hot-weatherAlguna vez escuché la expresión “me hervía la sangre”. ¿Se imaginan cómo sería la experiencia si realmente nos hirviera la sangre? ¿O si nuestros huesos se empezaran a calentar de tal manera que parecieran radiadores? No soportaríamos. Nuestra naturaleza no está hecha para eso. Más bien, nuestra naturaleza está hecha para ser normal, para tener temperaturas promedio. Cuando se excede un poco nuestra temperatura nos empezamos a indisponer.

Algo no muy diferente es la santidad. Hemos sido creados para ser santos. Lo normal para el ser humano es ser santo. Lo extraño es no serlo.

[pullquote]Ha habido en la historia muchas formas de santidad. Tal vez la que más ha resonado a los oídos del católico promedio es aquella que nos habla de lo extraordinaria que fue la persona santa: los milagros que hizo, la vida fuera de serie que tuvo, lo poco que dormía y lo mucho que resplandecía ante los demás. Se cuenta que cuando Santa Rosa de Lima murió quienes la enterraron tuvieron que engañar a los fieles sobre la hora de las exequias, pues los compungidos paisanos de la santa limeña no se consolaban sin haberse llevado algo de lo que tenía la santa como última vestidura. ¡Tanta se hizo su fama de santidad![/pullquote]

Sin embargo, la santidad para este tiempo, como ya lo decía Romano Guardini, no debe desarrollarse de ese extraordinario modo. El Espíritu Santo suscita en estos tiempos santos de lo ordinario. Santos a quienes no les hierva la sangre. Incluso la misma expresión “hacer de lo ordinario algo extraordinario” sonaría a herencia de la “santidad de lo extraordinario”, como si no nos conformáramos con no vivirla en este tiempo y nos consoláramos con la idea de saber que, igualmente, podemos vivirla.

El Señor, al hacerse ser humano de carne y hueso como nosotros, santificó todo espacio y todo tiempo. Pisó nuestro suelo. Vivió en el tiempo humano. Todo lo humano se hizo Cristo (menos el pecado, claro está). Y todo Cristo se hizo hombre. Todo tiempo humano es santificado: el tiempo de dormir, de levantarse, de caminar hacia el trabajo, el tiempo “perdido” en moverme de un lugar a otro, etc. Y todo espacio es santo: el lugar en donde trabajo, donde vivo, donde viajo. Cristo se ha encarnado y ha asumido nuestra naturaleza de tal modo que su presencia santa nos acompaña con amor permanente.

[pullquote]Aún más. Podríamos decir que todo bautizado es santo. Todo bautizado ha recibido el don de la vida divina. Todo confirmado ha recibido la plenitud del Espíritu Santo. ¿Y no es eso la santidad? No miremos el ser santos, entonces, como una cima tan alta a la que sólo unos pocos pueden llegar. Más bien, entendamos que ser santos es ser coherentes con lo que somos como bautizados: hijos de Dios. Ya tenemos la santidad donada. Es cuestión de hacer el esfuerzo de ser coherentes con nuestra naturaleza de bautizados, de hijos de Dios. Esto implica, claro está, un combate por conformarnos cada vez más al Señor y por dejar de lado todo obstáculo que nos impide ser realmente nosotros mismos.[/pullquote]

La santidad está totalmente al alcance de la mano. Está en nuestro interior. Y se vive haciendo las obras ordinarias… ordinariamente. En algunos países la palabra “ordinario” es sinónimo de algo mal hecho o despreciable. No nos referimos a eso, obviamente. Queremos decir que lo santo es no distinguirse, sino esforzarse por encontrar en lo ordinario a Cristo mismo. Lo diremos de otro modo: Cristo está en lo ordinario. Si lo buscas en lo extraordinario corres el riesgo de buscar que tu sangre hierva. ¡No es necesario que nuestras pobres venas soporten tal temperatura!!! Es cuestión, más bien, de encontrar a Cristo en el servicio cotidiano, en la persona de al lado, en quien más acostumbrado estoy a ver u oír. Encontrar a Cristo en el que sufre y en el que está sano. Buscar a Cristo en lo sencillo, donde su presencia oculta a primera vista se me hace luz cuando la descubro aparentemente escondida en lo común. La oración cotidiana, el esfuerzo por pensar, sentir y vivir como el Señor en lo común, desde lo común, me abre las puertas a la sencillez y hermosura de la santidad a la que somos invitados y de la que somos portadores.

© 2015 – Rafael Ísmodes Cascón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Rafael Ismodes Cascón

Rafael nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).

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