Las Cruzadas despiertan profundas pasiones. Por lo general son incomprendidas porque se carece de la adecuada información histórica o, lo que es más grave, se las juzga a partir de prejuicios anti-católicos. Las Cruzadas fueron expediciones de carácter religioso y militar, sostenidas entre 1095 y 1291, emprendidas por los reinos cristianos del Occidente europeo hacia el Medio Oriente con el propósito de liberar los Santos Lugares de la dominación mahometana.

En su libro “El Islam”, una de las más consultadas historiadoras de la religión, Karen Armstrong, calificó las Cruzadas como «un acontecimiento vergonzoso, aunque importante para la historia Occidental» ((Karen Armstrong, El Islam, Mondadori, Barcelona 2000, p. 152.)).

51WBPRHPR3LEl peyorativo juicio de la escritora británica demuestra que las distorsiones sobre las Cruzadas aún persisten. Sin mayor fundamento, aquellas opiniones mediatizadas por los prejuicios sostienen que los cruzados fueron europeos codiciosos de poder y de riquezas, y que invadieron territorios pertenecientes a una cultura avanzada y sofisticada, la islámica. Esta idea fue impuesta, en primer lugar, por el historiador del siglo XVIII, Edward Gibbon. Otro de los estudiosos que tempranamente estableció una serie de errores conceptuales sobre las Cruzadas fue el francés Joseph-Francois Michaud, quien entre los años 1812 y 1822 publicó su Histoire des croisades. Según Michaud, las Cruzadas fueron “instrumentos gloriosos” de proto-imperialismo. Empleando aquellos criterios más bien ideológicos, diversos autores dieron por sentado que las campañas de los ejércitos cristianos en el Oriente constituyeron uno de los primeros intentos de colonialismo europeo. Tesis similares han sido continuadas por autores modernos como el también inglés Steven Runciman ((Steven Runciman, Historia de las Cruzadas, Alianza, Madrid 1973; tres tomos.)) y la mencionada Armstrong ((Karen Armstrong, Holy War: The Crusades and Their Impact on Today’s World, Anchor Books, New York 2001.)).

Entre los juicios erróneos y prejuiciados más frecuentes podemos enumerar:

  1. Que durante sus expediciones al Levante los Cruzados enfrentaron a opositores que eran culturalmente superiores.

Esta visión surgió a partir de una imagen romántica, cultivada por cierta literatura legendaria pero escasamente respetuosa de la historia. Entre los autores que impulsaron dicha visión estaba Walter Scott, quien escribió sus novelas en la primera parte del siglo XIX. En la imaginería del escritor inglés los cruzados fueron aventureros de escasa educación, infantiles en sus acciones y particularmente destructivos. Sus incursiones estaban destinadas a agredir a una civilización más avanzada que la suya, el Islam.

La realidad histórica es distinta. El sociólogo Rodney Stark manifestaba que la cultura árabe-islámica se edificó en una importante medida sobre la base de los conocimientos adquiridos durante las conquistas de pueblos ilustrados como los griegos cristianos, los persas y los hindúes. «La sofisticada civilización generalmente atribuida a los musulmanes –nombrada frecuentemente cómo “cultura árabe”– adoptó, en numerosas de sus facetas, los conocimientos acumulados por los pueblos conquistados, como la civilización judeo-cristiana-bizantina, el bagaje adquirido de la astronomía persa y los conocimientos matemáticos de los hindúes» ((Rodney Stark, God’s Battalions. The case for the Crusades, Harper One, New York 2009, p. 60.)). Incluso, tras las invasiones, la cultura islámica continuó recibiendo el influjo de los sabios vasallos “no-islámicos”, los denominados “dhimmi”.

