¿Cómo conversar con nuestros niños?… ¿Existe alguna manera entretenida de saber cómo estuvo su día? ¡Giuliana nos cuenta!

Y con este texto podemos enriquecer nuestra reflexión sobre este tema:

Escuchar sin criticar

Es triste reconocerlo pero, ¿saben cómo es que se van deteriorando los vínculos de confianza con nuestros seres queridos? Cuando nos cuentan algo y nuestra respuesta inmediata es la crítica. Ya sea nuestro cónyuge o pareja, o alguno de nuestros hijos, quien viene a contarnos algún acontecimiento penoso o complicado que vivió en el día, si respondemos mal, estamos cometiendo uno de los peores errores para la construcción de los lazos de intimidad en la familia.

Una gran parte de la comunicación en las relaciones familiares busca encontrar apoyo emocional. Cuando se trata de un adulto, es más comprensible que “exijamos” una descripción más precisa de los sentimientos. Sin embargo, ¿podemos hacer lo mismo con un niño pequeño considerando que aún está aprendiendo a identificar sus emociones?

Pero, ¿cómo evitar reaccionar negativamente cuando un miembro de nuestra familia nos cuenta que ha hecho algo que no nos gusta? Me atrevo a compartir algunos consejos que pueden ayudar:

  1. Mirar con amor. Si amamos a esa persona entonces debemos desear, por sobre todas las cosas, su bien. Y, éste, definitivamente se basa en sentirse amado por su familia a pesar de todo lo que pueda hacer. Cuando un hijo hace algo malo, sí, debemos reprenderlo pero siempre con el objetivo de educarlo, buscando que sea mejor persona y que aprenda de sus errores. Esto solo se logra con amor. ¿Significa que no podemos ser firmes? No, en absoluto. Pero la firmeza puede –y debe– ir de la mano con la ternura y el cariño.
  2. Quién esté libre de pecado… Debemos aplicar la máxima de la misericordia: ama a tu prójimo como a ti mismo. ¿Te gustaría que cuando te ha pasado algo terrible las personas que más quieres en el mundo te griten, te insulten o te critiquen? ¿O preferirías que te acojan con un abrazo y, claro, te den consejos que te consuelen y te guíen para no caer en el mismo error que tanto te hizo sufrir? Es importante que nos demos cuenta de que ninguno de nosotros está libre de pecado y de que somos vulnerables a sufrir cualquier tipo de caída. Cuando escuchemos, seamos humildes y reconozcamos que frente a nosotros hay otro ser humano que también es pecador y puede cometer errores… como nosotros mismos lo hacemos cada minuto.
  3. El amor es el mejor aliciente para el cambio. No hay que hacer un gran estudio científico para descubrir que una persona responde mejor al cambio cuando es por las buenas. Por las malas podemos conseguir obediencia forzada, pero no necesariamente una conducta que manifieste una reflexión interna que invite a cambiar. Además, hagamos un pequeño autoanálisis: ¿no es más fácil para nosotros hacer algo por alguien que sabemos que nos quiere y busca nuestro verdadero bien? Entonces, ¿por qué podemos pensar que el resto sí funciona a los gritos y a los malos tratos?
  4. Hacer no es lo mismo que ser. Muchas veces cometemos el error de etiquetar a una persona por alguna conducta. Por ejemplo, si le atrapamos alguna mentira a alguno de nuestros hijos, no es raro decirle: “Eres un mentiroso”. Sin embargo, si bien la repetición de conductas similares puede definir a una persona, no es recomendable lapidarla con un “eres así” porque, de esa manera, estamos diciendo: “no te creo capaz de cambiar o de mejorar”. Pongamos un ejemplo concreto: si un hijo no hace una tarea y le ponen una mala nota, no le digamos “eres un flojo, nunca te esfuerzas, serás un vago”. Sería mejor, de hecho, decirle algo así: “Estoy triste porque yo veo en ti a un chico bueno, con ganas de hacer las cosas bien y de ser responsable. Tú no eres un flojo ni un vago. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no has hecho la tarea?”. Y desde ese punto se puede abrir un canal muy bueno en el cual, inclusive, podemos descubrir mediante un diálogo constructivo, que pueden haber causas más profundas que una simple flojera. De repente, está pasando un momento difícil con algún compañero o profesor, o en casa. Y eso solo lo sabremos si, siempre, en todo momento, les demostramos que a pesar de lo que hagan, los amamos y confiamos en sus potencialidades. Esto, además, va de la mano con no avergonzarlos. No hay nada más duro para un chico que alguno de sus progenitores se burle de él o lo haga sentir en ridículo. Es un daño, diría yo, casi irreparable.
  1. No criticar por haber hecho algo bueno. Muchas veces los padres, con causas justificadas, sentimos indignación porque vemos que nuestro hijo está actuando como un tonto o que están abusando de su confianza. De hecho, sí es importante educar a nuestros hijos en la templanza y en la fortaleza, pero esto nunca debe ir de la mano de inculcarles conductas negativas que solo traerán como consecuencia que no sean cada día mejores personas. Un caso común es cuando les hacen bullying. Sí, es difícil no querer que respondan a la violencia con violencia. O no pedirles que paguen al otro con la misma moneda. Mucho menos que pongan la otra mejilla. Sin embargo, es mucho mejor que les enseñemos a utilizar las vías civilizadas de resolución de problemas para que sepan solucionar situaciones complicadas. Si una persona actúa mal, será ésta quien sufra las consecuencias intrínsecas de comportarse negativamente. Si nosotros respondemos igual, estaríamos sufriendo igual que ellos. Y no vale la pena. Dejemos de lado el orgullo. Pensemos que si nuestro hijo actúa con bondad, eso lo hace una persona buena. Y deberá aprender a resolver sus conflictos siempre tratando de no perder el sentido de querer ser buenos y santos día a día.

Aprendamos a escuchar con amor, a no ser negativos, a ser comprensivos y caritativos ante el error ajeno. Y más aún cuando se trata de alguien que queremos tanto como es un miembro de nuestra familia. Como dijo San Juan Pablo II en el n.22 de Familiaris Consortio: “La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios”.

© 2016 – Giuliana Caccia Arana para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Giuliana Caccia Arana

Giuliana está casada y tiene dos hijos. Comunicadora social (Universidad de Lima) y Master en Matrimonio y Familia (Universidad de Navarra, España), es creadora de La Mamá Oca y autora del libro “Educación en serio. Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan” (Ed. Planeta/Sello Diana). También es Directora del área de Familia del CEC.

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