desierto1Los desiertos interiores están por doquier. Constituyen experiencias de vacío, de sinsentido; son las actitudes que nos inducen a desertar de una vida plena. Quizá también conforman espacios de nihilismo extremo donde triunfa la desesperanza. El Papa Benedicto XVI advertía sobre la “desertificación espiritual” que produce la difusión de lo vacuo, en último caso, de la negativa a responder al anhelo de infinito, de Dios ((Benedicto XVI, Homilía, 11 de octubre de 2012.)). El Papa Emérito estaba refiriéndose a otros desiertos, distintos a los físicos, aquellas extensiones áridas, carentes de agua, que extraen toda la energía e ingenio de las personas que los habitan.

A no ser que viviésemos en lugares como el Sahara, el Sinaí, o la extensa costa pacífica de Suramérica, poseemos escasas oportunidades para experimentar “físicamente” el desierto. El poeta norteamericano T.S. Elliot acertó al advertirnos que:

«El desierto no está en los remotos trópicos meridionales.
El desierto no está sólo a la vuelta de la esquina.
El desierto se aprieta a tu lado en el tren subterráneo.
El desierto está en el corazón de tu hermano» ((T.S. Elliot, Choruses from ‘The Rock’, en The Complete Poems and Plays, 1909-1950, Harcourt, Brace and World, New York 1971, p. 98.)).

Los desiertos interiores

des_intEn incontables oportunidades nos hemos sentido aislados, vacíos de sentido. El mundo moderno crea innumerables “yermos” sin necesidad de ingresar físicamente al desierto. Los caminos agrestes surgen en nuestro interior. Cuando pensamos en el desierto, las primeras ideas que se nos vienen a la cabeza son la sed y la desolación. En aquel desierto personal aparecen la desnudez y la aridez, que son el producto de nuestros tropiezos personales y de nuestras inercias indiferentes. Se trata de los desiertos de las inconsistencias, de las mentiras existenciales y de las rupturas.

Paradójicamente, como comprobaba el padre Ignace Lepp, «nunca el hombre ha estado menos solo que en nuestros días» ((Ignace Lepp, La Comunicación de las Existencias, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires 1964, p. 9.)). Incluso, hemos perdido toda posibilidad de aislarnos; las grandes urbes reclaman varias horas cuando se trata de cruzarlas de principio a fin. Sus espacios recargados de gente, como las oficinas, las fábricas o los grandes comercios, despojan cotidianamente al individuo de toda vida privada.

[pullquote]¿Es posible afirmar que el hombre moderno ha desarrollado un elevado grado de sociabilidad? Muy por el contrario. Para esta persona el miedo a la soledad constituye un “desierto cotidiano”. «La mayoría no sólo no siente la necesidad de la soledad, sino que positivamente le tiene miedo», añadía Lepp. «En medio de la muchedumbre y de la agitación perpetua, su vida interior se ha empobrecido al punto que se aburre en cuanto se encuentra solo» ((Allí mismo.)).[/pullquote]

Pero este mismo personaje que huye de la soledad, se encuentra terriblemente desolado en medio de las “selvas de concreto” urbanas. La vida moderna tiende a eliminar todo carácter de intimidad y de cercanía. Las conversaciones habituales, tanto en la escuela como en el trabajo, e incluso entre los amigos y la familia, suelen ser impersonales. Comprobamos la huida de la soledad en la multiplicación geométrica del tiempo empleado en mensajes de Facebook, Tweeter, Messenger o Whatsapp. En este espacio virtual la realidad puede perder toda importancia. El individuo puede transmitir al interlocutor una fantasía continua de sí mismo, sin el riesgo de mostrarse como es.

Charles Cummings describía la experiencia del “desierto interior” con precisión: «Mi desierto es el área de mi vida devastada al parecer por una especie de tornado que ha dejado una tierra desértica. Y ahora vivo en ella sin nada. No hay nada nuevo para atraer mis sentidos, mi mente o mi espíritu. Nunca pensé que la vida podía ser así (…) Dios me parece tan distante y la religión no hace ya ninguna diferencia. Todo lo que siento dentro de mí es un vacío, un monumental cansancio de todo (…) Cuando experimento el desierto —confiaba Cummings—, el desierto está por todas partes a mí alrededor, y dentro de mí, y no hay escape de él. Sólo cuando llegue al otro lado; pero mi desierto parece estrecharse indefinidamente en la distancia y hasta la idea de cruzarlo me parece absurda» ((Charles Cummings, O.C.S.O., Spirituality and the Desert Experience, Dimension Books, New Jersey 1978, pp. 25-26.)).