Runciman, reconocido por sus escasas simpatías con los ideales cruzados, manifestó el siguiente juicio sobre la relación entre la cultura cristiana bizantina y el naciente Islam: «La importancia de Bizancio en la edificación de la civilización islámica fue enorme. Los árabes que salieron del desierto eran personas simples; los educados eran escasísimos. Más bien poseían la adustez del nómada del desierto (…) Aunque dominada por los musulmanes, esta civilización, llamada “bizantina”, continuó repartiendo el influjo cultural de Bizancio» ((Steven Runciman, Byzantine Civilization, Barnes & Noble, New York 1994, pp. 233-234.)).

Ciertamente el imperio forjado por los mahometanos a partir del siglo VII alcanzó un esplendor sorprendente. En notable medida los sabios musulmanes se valieron para sus conocimientos del saber heredado de culturas más antiguas, como la griega, o emplearon el cúmulo científico de los “dhimmi”, como fue el caso de la medicina, cuyos primeros tratados procedían de médicos cristianos alejandrinos.

Una de las etapas de mayor desarrollo cultural ocurrió bajo el Califato Abásida. Afincados en la estratégica urbe de Bagdad, los Abásidas, cuyo señorío abarcó los siglos VIII al XII, lograron reunir a sabios de diversas culturas y religiones. Destaca en el siglo IX Muhammad al-Khwarizmi, quien estableció los principios del álgebra, un nombre derivado de su libro “Kitab al-Jabr”; Al-Hasan Ibn al-Haytham, desarrolló la óptica y las primeras nociones teóricas sobre la luz; el persa Abu Raihan al-Biruni calculó la circunferencia de la Tierra con casi 1% de error; y en el siglo XI el cirujano Avicena publicó su “Canon Médico”, que sirvió de manual para los médicos tanto de Oriente como de Europa. Fue la época en que el astrónomo Ibn Yunus, el historiador de las religiones Ibn Hazm, el filósofo y poeta judío Avicebrón, y el filósofo y pensador de la antigüedad islámica, el español Averroes (1126-1198), estudioso de Aristóteles, ejercieron un poderoso impacto en Occidente ((Ver Albert Hourani, A history of the Arab peoples, The Belknap Press of Harvard University Press, Cambrige 1991, p. 172.)).

Sin embargo, aquel valioso intercambio científico y cultural fue mitigándose con la decadencia de los Abásidas, cuya dinastía fue presa de guerras dinásticas. En el siglo XI el Califa abasí solicitó ayuda a unas tribus turcas, conocidas como los “Selyúcidas”, procedentes de Asia Central, quienes conquistaron Bagdad en 1055. Su jefe, llamado Tugril Beg, se proclamó “Rey de Oriente y Occidente”, finalizando con el clima de relativa tolerancia impuesto por los Abásidas.

Tremendamente desconfiados con aquello que no estaba escrito en el Corán, los turcos descuidaron los centros de saber e interrumpieron el intercambio científico y académico con las otras culturas, concentrándose en la expansión militar, principalmente hacia Siria, puerta del Asia Menor, Palestina y Constantinopla, el último reducto cristiano. Fue precisamente Tugril Beg quien decretó la interrupción del acceso de los peregrinos cristianos a los Santos Lugares, precipitando la acción armada de Occidente.

Se hacen coincidir las primeras Cruzadas con una etapa de particular oscurantismo cultural en Europa, una “Edad Oscura” para la civilización. Nada más inexacto. La trayectoria de numerosos científicos y eruditos medievales parece situarse en las antípodas de la postergación civilizadora que una historia repetitiva y escasamente crítica ha impuesto en nuestro saber cotidiano.

