Cristo curaSi se revisan las enseñanzas y las intervenciones de los últimos Pontífices, se encontrarán muchas que tienen que ver con el tema de la salud y la enfermedad. De hecho, no pocos son los mensajes de los Papas que se dirigen en los últimos años a personalidades y profesionales en esta área. Algunos pueden preguntarse, ¿qué tiene que ver la Iglesia con el mundo de la salud? ¿No se estará entrometiendo en temas que no son de su incumbencia? ¿Qué tiene para decir y para aportar en esta materia? Quizá son cuestionamientos fundados en un pobre conocimiento de la identidad y la misión eclesiales. Cuestionamientos formulados por aquellos que desconocen o no alcanzan a comprender lo que significa que «nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de la Iglesia» ((Gaudium et Spes, 1)). Lo cierto es que la Iglesia de Cristo tiene mucho que decir sobre todo lo que tiene que ver con el hombre. Es así que la salud, la enfermedad, el dolor, la muerte, no son la excepción. La iglesia “la experta en humanidad” «se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia» ((Allí mismo)).

Para entenderlo mejor es importante considerar la historia desde sus inicios. Recordar los rasgos fundamentales de la identidad eclesial, aquellos que nacen del ejemplo y del testimonio de su fundador y maestro: el Señor Jesús. Cuando nos acercamos a la vida de Jesús nos encontramos con muchos momentos en los cuales tuvo relación con los enfermos. Él entendía que la prioridad de su misión era atender a quienes estaban enfermos, a los más necesitados. En muchas ocasiones realizó curaciones físicas. Su compasión, su actitud reverente y la acogida a quienes lo necesitaban, lo llevaron a devolverle la salud física a sordos, mudos, ciegos, leprosos, paralíticos; a sanar distintas clases de males corporales. Sin embargo, este era un primer paso para ofrecer una salud más profunda, la salud espiritual. De esta manera, en el llamado a sus apóstoles está contenido este mandato: «Curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, expulsar demonios…» (Mt 10,8). Jesús quiso que sus seguidores encarnaran la misión de ofrecer la salud a los más necesitados y que lo hicieran además como Él lo hizo, como el Buen Samaritano, que se conmueve ante el hermano tendido en medio del camino, enfermo, sufriente, que espera una atención pronta y reverente ((Ver la Parábola del Buen samaritano, Lc 10, 25-37.)).

Al recopilar los sucesos que han hecho parte de la vida e historia del Pueblo de Dios, se puede evidenciar cómo este ha procurado ser fiel a las palabras de Jesús. Lo vemos por ejemplo en los primeros cristianos, que a pesar de no haber establecido lugares para la atención de las personas -debido a las persecuciones- sí procuraban acercarse a aquellos que los buscaban necesitados en el cuerpo y el espíritu. Los curaban, los asistían, devolviéndoles la salud. Posteriormente, con la paz constantiniana y el fin de las persecuciones, se adecuaron lugares para atender a los peregrinos enfermos y pobres. Un ejemplo de ello fue la Ciudadela de la caridad construida en el siglo IV por San Basilio. El surgimiento del monacato trajo consigo un desarrollo en la asistencia a los enfermos. San Benito fue un propulsor de la atención hospitalaria en sus monasterios. En su Regla, deja explícita la exhortación a servir a los enfermos y peregrinos como si fueran el mismo Cristo.

Es así como el cristianismo revolucionó y trajo una novedad a las prácticas médicas que hundían sus raíces en la medicina de la Grecia antigua y que se habían realizado hasta entonces. Pedro Laín Entralgo, médico e historiador español, comenta que la atención al bien espiritual determina que la relación entre el médico y el enfermo sea novedosa, en primer lugar porque no se hacen distinciones para ofrecer tratamientos -es igual el libre que el esclavo-, y por otro lado se incorpora el consuelo como parte del ejercicio médico, la asistencia gratuita por caridad, las prácticas religiosas en la curación, como la oración y los sacramentos, entre otras ((Ver Pedro Laín Entralgo. El médico y el enfermo, Triacastela, Madrid 2003.)). También ha sido fundamental el aporte en el desarrollo de instituciones de atención, hospicios, hospitales, orfanatos y centros de atención.

