AR-130729762No nos engañemos. La sopa aguada sabe… a sopa aguada. Con la franqueza que lo caracteriza, el Papa Francisco aludió recientemente a los retos que sobrelleva el cristiano para ser coherente con el Evangelio; precisamente al confrontar la tentación de volverse “aguachento” en sus compromisos.

Comentado el pasaje de San Mateo 16,21-27, en el Ángelus dominical del 31 de agosto, el Santo Padre recordaba el anuncio que Jesús hace a los discípulos: está pronto a acudir a Jerusalén para ser martirizado. El desconcierto de los Apóstoles es absoluto. Sucumben a la rebeldía y a la suspicacia: ¿Acaso no se trata del Mesías? Razonando desde criterios mundanos, Pedro le increpa: “¡No lo permita Dios! Eso no puede pasarte”. ¿Dónde quedarían las enseñanzas, dónde el prestigio de aquella comunidad naciente, y el de su Maestro? Jesús emplea un lenguaje desusadamente áspero para regañar a Pedro, marcándole la línea, porque estaba pensando “según los hombres”, anteponiendo el temor a la confianza en Dios. “Sin darse cuenta hace la parte de Satanás, el tentador”, subraya el Papa Francisco.

¿Se trata del acto aislado de un discípulo dubitativo, asustado? Difícilmente. El Papa alude a una experiencia muy humana: el riesgo de la “mundanización”, de la relectura de la realidad al margen de la fe, precisamente de los “cálculos mundanos” donde suele primar el bien egoísta antes que el ardor por la misión. Pero esta reacción puede ocurrirle a cualquiera. Particularmente en momentos de prueba y desconcierto. Uno se hace más propenso a las dudas y suspicacias cuando se desliza hacia la rutina y la acedia; se hace más propenso a «que “la sal pierda sabor”, como diría Jesús. Es decir que el cristiano se “agüe”, pierda la carga de la novedad que le viene del Señor y del Espíritu Santo».

[pullquote]Lamentaba el Papa Francisco: «Es triste encontrarse cristianos aguados. Que parecen el vino aguado. Y no se sabe si son cristianos o mundanos. Como el vino aguado no se sabe si es vino o agua. Es triste esto. Es triste encontrarse cristianos que no son ya sal de la tierra. Y sabemos que cuando la sal pierde el sabor, ya no sirve para nada. Su sal ha perdido el sabor porque se han entregado al espíritu del mundo. Es decir, se han convertido en mundanos».[/pullquote]

Al pronunciar estas palabras el Santo Padre asume claramente que la vocación de los cristianos es la de constituirse en evangelizadores plenamente evangelizados, tarea que subraya Jesucristo cuando envía a los Apóstoles de misión: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15); hacedlo «a todas las naciones» (Mc 13,10); aportando así el «testimonio suyo hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).

Por “mundanidad” el Papa Francisco se refiere a aquello que en el mundo, en la cultura, está contraste con el Evangelio, base y columna de la fe cristiana. Algo que con particular lucidez fue descrito en el Documento Episcopal de Puebla como «el reverso del anuncio del Reino de Dios»: las manifestaciones del pecado y los desvalores en las culturas, particularmente las idolatrías, esto es, «de los valores erigidos en ídolos o de aquellos valores que, sin serlo, una cultura asume como absolutos» (Puebla, n. 405).

En esta crítica a la mundanidad el Papa Francisco no está acudiendo a un criterio asociado a la “fuga del mundo” pues es consciente de que la Iglesia asume «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren». En este sentido la Iglesia se siente íntima y realmente solidaria con el género humano y su historia (Ver Gaudium et spes, 1). Por eso podemos parafrasear al Papa Pablo VI, quien presentaba a la Iglesia como «experta en humanidad» (Discurso a las Naciones Unidas, 4 de octubre de 1965).