[pullquote]Los lustros del primer milenio coinciden con una época de particular desarrollo cultural y científico europeo. Estos avances se concretan, entre otros logros, con la fundación de las universidades y con el notable desarrollo tecnológico, especialmente en áreas como la agricultura, la arquitectura y la hidráulica. La estructuración del comercio y las finanzas aportaron medios para sufragar investigaciones científicas. Universidades como Bolonia, Padua, París, Oxford y Praga se transformaron en lugares emblemáticos para la cultura. Aquellos centros académicos impartían cátedras de matemáticas, geometría, astronomía y teoría de la música, conjuntamente con la lógica, la retórica, la gramática, la filosofía y la teología. En el plano humanístico la historia cultural europea incluye el estudio de antiguos sabios como Aristóteles, Euclides y Ptolomeo.[/pullquote]

Gracias a una red de caminos el continente volvió a interconectarse. Gobernantes industriosos y comerciantes emprendedores estimularon la apertura de nuevas rutas que complementaban la navegación por los ríos, los canales artificiales y los océanos. Precisamente estas vías de comunicación permitieron que los contingentes cruzados, procedentes de todos los rincones europeos, alcanzaran el Mediterráneo para trasladarse hacia el Medio Oriente.

A pesar de la fragilidad ocasionada por las hambrunas, las plagas y las guerras, el nivel de vida del pueblo mejoró notablemente. El filósofo y matemático Alfred North Whitehead juzgaba que «la fe en la posibilidad de los logros científicos, ímpetu que antecedió el desarrollo de la teoría científica moderna, fue un derivativo de la teología medieval» ((A. N. Whitehead, Science and the Modern World, The Free Press, New York 1967, pp. 3-4.)).

  1. Que las Cruzadas, antes que a motivaciones religiosas, respondieron a causas económicas e ideológicas. Los cruzados habrían acudido al Oriente impulsados principalmente por la codicia de tesoros y el hambre de conquistas.

Esta visión, sustentada en ideologías antes que en la historia, desmerece las motivaciones religiosas de los cruzados. Un cruzado que respondía al llamado de las autoridades de la Iglesia para embarcarse en un peregrinaje epopéyico hacia el Levante entendía plenamente que las posibilidades de perder la vida eran extremas. El peregrino debía dejar sus asuntos en regla, en muchos casos despidiéndose para siempre de su familia. Se endeudaba enormemente para costear aquella aventura. Muy contados cruzados lograron retornar con alguna fortuna y con salud a Europa.

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El historiador inglés Jonathan Riley-Smith presenta argumentos importantes para esclarecer el elevado costo y sacrificio en que incurrían los combatientes y sus familias: «Hay muy pocas evidencias que indiquen que las Cruzadas constituyeron una oportunidad para hallarle un porvenir a aquellos hijos que las propiedades no podían sostener, o para que los caballeros sin tierra consiguiesen feudos en ultramar. Las evidencias más bien destacan las pesadas cargas que tuvieron que afrontar los clanes con el fin de que uno de sus miembros cumplan con sus votos de cruzado (…) Se me hace tremendamente difícil creer que la mayoría de los cruzados, o por lo menos un número elevado de caballeros, haya sustentado sus deseos de acudir a la Cruzada en el crudo materialismo. La cuantiosa inversión con el fin de establecer un feudo en un lugar lejano, luego de marchar 2,000 millas hacia el Oriente, habría sido, a todas vistas, una empresa estúpida» ((Jonathan Riley-Smith, The Crusades. A short history, Yale University Press, New Haven 1987, pp. 13-14.)).

La mirada del cruzado estaba puesta principalmente en el “fruto espiritual”, sostiene Thomas F. Madden ((Thomas F. Madden, The Real History of the Crusades, en Crisis, N. 4, April, 2002.)). Con el servicio de las armas para Dios se buscaba expiar pasadas faltas y pecados. Aquellos que se convertían en “cruzados” recibían la promesa de la indulgencia y del perdón para sus culpas. Estaba claro para los mismos cruzados, es importante señalarlo, que no bastaba el mero hecho de andar a la Cruzada, sino que era también necesario un auténtico espíritu de penitencia y arrepentimiento.

  1. La creencia de que los asentamientos cristianos en el Levante, surgidos en Jerusalén y en provincias como Edesa, Tiro y Antioquía, fueron “proto-experiencias colonialistas”, considerándose incluso como la primera expansión europea.