Más avanzada la época medieval, surgen las famosas órdenes hospitalarias ante la necesidad de una atención más especializada, rasgo que las distinguía de la atención practicada por los monjes. La caridad era el aspecto fundamental que los motivaba a consagrarse y a realizar incluso un voto específico de atención a los enfermos. Florecen además como respuesta a contextos específicos de necesidad y carencia, entre ellos la Peste Negra que devastó en el siglo XIV al continente europeo. En este tiempo además, fueron varios los hombres y mujeres que a través del estudio y de la ciencia contribuyeron a una profundización y desarrollo de las prácticas médicas.

Camilo Lelis2La asistencia sanitaria sufre una crisis en los siglos XV y XVI. Durante este periodo hubo una transición cultural con el inicio del Renacimiento. Había malas administraciones, corrupción, derrumbamiento de los altos ideales que en un principio habían motivado. Como rechazo a esta crisis, surgen los impulsos renovados de las obras de dos grandes personajes: Juan de Dios y Camilo de Lellis. Ellos se han constituido como verdaderos reformadores de la atención a los enfermos. Acentuaron el carácter hospitalario, de acogida y consideración al enfermo como un ser humano integral, compuesto de cuerpo, alma y espíritu. Son representativas también en este tiempo las hermanas de la caridad de San Vicente de Paúl, como promotoras de la consagración fuera de la clausura.

En los periodos posteriores, con la Ilustración, las instituciones de salud sufren con la secularización y las corrientes anticristianas que surgen. Esto lleva a que se pierdan de vista muchos valores y principios al disociar la visión cristiana del ser humano. A pesar de esta realidad, la Iglesia no perdió su ardor y su deseo de llevar a cabo la misión encomendada por Jesús.

En este último siglo, durante las guerras y conflictos que se han desatado, liderada por sus Pontífices, la Iglesia ha tenido un lugar representativo en la atención y socorro a los heridos, protección a los perseguidos, consuelo a los damnificados.

Incluso hoy, a pesar de la secularización de muchos ámbitos e instituciones de salud, se continúan impulsando por parte de la Iglesia diversas iniciativas para asistir a aquellos que son más pobres y necesitados; en los lugares más distantes y marginados asume las tareas que no muchos realizan, como son la acogida de ancianos, huérfanos, enfermos terminales, drogadictos, enfermos de cáncer, SIDA, entre otros; lo que la constituye en la institución con más obras en el campo de la atención en salud.

Además cabe resaltar que no son pocos los hombres de Fe que al haber asumido un papel protagónico en la defensa de la vida de los hombres y que han procurado asistencia y curación a los enfermos, han sido elevados a los altares. Vale la pena mencionar entre ellos a San Vicente de Paul, San Juan de Dios, San Camilo de Lellis, San Giuseppe Moscati, la Madre Teresa de Calcuta, Gianna Beretta, entre otros.

Son estos acontecimientos mencionados que han acompañado la vida del Pueblo de Dios y muchos más los que demuestran que éste si tiene autoridad en el tema de la salud del hombre. Fruto de su vida y su experiencia y más aún de su identidad, es que ayer como hoy tiene mucho que decir.

Por lo tanto, continuamente hace un llamado a los profesionales de la salud a tener una mirada más humana con los que padecen enfermedad, los llama a ver en cada uno de ellos el rostro de Cristo que sufre, a valorar su dignidad de personas y a defender el precioso don de la vida. Estos son los rasgos que menciona San Juan Pablo II a un grupo de médicos italianos: «como médicos, es decir, como servidores de la vida, encontráis en el ejercicio de vuestra profesión una ocasión privilegiada para contribuir a la edificación de un mundo que corresponda cada vez más a la dignidad del ser humano. La medicina, entendida auténticamente, habla el lenguaje universal de la comunión, poniéndose a la escucha de todo hombre, sin distinción, y acogiendo a todos para aliviar los sufrimientos de cada uno» ((S.S. Juan Pablo II. Mensaje a los participantes en la XXIII asamblea nacional italiana de médicos católicos, 9/11/2004.)).

© 2013 – Álvaro Díaz Díaz para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Álvaro Díaz Díaz

Álvaro es miembro del Sodalicio de Vida Cristiana, es colombiano y médico de profesión; Actualmente está realizando una especialización en Medicina Interna. Tiene interés en el área de cuidado paliativo.

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