Desde que en el año 1859 Charles Darwin planteó la teoría evolutiva en su libro “El origen de las especies” la polémica no ha estado ausente. No tardó en volverse un escándalo dentro de la Iglesia. Señalar que el ser humano tuviera su origen en el simio y no del divino barro del Dios le costó a Darwin burlas de sus colegas y el repudio de la Iglesia.

Primero debemos conocer qué expone Darwin en su teoría. Él planteó una idea muy simple: En la naturaleza sobreviven aquellos individuos que mejor se adaptan al ambiente o a los cambios que puedan aparecer mediante un proceso llamado selección natural. Los cambios producidos en la población son acumulados y heredados a futuras generaciones. La acumulación sucesiva de adaptaciones es lo que puede generar nuevas especies [1]. Así fue posible explicar cómo una vez que aparece la vida en la Tierra se pudo generar una biodiversidad tan grande.

Para nosotros la palabra evolución no suena extraña. De hecho, la entendemos como un proceso natural en los seres vivos. Sin embargo, durante casi un siglo la evolución fue rechazada por la Iglesia. El Papa Pío XII dio los primeros pasos a un diálogo conciliador, al considerar el evolucionismo como “digno de una investigación y de una reflexión profunda” [2]. Dichos sobre el origen de la vida y la evolución que serían retomados en el documento “Gaudium et spes emanado” del Concilio Vaticano II en 1965. Finalmente en 1996 el Papa Juan Pablo II aceptó que esta teoría es compatible con la fe cristiana, con mérito más que suficiente para ser considerada válida.

A continuación veremos algunos de los principales puntos descritos por Juan Pablo II en su carta a los miembros de la Academia Pontificia de Ciencias [3] y aspectos fundamentales de la evolución, para entender cómo algo que fue tan controversial puede convivir con el credo de la Iglesia:

  1. En primer lugar el Papa deja en claro la seriedad y solidez del trabajo científico en torno a la evolución. Juan Pablo II manifiesta que la ciencia ha demostrado la veracidad de la evolución tanto por medio de planteamientos teóricos, como a través de la observación y el trabajo experimental.
  2. La evolución muestra la capacidad natural de la vida para cambiar. Los seres vivos poseen una biología inteligente, capaz de transformarse y adaptarse en pos de un bien mayor. Somos seres dinámicos, algo que lejos de menoscabar la dignidad humana nos muestra la verdadera fuerza de la vida.
  3. El carácter dinámico y adaptativo de la evolución muestra una nueva forma de relación entre el humano y la naturaleza. Como se ha presentado en esta teoría, el ser humano puede ser originado de un ser preexistente, como por ejemplo un simio. Además las mismas plantas y animales pueden ser el material de partida para nueva flora y fauna en la Tierra.
  4. Además, el Papa fue categórico en aceptar solo las teorías evolutivas en las que vida no es cosificada. Planteamientos que muestran la vida como producto del mero azar y sin mayor importancia no pueden ser aceptadas por el credo católico. Cuando Dios confía al hombre su creación nos muestra la dignidad e importancia del ser humano, siendo lo anterior responsabilidad que ningún otro ser vivo posee [4].

En resumen, Juan Pablo II aceptó la evolución por tratarse de una labor científica consistente y muy investigada. También porque engrandece al ser humano al mostrar su capacidad para cambiar. El Papa en aquel entonces no estuvo libre de críticas, pero en él prevaleció la búsqueda por mostrar la grandeza de la cual es capaz el ser humano. Sin ir tan lejos, el actual Papa Francisco el 2016 también planteó la teoría de la evolución como real y que no contradice a Dios como Creador. El llamado que dejan estos líderes de la Iglesia Católica es a fortalecer la ciencia que nos dignifica y buscar aquellas capacidades que nos vuelven únicos como seres vivos.

 

Referencias.

[1] EL Origen de las Especies. Charles Darwin. 1859.

[2] Carta encíclica Humanis Generis del Sumo Pontífice Pío XII sobre las falsas opiniones

contra los fundamentos de la doctrina católica. Vaticano, 12 de agosto de 1950.

[3] Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II a los miembros de la academia Pontifica de

Ciencias. Vaticano, 22 de octubre de 1996.

[4] Catecismo de la Iglesia Catolica. Capítulo primero, párrafo 6, n° 355 y 358.

José Alejandro Molina Ramírez

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