ms2648-2Algunas de las interrogantes que surgen de la lectura de la Sagrada Escritura, y particularmente del Antiguo Testamento, versan sobre la antigüedad de los textos que poseemos de la Biblia. ¿Cuáles son los testimonios más antiguos que actualmente tenemos del Antiguo Testamento? ¿Cuál fue la Biblia empleada por los numerosísimos judíos dispersos en el Asia Menor y el Mediterráneo, que solamente entendían el idioma griego? ¿Cuáles fueron las versiones de la Sagrada Escritura difundidas entre la naciente Iglesia?

Precisamente la versión en griego del Antiguo Testamento llamada “Septuaginta” (también conocida como de los LXX) constituye una de las fuentes más valiosas para adentrarse en la antigüedad de los textos de la Sagrada Escritura, tal como se los conoció en la época del Señor Jesús. Estos escritos fueron fundamentales para los primeros cristianos, tanto de origen hebreo como gentil. La Septuaginta fue reconocida por la Iglesia primitiva y leída con la devoción reservada a la Revelación de Dios.

La Septuaginta conforma un testimonio de fundamental importancia para remontarse al pasado más remoto de los textos del Antiguo Testamento. De hecho, constituye el primer testigo de la Escritura existente hoy. Si bien los libros veterotestamentarios se escribieron en su mayoría en hebreo y arameo, no han llegado hasta nosotros versiones originales completas en esos idiomas. El texto completo más antiguo en hebreo data del siglo X d.C., fruto además de un trabajo de revisión realizado por la comunidad judía que implicó la alteración de diversos pasajes. Por el contrario, poseemos fragmentos de los LXX que datan del siglo II a.C., y versiones completas del siglo IV d.C. El testimonio griego, por tanto, es mucho más antiguo que las versiones hebreas hoy conocidas, lo que resalta la importancia y el valor de la Septuaginta.

Por otro lado, como destacara uno de los primeros investigadores modernos de la Septuaginta, el británico Lancelot Brenton, «sin el conocimiento de los LXX, numerosas alusiones en los escritos de los Padres de la Iglesia serían completamente ininteligibles, incluso discusiones doctrinales importantes se oscurecerían (…) No debe sorprender que la Septuaginta haya sido estimada por los primeros cristianos que ignoraban el hebreo, ya que un número importante procedía del mundo griego» ((Ver Lancelot Brenton. The Septuagint Version of the Old Testament, Samuel Bagster and Sons, London 1851, p. viii.)).

El Papa Benedicto XVI se refirió al valor histórico y textual de la Septuaginta en su “Lección” en la Universidad de Ratisbona, en el año 2006. «Hoy sabemos que la traducción griega del Antiguo Testamento realizada en Alejandría, -la Biblia de los Setenta-, es algo más que una simple traducción del texto hebreo», afirmó Benedicto XVI. «Es un testimonio textual en sí mismo y un importante paso específico de la historia de la Revelación, en el cual se realizó este encuentro de un modo que tuvo un significado decisivo para el nacimiento del cristianismo y su divulgación».

La Septuaginta, término derivado de “LXX” (Setenta), constituye la primera traducción de la Ley Mosaica o “Pentateuco”, de los Profetas y otros libros sagrados a un idioma distinto al hebreo, lengua considerada “santa” por los fieles judíos. En un proceso que quizá tomó decenios, fueron sumándose diversos escritos bíblicos procedentes del hebreo antiguo.

La Septuaginta también contribuyó a enlazar a Israel con otras culturas de habla griega. Mientras el pueblo judío mantuvo su aislamiento en Palestina, ninguna ocasión surgió para que se intentase la traducción de la Biblia a una lengua foránea. Esta situación cambió cuando una porción significativa de hebreos emigró a tierras egipcias, donde, a partir del siglo IV a.C., entraron en contacto con la cultura helénica, establecida en la nación del Nilo con la colonización de Alejandro Magno. Fue entre aquellos judíos helenizados donde surgió la necesidad de una versión griega del Antiguo Testamento. Más tarde brotaron otras comunidades greco-judías en Asia Menor, como por ejemplo Tarso, que vio nacer a San Pablo.

Podría afirmarse que la oportunidad de traducir la Torah a otras lenguas se había ya dado en anteriores destierros o dispersiones sufridas por el pueblo hebreo. Pero, al parecer, no se dieron las circunstancias. Entre los siglos VIII y VI a.C. los judíos conocieron el destierro impuesto por los asirios y babilonios que los desplazaron violentamente hacia Babilonia. Siglos más tarde una porción importante retornó a Israel bajo el liderazgo de Esdras, pero otro número significativo continuó habitando en Babilonia y en las aldeas de Mesopotamia. Los judíos del Oeste mesopotámico leían las Escrituras en hebreo y celebraban sus servicios religiosos en la lengua local, el arameo.

¿Cuál es el probable origen histórico de la Septuaginta? El primer rey helénico de Egipto, Ptolomeo “Soter” (322-285 a.C.), fue quien trasladó a colonos hebreos a la urbe que nacía en honor a Alejandro Magno en el delta del Nilo. Los judíos fueron tratados con consideración, respetándose sus costumbres religiosas. Las noticias de su prosperidad atrajeron a nuevos emigrantes hacia Alejandría, transformando aquel pueblo en una poderosa minoría.

Una de las consecuencias de la inmigración fue la pérdida del idioma hebreo y la adopción del griego koiné, difundido en el Egipto helenizado. Conjuntamente con el lenguaje, los judíos asumieron hábitos de pensamiento griego, que adaptaron a las formas semitas. La Septuaginta está muy relacionada a aquel mestizaje. Sus páginas, aunque escritas en griego koiné, conservaron el sentido histórico, literario y sagrado de la antigua Biblia de los hebreos.

