¿Cómo vivir para ser feliz? Una persona que no se compromete con esa búsqueda, vive como cosa en medio de cosas. Negando solapadamente su naturaleza más íntima, que anhela la felicidad ... “Siento la necesidad del infinito”. Esas palabras remiten a una realidad profunda del ser humano. Esas palabras manifiestan una tendencia, una tensión-hacia (…) Por eso la experiencia de la “nostalgia de infinito” no es una aspiración pasajera, sino permanente y ligada a la existencia misma del ser humano. (…) Se trata de una dimensión constitutiva, real, que apunta a la plenitud de la persona en el encuentro con la realidad trascendente desde la cual todo recibe sentido...

20l_11578203961204066673Introducción

¿Cómo vivir para ser feliz? Una persona que no se compromete con esa búsqueda, vive como cosa en medio de cosas. Negando solapadamente su naturaleza más íntima, que anhela la felicidad.

“Siento la necesidad del infinito”. Esas palabras remiten a una realidad profunda del ser humano. Esas palabras manifiestan una tendencia, una tensión-hacia (…) Por eso la experiencia de la “nostalgia de infinito” no es una aspiración pasajera, sino permanente y ligada a la existencia misma del ser humano. (…) Se trata de una dimensión constitutiva, real, que apunta a la plenitud de la persona en el encuentro con la realidad trascendente desde la cual todo recibe sentido. (Figari, 2002: 8)

Se debe ir más allá de las cosas ordinarias. No quedarse en la superficialidad de la rutina cotidiana. Todo por lo cual nos desgastamos en la vida busca siempre la felicidad. «El deseo natural de felicidad es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer: «Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti». (San Agustin, 1998: n.29)

«Una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad como estas mismas preguntas se encuentran en los escritos sagrados de Israel, pero aparecen también en los Veda y en los Avesta; en los escritos de Confucio y Lao Tze; en los poemas de Homero y en las tragedias de Eurípides y Sófocles, así como en los tratados filosóficos de Platón y Aristóteles. Son preguntas que tienen su origen común en el corazón del hombre.» (Juan Pablo II, 1998: n.1)

La felicidad es el bien último del hombre. Eso implica realizarse desde la dimensión biológica hasta la espiritual. Si entendemos al hombre como una unidad biológica, psicológica y espiritual, entenderemos que la felicidad será un desarrollo de esas tres dimensiones. La más importante es la espiritual, cuyo fin se encuentra en nuestra relación personal con lo divino. La felicidad se define en el primer tratado sistemático de ética de la historia como la actividad más noble del alma dirigida por la virtud (Aristóteles, 2002), y la virtud más elevada.

La virtud como camino de realización

¿Qué es la virtud? Es el justo medio entre dos posturas contrapuestas. Los actos pueden pecar por defecto o por exceso. En ambos casos es una falta. Únicamente el medio es digno de alabanza, porque sólo él está en la exacta y debida medida. Así la virtud es una especie de medio. (Aristóteles, 2002)

¿Qué se entiende por el “justo medio”? No se trata de una opción por la mediocridad o tibieza. Decimos medio en relación con la definición de las acciones, en relación a su esencia, o su significado. Si nos refiriéramos a su perfección o a su bondad diríamos que es lo más excelente, lo más perfecto. «He aquí por qué a la virtud, tomada en su esencia y bajo el punto de vista de la definición que expresa lo que ella es, debe mirársela como un medio. Pero con relación a la perfección y al bien, la virtud es un extremo y una cúspide» (Aristóteles, 2002: 1107ª)

«El bien acontece por una sola e íntegra causa, el mal, en cambio, por cada uno de los defectos; como se ve claro en el bien y el mal corporales. (…) Por eso, como la salud o la belleza acontecen de un solo modo, pero la enfermedad y la fealdad de muchos o, más bien, de infinitos modos, así también la rectitud de la operación acontece de un sólo modo; pero la falta en la acción acontece de infinitos modos.» (Aquino, 2001: n.201)