Más bien la manera de confrontar la injusticia, especialmente la del pecado, y la desconfianza, es el anuncio, el testimonio de la Palabra. Aquello que evita que nos “agüemos” es la generosidad, el entusiasmo para compartir un tesoro, la Buena Nueva del Señor Jesús, Salvador y Reconciliador. Leemos en el profético documento del Papa Pablo VI Evangelii nuntiandi: «No hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios» (n. 22). “Evangelium” es precisamente la proclama, el anuncio de algo bueno, de una gran alegría, de la victoria del bien, de la justicia, de la paz y la salvación.

El Papa Francisco acude a una exhortación de San Pablo que señala «lo qué hay que hacer» para evitar que nos «instalemos» en los criterios fáciles: «No os ajustéis a este mundo, no ir con los esquemas de este mundo —alienta el apóstol de Gentes—, sino transformaros por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios» (Ver Rom 12,2). El Santo Padre está aludiendo a la “metanoia”, “epistrepheîn”, que significa literalmente “cambiar de mente”, empezar un nuevo camino. Pero no cualquier camino, sino una senda sustentada en el Señor Jesús, en la vida de gracia. Por eso es importante resaltar que la renovación a la que invoca Pablo implica no solamente un cambio de conducta, sino una “metanoia” de la mente, del modo de pensar. Pues “noía” es el pensamiento, la idea. “Metanoieîn” significa adquirir un parecer distinto, ver la realidad con ojos nuevos. Lo que quiere evitar el Papa Francisco es aquellos cristianos «cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua» (Evangelii gaudium, 6).

¿Qué significa aquel llamado del Señor Jesús a la conversión, a una vida nueva? El Evangelio transforma nuestra existencia. La convocatoria de Cristo es una invitación a participar del don salvífico, a la cooperación con la gracia de Dios en la obra reconciliadora del Buen Señor, donde hallaremos plenitud y gozo; porque, desde nuestras limitaciones y cualidades, colaboramos con el amor expansivo con que el Padre desea nutrir a sus hijos.

Dios Amor nos regaló ese don infinito en su Hijo amadísimo para guiarnos y enseñarnos precisamente a alcanzar la santidad. Ha deseado que Jesucristo permanezca entre nosotros para darnos la vida plena; para que en Cristo nos transformemos en verdaderos “hijos”, herederos del Cielo y de la Gloria. «El Verbo Eterno ha asumido la naturaleza humana en el vientre Inmaculado de María para redimirnos, mostrarnos nuestra identidad y dar sentido a nuestras inquietudes más íntimas, impulsándonos por el sendero del despliegue personal hacia el horizonte del encuentro pleno del Amor» ((Luis Fernando Figari, Formación y Misión, Vida y Espiritualidad, Lima 2008, p. 79)). Es Jesús quien le ofrece al hombre caído el camino de reconciliación. Nunca perdamos de vista aquella sentencia del Señor recogida por San Juan: «El Hijo del hombre no ha venido al mundo para juzgarlo, sino para salvarlo» (Jn 3,17).

¿Cómo adquiriremos aquella “nueva forma de ver las cosas”, la mirada transparente y sencilla de los niños, de los inocentes y de los humildes? El Papa Francisco aporta otro ángulo: «Es necesario renovarse continuamente, aprovechando la savia del Evangelio. (…) Ante todo leyendo y meditando el Evangelio cada día, así que la palabra de Jesús esté siempre presente en nuestra vida». Tampoco empobrezcamos el anhelo de comunión con el Padre de Bondad, quien busca el diálogo con nosotros. Precisamente es en la oración donde descubrimos la necesidad de la acción de Dios, y de su escucha amorosa.

Los problemas no faltan. Basta echar una mirada al mundo. Sin embargo, debe primar la seguridad de que somos amados por el Señor Jesús, Hijo de Dios, que murió y resucitó para salvarnos y reconciliarnos. Él sale a nuestro encuentro, invitándonos a cooperar con su misión, invitándonos a anunciar la Buena Nueva. De allí la mirada que el Papa Francisco tiene de la Iglesia, como una comunidad “en salida”: una «comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan (…) La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia» (Evangelii gaudium, 24).

© 2014 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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