Cummings, un monje católico que había explorado la realidad espiritual del desierto, juzgaba que la sociedad contemporánea suscitaba grandes vacíos, pero también amplias posibilidades para madurar. El autor presentaba tres grandes desiertos existenciales: el desierto de la rutina diaria; el desierto de la soledad, con todas sus consecuencias de ansiedad, preocupación, complejos e inseguridades; y el desierto del sinsentido, de los pensamientos y acciones cuyo propósito se nos escapa. Pero, añadía Cummings, los desiertos interiores aportan «energías espirituales renovadoras que surgen muy de adentro, como aquellos manantiales sutilmente escondidos» ((Charles Cummings, O.C.S.O., Ob. cit., p. 24.)).

[pullquote]La contemplación atenta de estos vastos espacios de sequedad guardan bellezas incomparables; una ligera brisa fresca, una llovizna, transforman el yermo en un policromo jardín, henchido de vida. Precisamente aquella fue la intuición de Benedicto XVI cuando nos recordaba que en medio del desierto siempre hay esperanza: «En él se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida» ((Charles Cummings, O.C.S.O., Ob. cit., pp. 25-26.)).[/pullquote]

La escuela del desierto

Una prueba espiritual, o la aspereza del “yermo personal”, puede enseñarle a la persona las cualidades de su mundo interior, logrando avanzar en la respuesta al interrogante: ¿Quién soy verdaderamente yo? La soledad ayuda a la persona a conocerse íntimamente; a aprender el sentido auténtico de la existencia, logrando atisbar su mismidad.

La experiencia de estos “desiertos” permite a las personas hallarse a sí mismas, preparándose plenamente para plasmar el anhelo del encuentro-dialogante. Cuando se frustra aquella ansia de comunión, el resultado es la tristeza, la melancolía, la acedia y la angustia.

Sin duda los “desiertos” interiores constituyen experiencias o ámbitos difíciles. El primer impulso nos inclina al desagrado, a mostrarnos descontentos, quizá evasivos, o a la llana rebelión, buscando otras distracciones; o quizá a desanimarnos, sintiéndonos vencidos antes de emprender el camino para confrontar y resolver aquello que nos prueba. En la mayoría de los casos olvidamos quizá que el yermo duro, seco y pedregoso, acompaña al peregrino hacia la tierra prometida.

desert2En el siglo IV incontables cristianos abandonaron el bullicio de las urbes para acudir al desierto. Los guiaba el ejemplo de Jesucristo, quien buscaba a Dios en las soledades. Aquellos antiguos monjes que habitaron los desiertos del Oriente, o las inexpugnables cordilleras de Occidente, conocieron las pruebas de la aridez espiritual en todo su dramatismo. En el desierto el peregrino experimenta con crudeza la acedia, la melancolía y la tristeza. Uno de aquellos ascetas fue Juan Casiano, quien entrelazó la aspereza del desierto con el abatimiento interior:

«En el estado (de aridez) no nos es posible orar con la alegría de corazón acostumbrada y una inapetencia espiritual nos invade. Nos fastidian las lecturas santas que experimentamos como incómodas, e incluso se nos dificulta ser pacíficos y afables con nuestros hermanos. Las mismas ocupaciones y ejercicios espirituales nos parecen desabridos y nos llenan de impaciencia; nos hallamos desprovistos de todo consejo razonable. En suma naufraga la constancia y triunfa en nosotros la veleidad. Diríase que nos hemos convertido en hombres insensatos, faltos de razón y sin criterio; como embriagados por el vino, nuestro espíritu se hunde quebrantado y una desesperación penosísima se cierne sobre nuestro corazón» ((Juan Casiano, Instituciones Cenobíticas X, 1.)).

El desierto como espacio de encuentro

Pacientemente sobrellevado, el desierto interior nos ofrece la ocasión de reconocer nuestra hambre de comunión y reconciliación, que solamente puede ser respondida a plenitud en el diálogo entre el hijo y el Padre Amoroso.