[pullquote]¿Cuáles son los frutos concretos de una persona que opta por vivir la virtud? Para empezar, permite un señorío de sí mismo. Es decir, un dominio personal dirigido por la propia voluntad. Otra característica es la grandeza de espíritu. Alcanzar una realización personal principalmente en la dimensión espiritual. Esto exige un esfuerzo teórico hasta la contemplación de lo divino. Tiene que ver con la magnanimidad (magna: gran; anima: alma) y generosidad del hombre que rige su conducta por ideales y valores elevados. Otra realidad es el sentido del deber. Se entiende como una conciencia de la responsabilidad frente a las metas e ideales. El que tiene ese sentido se guía por una conciencia firme de la verdad. Hace lo que tiene que hacer, poniendo el deber por encima de cualquier otra cosa. Implica también una lucha heroica en la que se prueba el sacrificio, la entrega. Así, el virtuoso se hace dueño de sus impulsos interiores y se encamina a la verdad, conociéndose a sí mismo. (Camino hacia a Dios, 1997)[/pullquote]

La palabra “virtud” ha variado en muchos sentidos a lo largo de la historia; además, en nuestros días, ha perdido mucha de su riqueza. MacIntyre deja claro lo difícil que es darle un único significado debido a la gran variación que le han dado filósofos y pensadores (MacIntyre, 2004). Sin embargo, fuera del ámbito de la ética filosófica es muy poco mencionada. Y cuando se escucha es con tono burlesco, tergiversando el verdadero sentido que tiene. Parece ser que la palabra “virtud” o “virtuoso” sólo se puede encontrar en el Catecismo o en el diccionario. (Pieper, 2003)

Quizás la razón por la que la noción de virtud ha venido a menos sea por la visión misma del ser humano, que ha sufrido mucho: Un hombre reducido en su naturaleza se vuelve incapaz de vivir la virtud. Ya decía el Papa Juan Pablo II que ésta es una época en la que se habla mucho del hombre, pero es la época en que menos se conoce el hombre.

«Quizá una de las más vistosas debilidades de la civilización actual esté en una inadecuada visión del hombre. (…) Época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes». (S.S. Juan Pablo II, 1979: I.9)

La Virtud de la Prudencia

La prudencia es la virtud que encamina los medios necesarios para alcanzar la eudaimonia (Último fin del hombre: la felicidad. El eudemonismo es la doctrina moral de Aristóteles según la cual la beatitud es el último fin del hombre).

La prudencia está orientada a ordenar y regular todas las acciones humanas a su verdadero fin. Los actos humanos son su objeto o materia de “estudio” (en el sentido etimológico latino, de “atención altamente motivada”), regulándolo y dirigiéndolo en todas las circunstancias particulares. Es una virtud del intelecto que habilita al hombre en lo moral para dirigirse rectamente en la elección de los medios conducentes a su felicidad. Se trata de usar la inteligencia para encaminar rectamente las acciones morales. «La virtud de la prudencia debe ser tratada aparte. Es intelectual por parte del sujeto, el intelecto práctico que perfecciona habilitándolo para la dirección de la conducta humana, y es moral por la rectitud que esta dirección presupone en la voluntad.» (Simon, 1987: 333-334)

Por consiguiente, la prudencia no sólo realiza la esencia de virtud como intelectual, sino también la noción propia de las virtudes morales. (Aquino, 1956) Es pues evidente que la prudencia es virtud especial distinta de todas las demás. Versa sobre la actividad del sujeto que obra, pero a su vez se distingue de las virtudes morales ya que reside en el entendimiento (Aquino, 1956).

En la cuestión 47 –de la Secunda secundae– Tomás trata la virtud de la prudencia en sí misma. Divide la cuestión en un nivel personal y otro social. Para ello considera no sólo su esencia sino su sujeto portador. La prudencia social es una extensión proporcional o semejante a la persona. En efecto, es feliz aquél que ayuda los demás a que sean felices. La felicidad no se queda encerrada en sí misma, pues la misma naturaleza del hombre, que es un ser social, vive el encuentro por excelencia. La felicidad personal pasa por la felicidad de los demás. Una persona es feliz necesariamente si está relacionada con los otros. Cuanto más feliz uno hace a los demás, más feliz puede ser. Cada uno tiene que preocuparse por la vida de los demás, ayudándose mutuamente para obrar de tal manera que se pueda alcanzar la felicidad.