Considerar como “colonias” a los reinos cristianos en Oriente significa asumir una categoría histórico-ideológica propia a épocas posteriores. Los dominios que establecieron los europeos en el Medio Oriente respondían más que a la constitución de una situación de dominio económico o cultural, al sostenimiento de territorios y plazas fuertes que garantizasen la defensa de la ruta a Tierra Santa. Los reinos cristianos del Levante nunca lograron sostenerse por sí mismos y tampoco fueron viables militarmente sin el auxilio europeo.

Mientras tuvieron vigencia, aquellos reinos debieron ser apoyados desde Occidente por onerosas contribuciones, tanto de soldados como de bienes. Las aportaciones de los estados, de la Iglesia y de los individuos se entendían como donaciones para una causa fundamentalmente religiosa, sin esperar retribución alguna.

[pullquote]En un régimen “colonialista” la potencia imperialista asume que extraerá la mayor renta posible del territorio anexado. Aquello nunca ocurrió con las posesiones cristianas del Levante. Más bien surgió una peculiar cultura, la del ciudadano y del caballero franco-germánico-oriental, que se desempeñó como un “puente” entre Oriente y Occidente.[/pullquote]

  1. ¿Constituyeron las Cruzadas un empeño defensivo?

Podemos entender las Cruzadas como acciones defensivas emprendidas por las naciones cristianas contra el expansionismo islámico. Fueron un empeño colectivo, dirigido a recobrar la propiedad cristiana y a defender a la Iglesia y a las naciones occidentales. Los cruzados vieron a los musulmanes asentados en el Oriente como usurpadores de un territorio que pertenecía a los cristianos; les parecía también injusto que impidieran las peregrinaciones pacíficas a los Santos Lugares. Durante varios siglos las potencias islámicas habían intentado conquistar el territorio europeo, consiguiendo su objetivo en regiones como España, las provincias Balcánicas y Sicilia.

[pullquote]Los monarcas y los líderes cristianos emprendieron diversas campañas con el fin de liberar al Continente del creciente cerco musulmán, y reabrir la ruta a Tierra Santa. En esa iniciativa no se debe desmerecer el elemento religioso, que logró generar la unidad de los reinos católicos, aunándolos en un mismo esfuerzo.[/pullquote]

El derecho a la defensa era una potestad que poseía un estado soberano para librar una contienda armada contra el otro, implicando el empleo de la fuerza física para conservar sus inviolables derechos. Para entender esta realidad se hace necesario acudir a la perspectiva histórica.

Godfrey_of_Bouillon_and_leaders_of_the_first_crusadeDesde fines del siglo VII, cuando los musulmanes se apoderaron de Jerusalén, no había ocurrido ninguna ruptura significativa en las comunicaciones entre Oriente y Occidente. Aunque las condiciones de los cristianos orientales en lugares como Siria y Palestina eran paupérrimas, nunca se interrumpió el acceso de los peregrinos a los Santos Lugares. Correspondió a Carlomagno, monarca de Occidente, lograr un acuerdo con los embajadores de Haroun al-Raschid, Califa de Bagdad, para que se garantice la condición de vida de los cristianos en Oriente y el paso seguro de los peregrinos a Palestina.

En el año 800 Haroun al-Raschid reconoció al Rey franco como “Protector del Santo Sepulcro”. Bajo aquel título, Carlomagno procedió a edificar iglesias y monasterios. Asimismo se enviaban periódicamente limosnas de Occidente a Tierra Santa.

En el siglo X, a pesar de las perturbaciones del orden político y social en Europa, caballeros, obispos, y abades, actuando por devoción y gusto por la aventura, acostumbraban visitar Jerusalén y orar en el Santo Sepulcro sin ser importunados por los mahometanos. En el año 1027, el protectorado fue asumido por los Bizantinos, a cuya diplomacia se debió la edificación de hospicios para peregrinos. En aquella época surge el Hospital de San Juan, cuna de la Orden de los Hospitalarios. Esta tregua suscitó un nuevo impulso para los peregrinajes, pero el ascenso de los turcos Selyúcidas, sin embargo, comprometió la seguridad de los peregrinos, e incluso amenazó la independencia del imperio Bizantino y de toda la Cristiandad.