El desierto constituye un lugar privilegiado para el encuentro con Dios; un espacio elegido por Él para sus mayores manifestaciones (Heb 11, 38-39). Sus manos sagradas modelaron el desierto para transformarlo en un lugar predilecto para su pedagogía (Jer 2, 2). Fue en el yermo donde el pueblo de Israel aprendió a prestar oídos y confiar en Dios (Sal 63).

El desierto también es un lugar retirado y silencioso (Lc 8, 29); de allí la costumbre del Señor Jesús de buscar la soledad para orar, dialogando con el Padre; para reflexionar y recobrar fuerzas (Mc 1, 35; Mc 6, 31). Es un espacio donde los cristianos antiguos, vulnerables a las persecuciones, buscaban refugio. «Un exilio espiritual en el que no se puede pactar con el mundo (…) Donde se vive al abrigo de la soledad, bajo la poderosa protección de Dios» ((Ceslas Spicq, Vida Cristiana y Peregrinación según el Nuevo Testamento, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1972, p. 78.)).

La experiencia del desierto es, ante todo, el reconocimiento de nuestra dependencia. La existencia en el yermo, bajo el sol abrazador, el frío intenso, la sed desesperante y la extrema ausencia de la naturaleza, enseñan cuan frágil es la vida humana. Cuando el peregrino decide renunciar a su autosuficiencia y aprender a confiar en Dios, el desierto deja de mostrarse tan amenazante. Más bien, revela una belleza sin paralelo. El yermo se vuelve una invitación a la capitulación de las propias fuerzas débiles en pos de una la fortaleza sustentada en Dios.

Mortificación, paz y gozo apoyados en la confianza en el Padre Amoroso constituyen realidades de una misma naturaleza. El paisaje desnudo, agreste y reseco facilita la fatiga y el desánimo, hasta hacernos exclamar con Moisés en el Deuteronomio: «Ese enorme y temible desierto» (Dt 1,19). Pero, en palabras de Ceslas Spicq, «el desierto es el lugar de salvación» ((Allí mismo.)).

El desierto: una prueba límite

La vastedad del horizonte, el silencio solemne y la quietud de la soledad nos aportan una experiencia educativa insustituible. En los calores del medio día los monjes solitarios anhelaban recibir sobre el rostro el frío viento de la noche. ¿A quién más clamar sino a Dios para que apague la sed y mitigue el calor? Pero, cuando se ponía el sol y soplaba el viento gélido, el monje anacoreta volvía a clamar a Dios para que apure la noche y el sol de la mañana lo calentase.

La soledad desnuda nuestras debilidades. Dios elige llamarnos a confiar plenamente en su amor. Junto a su poderosa voz escuchamos también el murmullo dulzón de la tentación a la desesperanza: ¡No resultará! ¡Es pedirme demasiado! ¡No vale la pena tomarme tan a fondo las cosas! ¿Acaso debes asumir el llamado de Dios tan en serio? ¡Otros han olvidado a Dios y están tranquilos!

Los antiguos monjes y maestros llamaron a estos murmullos interiores de desconfianza la “crisis del desierto”, parte fundamental del combate espiritual para acercarnos en amistad al Señor. En estas circunstancias intentamos asirnos a nuestro espíritu, pero lo hayamos distante y acedioso. En aquel momento nos resultaría sumamente fácil y liberador desestimar el llamado de Dios y abandonar las mortificaciones. Quizá si este desierto se presentase de manera espaciada las cosas serían más llevaderas. Pero aparece fieramente, sin dar tregua, todos los días. La tentación de “abandonar la lucha” surge con todo su poder y atractivo, sustentada en nuestra aversión al sufrimiento. Contribuye negativamente nuestra inclinación a rebelarnos ante lo incómodo.

Pero Dios está allí, perseverante, junto a nosotros. Se hace presente en el dolor y en la alegría; en la conciencia de nuestra fragilidad y en el descubrimiento de nuestra necesidad del amor del Padre. Algo nos dice que ha llegado el momento de “incendiar” nuestro orgullo y autosuficiencia. Vamos aprendiendo a conocer nuestra vulnerabilidad.