«Yo no soy capaz de buscar el bien o de ejercer las virtudes en tanto que individuo. (…) todos nosotros nos relacionamos con nuestras circunstancias en tanto que portadores de una identidad social concreta. Soy hijo o hija de alguien, primo o tío de alguien más, ciudadano de esta o aquella ciudad, miembro de este o aquel gremio o profesión; pertenezco a este clan, esta tribu, esta nación. De ahí que lo que sea bueno para mí deba ser bueno para quien habite esos papeles.» (MacIntyre, 2004: 271)

Prudencia y Sabiduría

Para hacer la relación de la prudencia con la felicidad debe estar claro cómo la prudencia debe primeramente ser orientada por la sabiduría (Perazzo, 2007: 27-30). Sabiduría entendida como la contemplación de la Verdad suprema, que ilumina la búsqueda de la felicidad.

Este punto tiene una histórica disputa (Robledo, 1996). Algunos filósofos –por ejemplo Jaeger o Copleston– son de la teoría de que para Aristóteles en su último escrito sobre ética –Ética a Nicómaco– la prudencia no se relaciona con la sabiduría. Anteriormente está la postura platónica, en la cual se dice que la phronesis es como la sophia, es decir, se trata de una especulación metafísica. Esta postura, en la cual sophia y phronesis se equiparan, metafísica y ética están unidas, era propia de los pre-socráticos, y se degrada con los sofistas, que separan la ética de la metafísica. Sócrates y Platón vuelven a unir el logos y ethos (Aubenque, 2003).

«Toda la filosofía griega se caracterizaba por la oscilación entre el ideal de vida contemplativa y el ideal de vida política. Antes de Platón, el primero era representado por Parménides, Anaxágoras y Pitágoras, el segundo por los sofistas. El camino socrático sería un primer ensayo de conciliación, tendiendo a fundar el ideal práctico sobre una base reflexiva. Pero es Platón quien propone la verdadera síntesis de los dos ideales, haciendo del conocimiento de las Ideas, en particular la Idea del Bien, el fundamento de la propia vida política.» (Aubenque, 2003: 28)

La idea de la profunda relación entre la prudencia y la capacidad de abrirse a la contemplación divina propia de la sabiduría, le da al hombre el fundamento último de las virtudes morales. La prudencia es así guiada y abierta a la sophia. El logos y el ethos están profundamente relacionados.

«La prudencia ¿es una luz que se baste a sí misma para ser faro y norte de nuestra acción (…) o, se alimenta a su vez en otra luz más alta, en un hábito intelectual que por su parte sí tiene comercio con lo necesario y absoluto? En el primer caso estaríamos en presencia de una ética relativista y empírica. En el otro caso tendría un fundamento único e inconmovible.» (Robledo, 1996: 208)

“Dios es el fin con referencia al cual dicta sus mandatos la prudencia.” (Aristóteles, 1996:n.1249b) Los medios que alcanza la prudencia están en vista a la “contemplación de Dios”. Serían así viciosos los “bienes” que por exceso o defecto impidan servir y ver a Dios. El famoso “término medio” no se fija bajo una moral relativista medida por las cambiantes circunstancias, sino que está regido por las exigencias del Bien Ideal.

Se debe diferenciar la prudencia de la sabiduría, pero aceptar su mutua relación. Las dos se enriquecen y permiten que el hombre no viva un abismo entre su contemplación divina y la vida práctica. Más bien, la apertura a Dios es un norte seguro para que la prudencia bien encaminada permita alcanzar con una norma objetiva el famoso medio término en las virtudes morales. Para Santo Tomás, la prudencia está abierta a la sabiduría y la tiene como su guía. Robledo en su ensayo sobre las virtudes intelectuales lo hace notar:

«Esta elaboración es, según vimos, uno de los frutos espléndidos de la patrística y la escolástica, y Santo Tomás la lleva a su mayor perfección al hacer de dicho hábito la sindéresis, el repositorio de los preceptos de la ley natural, los cuales son, como dice el santo, los primeros principios de los actos humanos. (…) la participación de la ley eterna divina en la criatura racional, resulta en conclusión que esta nuestra pobre prudencia humana se llega en última instancia, por la vía de la sindéresis, a la sabiduría legisladora del Creador.» (Robledo, 1996: 218)

Prudencia y felicidad

[pullquote]La virtud más elevada del ser humano es la sabiduría, que contempla las verdades fundamentales. Esto es fundamental para vivir la felicidad. En la actividad de la contemplación intelectual el hombre alcanza el vértice de sus posibilidades y actualiza cuanto de más elevado hay en él. La felicidad de la vida contemplativa conduce de alguna forma más allá de lo puramente humano; nos pone en contacto con la divinidad. (Reale, 1992)[/pullquote]