En el año 1070 Jerusalén pasó al dominio turco; en 1091, tras derrotar a los bizantinos y capturar al emperador Diógenes en la sangrienta batalla de Mantzikert, tanto Siria como casi la totalidad de Asia Menor cayeron bajo el poder turco, interrumpiéndose la ruta de los peregrinos a Palestina. Incluso algunas avanzadillas mahometanas lograron cruzar el Bósforo, azolando los territorios europeos. Tras aquel desenlace los emperadores bizantinos solicitaron ayuda a los Papas. Primeramente Gregorio VII consideró una expedición militar, pero correspondió a su sucesor, el Papa Urbano II, convocar a una “cruzada” a Oriente con el fin de resistir a los turcos y rescatar el Santo Sepulcro.

En el año 1095 Urbano II convocó a un concilio en Clermont-Ferrand, en el reino de Francia, donde proclamó la Cruzada. El Papa invocó el derecho a la defensa propia, por el cual una nación injustamente atacada podía protegerse legítimamente.

De acuerdo a la declaración de Clermont-Ferrand, los turcos y los árabes habían atacado y conquistado territorios cristianos, principalmente el antiguo imperio Bizantino en Asia Menor y los Balcanes europeos. «Han matado y capturado a muchos cristianos y han destruido las iglesias. Si permitimos que siga así esta injusticia, los fieles de Dios seguirán siendo agredidos» ((Pope Urban II, Speech at Council of Clermont, 1095, According to Fulcher of Chartres.)).

La invocación de Urbano dejó en claro que se trataba de una guerra defensiva, una campaña religiosa y a la vez militar, encaminada a combatir contra aquellos que eran percibidos como enemigos de la Cristiandad. «Los europeos escucharon la voz de Urbano II porque sus propias inclinaciones y tradiciones históricas los impulsaban hacia el Santo Sepulcro», afirma Louis Brehier ((Louis Brehier, Crusades, en http://www.newadvent.org/cathen/04543c.htm)). Las Cruzadas son, en este sentido, fruto de una mentalidad propia de la época, es decir, de una civilización que integraba profundamente los valores temporales y espirituales.

Las Cruzadas significaron un cambio fundamental para la civilización europea. Riley-Smith destaca el liderazgo de los Papas entre los europeos, un fenómeno que trascendió los alcances políticos: «En su convocatoria en Clermont (1095) a los caballeros, Urbano II revivió la alianza entre los Francos y la Santa Sede para la causa común de defender la Cristiandad» ((Jonathan Riley-Smith, The Crusades. A short history, Ob. Cit., p. 9.)).

El ideal que condujo a los europeos de todas las clases y nacionalidades a arriesgar sus vidas, realizando una penosa travesía hacia el Oriente fue una motivación que superaba el súbito entusiasmo, la gloria, o la fortuna. La razón principal fue la creencia real en un Dios vivo, y el propio deseo de complacerle a través de la recuperación y la veneración de los Santos Lugares.

Ciertamente en una “colectividad guerrera” como los cruzados, sometidos a las condiciones más rudas de vida, y procedentes de todos los estamentos culturales y nacionales, se confundieron personas honorables, dispuestas a cumplir con su voto, así como héroes caballerescos, como también aventureros inmisericordes. Pero, en general aquello que rigió la vida de los cruzados fueron las convicciones religiosas.

La Cruzada tomó auténtico aliento cuando la Iglesia inflamó el espíritu religioso de miles de europeos. Nadie podrá dudar de las muchas injusticias y errores que se cometieron en nombre de Dios por personas que no representaron el auténtico ideal cruzado, pero tampoco debe ser ello ocasión para desmerecer o tergiversar esta época de la historia.

© 2014 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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