[pullquote]Comprendemos que nuestra felicidad clama por la ayuda de Dios. Vamos vislumbrando que el llamado del Padre a la oblación de nuestras vidas no es una demanda sino una invitación y una manifestación de su amor. Una convocatoria que podremos aceptar solamente en la medida en que abandonemos nuestra vanidad y escuchemos cómo Dios golpea la puerta de nuestro corazón para entrar, cenar con nosotros y acompañarnos (Ap 3, 20).[/pullquote]

La clave de la lucha para sobrellevar el desierto pasa por su plena aceptación. En el yermo corresponde confiar en Dios. Con esa actitud el Señor Jesús inició Su misión salvífica, recorriendo el desierto durante cuarenta días, sin comida y bebida. Es un periodo de soledad y de prueba espiritual, que supera en la intimidad con el Padre y con la oración. En la “prueba” aparecieron las tentaciones, pero mantuvo la misión (ver Mt 4, 1; Mc 1, 12; Lc 4, 1). Son días duros para Jesús, como lo serían para cualquier persona. Ya frágil fue tentado para que ceda a la desesperanza y renuncie a la obra encomendada por Dios. Sin embargo Jesús se abandona en la confianza en Dios. Se pone en sus manos.

Contraviniendo al desierto del desaliento

El desánimo constituye una reacción normal ante una prueba como la del desierto. Más bien el “abandono” en las manos de Dios significa un reto difícil. La tentación inmediata es la evasión. Hace algunos lustros Max Picard puntualizaba el problema de la huida de Dios. “Ocultarse” de los llamados del Padre Amoroso es una constante en la historia. «No es el hombre sino la huida quien determina la manera de huir (…) Nadie se pregunta ya por que huye; se olvida que huye de Dios», añade Picard ((Max Picard, La huida de Dios, Guadarrama, Madrid 1962, p. 18.)).

La lejanía de Dios arrastra a la persona a evadir aquellas exigencias que juzga como incómodas y mortificantes. La psicología espiritual denuncia innumerables fórmulas de evasión y de retirada. La persona las adopta como medios de defensa contra lo que considera exigencias incómodas, insistencias absurdas, o amenazas contra sus intereses.

«Toda evasión de la realidad constituye un cierto tipo de obstáculo al pleno influjo de la gracia de Dios, con su dirección inherente a la perfección de la personalidad humana», exponía E.J. Cuskelly (([1] E.J. Cuskelly, Un Corazón para Conocerte. Guía Práctica de la Vida Espiritual, Sal Terrae, Santander 1969, p. 240.)).

¿Cómo contestar al desaliento? El combate exige de nuestra parte un esfuerzo sostenido. Lo que se busca es que, al lado del empeño, que es una encogimiento del querer, exista una acción favorable, bella y buena, que es la distensión del querer.

Los monjes del desierto conocieron de primera mano las experiencias mortificantes asumidas en el camino a la santidad. Estos antiguos ascetas entendían claramente, como destacaba B. Kelly, que «lo único razonable es que mientras dejamos la iniciativa a Dios deberíamos, por medio de una serie de prácticas, conservarnos dentro de una preparación continua para la acción» ((B. Kelly, Progress in Religious Life, Newman Press, Westminster 1954, p. 69.)).

[pullquote]La tristeza abatida puede desesperar. Pero también puede constituirse en un momento de retorno a Dios. En la experiencia de dolor reconocemos nuestras fragilidades y aprendemos a buscar la plenitud del bien. Mientras que en la aparente seguridad y suficiencia material es posible evadir con distracciones los sufrimientos de nuestra vida cotidiana. Pero el dolor interior permanece allí, incólume, aunque uno decida evitarlo.[/pullquote]

Fray Luis de Granada insistía que el dolor de mortificación, como el que hallamos en los “desiertos”, cumple la función de «arrancar del ánima la mala raíz del amor desordenado, de uno mismo y de todas nuestras cosas» ((Guía de Pecadores, 2, 9.)).

La nitidez del yermo nos permite apreciar que Dios se acerca a nuestras miserias, a nuestras llagas para sanarlas. En unas recientes palabras el Papa Francisco nos recordaba que Dios «salva a las personas con su propia vida, con su amor y misericordia especialmente para los que son más pecadores (…) Dios se implica, se mete en nuestras miserias, se acerca a nuestras llagas y las cura con sus manos, y para tener manos se ha hecho hombre. Es un trabajo personal de Jesús. Un hombre ha cometido el pecado, un hombre viene a curarlo» ((Papa Francisco, Homilía, 23 de octubre de 2013.)). La experiencia del desierto constituye un momento fundamental para acercarse a Dios, aquel que «siempre vence con la sobreabundancia de su gracia, con la su ternura, con su riqueza de misericordia».

© 2014 – Alfredo Garland B. para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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