Un sucesor de Ptolomeo Soter, el rey Ptolomeo II Filadelfo, fue gran admirador de la cultura y las antigüedades, atribuyéndosele la fundación del primer “museo” o casa en honor a las “musas” que inspiraban a los artistas. También conformó la Biblioteca de Alejandría con libros y manuscritos dedicados a las enseñanzas religiosas. Su temperamento sincretista le dispuso a convocar a representantes de distintos credos, acogiendo, por ejemplo, a una embajada de la India budista, procedente del Ganges. Filadelfo alentó al literato Maneto para que recopilase una historia de Egipto en idioma helénico. Por lo tanto la posibilidad de poder leer las antiquísimas Sagradas Escrituras del Pueblo Hebreo en griego koiné cabía perfectamente en las ambiciones intelectuales y religiosas del rey.

Según una carta del judío helenizado Aristeas, dirigida a su hermano Filócrates, situada en el siglo III a.C., Ptolomeo Filadelfo solicitó al Sumo Sacerdote Eleazar de Jerusalén la presencia de 72 sabios judíos, seis por cada tribu de Israel, con el fin de traducir los libros de la Ley hebrea, la Torah, al griego para enriquecer la biblioteca de Alejandría.

El nombre de “Septuaginta” proviene del número redondeado de sabios que habrían intervenido en la traducción del texto bíblico, o más bien en la “transposición”, porque no se tradujeron solamente palabras y frases de una lengua a otra, sino se expresó con lucidez el sentido auténtico del Antiguo Testamento.

Otra versión sugerida por Brenton señala que el nombre de los “Setenta” viene del “Sanedrín” o senado judío de Alejandría, que certificó la corrección de la traducción al griego koiné de la Sagrada Escritura. «La porción completada fue referida al senado judío alejandrino, revisada y aprobada por ellos, circunstancia que probablemente constituye el origen real del nombre “Septuaginta”» ((Allí mismo)).

El filósofo judío Aristóbulo, que habitó en Alejandría durante el reinado de Tolomeo VI Filometor (181-145 a.C.), confirmó la existencia de la versión de los Setenta con anterioridad al testimonio de Aristeas. En una carta al rey Tolomeo, Aristóbulo relata que «la completa traducción de todos los libros de la Ley fue realizada en los tiempos del rey llamado Filadelfo, vuestro ancestro» ((Fragmento que ha sobrevivido en la obra de Eusebio de Cesarea, Praeparatio evangelica, 13.12, 1-2)).

Los LXX tienen un valor especialísimo que no puede relativizarse. Como reconoce F. M. Cross, uno de los investigadores de los manuscritos de Qumrán, en el Mar Muerto, «los traductores de la Septuaginta reprodujeron con fidelidad y extrema literalidad el “Vorlage” o “primodial” hebreo. Ello significa que la Septuaginta de los libros históricos debe ser asumida como herramienta primaria de la crítica del Antiguo Testamento» ((Ver F. M. Cross. The Ancient Library of Qumran, Fortress Press, Minneapolis 1995, p. 132)).

El biblista español Julio Trebollé también enfatizó el valor de la Septuaginta: «La traducción de todo un cuerpo de literatura hebrea a la lengua griega constituye un esfuerzo único de interpretación en todos los sentidos: ortografía, morfología, sintaxis, semántica, teología, etc.» ((Ver Julio Trebollé. La Biblia judía y la Biblia cristiana. Introducción a la historia de la Biblia, Trotta, Madrid 1993, p. 338)).

«(Los) LXX -añade Trebollé- constituye el mayor y más importante arsenal de datos para el estudio crítico del texto hebreo. Su testimonio es indirecto por cuanto se trata de una obra de traducción. Sin embargo, las numerosas y significativas coincidencias existentes entre LXX y los manuscritos hebreos de Qumrán han revalorizado el testimonio del texto griego frente a corrientes imperantes en la época anterior al descubrimiento de los documentos del Mar Muerto a partir de 1947, que consideraban el texto griego desprovisto de valor crítico y muy valioso en cambio como testimonio de la exégesis judía contemporánea de la época de la traducción» ((Allí mismo)).

Otro notable biblista, el religioso católico Pierre Benoit, director de la Escuela Bíblica de Jerusalén, destacó cómo la acción de los sabios traductores israelitas no buscaba solamente hacer más accesible la Escritura a la Diáspora, que conocía mal -o desconocía- el hebreo, sino que intentaron conquistar el pensamiento griego para la sabiduría de la revelación de la Biblia. Con este doble propósito se entregaron a una epopeya inédita en la historia antigua.

Es difícil exagerar el cúmulo de problemas lingüísticos y teológicos que debieron enfrentar los traductores alejandrinos. Como observa Benoit, el resultado obtenido conduce a expresar la profunda admiración por las cualidades humanas y sociales de los traductores judíos. «Aquellos venerables doctores de Israel -destacaba-, eran buenos conocedores de las Escrituras, de la lengua hebrea y también de la griega» ((Ver Pierre Benoit. La inspiración de los Setenta según los Padres, en Exégesis y Teología, T. I, Ediciones Studium, Madrid 1965, p. 174.)).

Eventualmente la Iglesia cristiana primitiva asumió la Septuaginta como “escritura sagrada” y se puede decir que fue la Biblia de los primeros cristianos. Por ejemplo, la mayoría de los textos del Antiguo Testamento citados por los evangelistas y San Pablo pertenecen a los LXX. Al poder tener en sus manos este texto venerable y fiel del Antiguo Testamento, los Padres de la Iglesia opinaron, con la fineza de los “maestros del espíritu”, que la “mano de Dios” había cuidado la transposición de la Septuaginta.

© 2012 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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