«Pero una vida así será, sin duda, superior a la naturaleza del hombre; en realidad, no le corresponde vivir de esta manera en cuanto hombre, pero sí en cuanto hay en él algo divino; y en la medida en que esto supera la estructura compuesta del hombre, en esa misma medida su actividad se eleva por encima de la que es conforme a las otras virtudes.» (Aristóteles, 2002: n.1177b)

Esta contemplación es llevada a lo particular por la prudencia, buscando aplicar a la voluntad aquello contemplado por la razón con la sabiduría. La verdad de la sabiduría es la contemplación divina, y la prudencia aplica ese “conocimiento” a la vida. La prudencia encuentra la manera de lograr en la práctica los “objetos” inmutables contemplados por la sabiduría.

La contemplación de Dios como fuente de la felicidad es una idea que aparece implícita en el pensamiento de Aristóteles expresado en la Ética a Nicómaco. La contemplación espiritual influyó mucho en todo el pensamiento posterior de los filósofos cristianos, que la encontraron muy acomodable a sus fines. (Copleston, 1994) Para el Nuevo Testamento así como para Aristóteles la virtud tiene la misma estructura lógica y conceptual: cualidad cuyo ejercicio conduce al logro del telos humano. (MacIntyre, 2004) Aristóteles pone un énfasis en la actividad del alma racional y la virtud como camino para esa felicidad, dejando abierta la puerta para la reflexión en torno a Dios, que es la actividad más elevada del alma racional. «Así pues, el ser humano es teologal. Se trata de una nota de su realidad más profunda, y que cualifica su humanidad». (Figari, 2002: 13)

La prudencia es una especie de inteligencia práctica. Practicar lo que es contemplado por la sabiduría. Entonces la prudencia pone los medios necesarios para vivir lo alcanzado por la sabiduría. Es la síntesis entre teoría y práctica, metafísica y ética, logos trascendente y areté.

Hemos concluido cómo, guiada por la sabiduría, la prudencia se aplica al conocimiento claro y hábil de la verdad, aplicándola a la vida moral. (Robledo, 1996) Por lo tanto existe una manera verdadera de realizar la naturaleza humana. En la medida que se conoce esa verdad y se realiza la actividad más noble del ser humano se puede alcanzar la felicidad.

La prudencia es la virtud que rige la vida humana. La orienta y ordena según el sentido que le da la sabiduría. Es un “hábito práctico verdadero, acompañado de razón, con relación a las cosas buenas y malas para el hombre” (Aristóteles, 2002:n.1140b) La prudencia ordena la obra propia del hombre para lograr ese bien último. Es imposible ser bueno sin ser prudente. (Aristóteles, 2002) La prudencia así es virtud necesaria para la vida humana. (Aquino, 1956)

El “bien del hombre” es el objeto de la prudencia. El prudente busca los mejores actos según la razón para ser consecuente con la felicidad. Es un hábito verdadero y práctico que trata los bienes y males de los hombres conforme a la razón. El hombre prudente no sólo conoce la felicidad, sino que se dirige a obrar ese fin último particular. No se contenta con sólo saber lo que es la felicidad (en la medida siempre perfectible de los posibles), sino en ponerla por obra. Esa razón práctica determina una acción concreta para alcanzar ese bien (Aristóteles, 2002). La prudencia es lo que nos lleva a vivirla. (Robledo, 1996)

Conclusión

Si la felicidad se entiende como la realización plena del hombre viviendo la virtud más elevada, se concluye que se trata de un camino largo en el que cada uno se debe esforzar por alcanzar su plenitud. Se debe buscar la excelencia y esforzarse por descubrir ese camino de la virtud.

Ya Aristóteles hablaba de lo importante que es la contemplación divina para vivir esa felicidad. Santo Tomás recogiendo el pensamiento del Estagirita lo sintetiza con el pensamiento cristiano y concluye que sólo Dios puede hacernos realmente felices. Sin embargo, esa sabiduría –virtud que nos eleva a la contemplación del ser absoluto– debe ser llevada a la práctica. El ser humano no sólo tiene inteligencia, sino que está dotado de la voluntad, por lo cual debe tomar decisiones que lo encaminen según lo contemplado por la sabiduría. La prudencia es, por lo tanto, la virtud del entendimiento práctico que permite actualizar lo contemplado por la sabiduría.

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© 2015 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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