original a los retos de la inculturación. En efecto, siendo un signo de la primacía de Dios y del Reino, la vida consagrada es una provocación que, en el diálogo, puede interpelar la conciencia de los hombres» ((Vita Consecrata, 99.)).

Creo que se puede afirmar que un programa televisivo, un “reality” como “la voz” hace parte de las “periferias” a las que nos llama el Papa Francisco. Y por esto, podemos preguntar: ¿No está sor Cristina viviendo esta realidad al tratar de evangelizar con su carisma y su talento uno de los “nuevos areópagos”?

© 2014 – Carlos Díaz Galvis para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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