En un mundo cada vez más secularizado, que se aparta de Dios en sus formas y culturas, la vida de oración es progresivamente abandonada. Esta ausencia vuelve difícil para el cristiano que hoy busca el rostro de Dios tener la claridad necesaria sobre lo que es esencial a la oración, es decir, el aspecto de relación personal con Dios. Confundido, el hombre de hoy acaba muchas veces buscando una experiencia sensible o afectiva, o envuelto en sus propias ideas y cerrado en sí mismo, dirigiéndose a Dios como un ser impersonal o abstracto, fijado en técnicas o formas, o pensando que su oración no es efectiva, que está rezando mal...

Introducción

El presente ensayo es un intento de iluminar y aclarar a partir de la Revelación, auto-manifestación de Dios Uno y Trino, Comunión de Amor, qué es la vida de oración del hombre, o más propiamente, la necesidad de la oración para la persona humana, descubriendo la relación entre personas como el aspecto esencial de toda oración, y algunas consecuencias de esta afirmación.

En un mundo cada vez más secularizado, que se aparta de Dios en sus formas y culturas, la vida de oración es progresivamente abandonada. Esta ausencia vuelve difícil para el cristiano que hoy busca el rostro de Dios tener la claridad necesaria sobre lo que es esencial a la oración, es decir, el aspecto de relación personal con Dios. Confundido, el hombre de hoy acaba muchas veces buscando una experiencia sensible o afectiva, o envuelto en sus propias ideas y cerrado en sí mismo, dirigiéndose a Dios como un ser impersonal o abstracto, fijado en técnicas o formas, o pensando que su oración no es efectiva, que está rezando mal.

Esa claridad sobre la esencia de la oración se ha de buscar en la Revelación, donde Dios se muestra a sí mismo, y así nos revela quiénes somos y cómo ha querido salvarnos. Por esta razón, es conveniente, y es más, necesario, volver la mirada a la auto-comunicación de Dios que en Cristo se ha querido revelar, salir a nuestro encuentro para mostrarnos su Rostro, e introducirnos en una relación de amor más plena.

La Revelación del Dios, Uno y Trino

Como sostiene Ladaria (1987), a la teología trinitaria, al estar centrada en el misterio de Dios mismo, corresponde una prioridad sobre todas las demás cuestiones, que, ligadas a Dios mismo, recibirán de Él su última luz. Conociendo a Dios mismo podremos iluminar toda la realidad que de Él proviene. Y Dios se nos ha revelado en Cristo: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Heb 1, 1-2). Por medio de la Revelación podemos conocer la vida interna de Dios; ésta nos habla verdaderamente de Dios en sí mismo. En otras palabras, a partir de la Trinidad económica podemos aproximarnos al misterio de la Trinidad inmanente, sin pretensión de abarcarlo pero conociéndolo con verdad. Este es el esfuerzo que realiza la teología trinitaria.

La revelación de Dios en Jesús, con su Encarnación y con toda su vida, muerte y resurrección, es la revelación del Dios Uno y Trino: es la revelación del Señor Jesús como el Hijo de Dios, el Unigénito que está vuelto hacia Dios, a Él se dirige como su Padre, “Abba”; la revelación de Dios Padre, quien todo lo creó y sostiene, a quien Jesús es obediente en todo; y es la revelación del Espíritu Santo, el don del Padre y de Jesús, el Paráclito y Consolador, que introduce en la intimidad de su vida divina. Al revelarse como Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, Dios no renuncia a la revelación de Dios como Uno. He aquí la novedad de la noción cristiana de Dios, el misterio que Dios mismo nos presenta y que sin este acto de donación de su parte, nunca el hombre habría llegado a ella: el Dios que Jesús nos ha dado a conocer es a la vez Uno y Trino. “La doctrina de la unidad divina en la trinidad y la trinidad en la unidad que la Iglesia ha desarrollado es la consecuencia directa del Dios que Jesús nos ha dado a conocer”. Ladaria (1987) recuerda que ambos aspectos, unidad y trinidad, son igualmente originales del ser de Dios y no pueden separarse, antes bien, ayudan con comprenderse mejor el uno al otro.

En el desarrollo de la teología, el estudio de las nociones clásicas de las procesiones y de las relaciones desembocan en el estudio de la persona, noción central de la teología trinitaria. Dios, Santísima Trinidad, se desvela como un solo Dios, pero a la vez, con rostros diversos, como tres personas que viven en una eterna Comunión de amor. Y son estas nociones las que traen una luz determinante para la vida del hombre.

La persona humana invitada a una relación personal

Dios, Comunión de Amor, al revelarse, no sólo revela el misterio de Sí mismo, sino que ilumina el misterio del hombre, creado a imagen y semejanza suya. Por ser creado así, podemos decir que el hombre también es persona. La relación fundamental de Dios con él, de creación, lo constituye como tal, otorgándole una identidad única e irrepetible, pero llamado a la vez a salir de sí mismo para entregarse con amor a Dios y a los demás. Como lo dice Serretti: “La persona creada proviene de la Comunión de Personas divinas. La persona no sólo proviene de las Personas, sino que es creada para las Personas. La persona humana tiene su alfa y su omega en Dios, y por motivo de este origen y de este fin ella es llamada a la comunión con todas las otras personas creadas, su vocación es la de vivir con ellas y para ellas. Así, la comunión de Personas divinas funda la comunión de las personas creadas entre sí y con Dios.”

El hombre, constituido por su relación de creación por Dios, encuentra su fin último en la participación de la Comunión divina de amor. Este es el origen y el fin último de la persona humana, que excede a la comprensión de su razón, pero que por medio de la Revelación puede conocer y comprender.

La unidad de Dios, la unión de las Personas Divinas, muestra a qué comunión con Dios estamos llamados los hombres. La unidad de Dios es unidad de la trinidad. “Con la unidad que viene de la esencia común y del amor mutuo cada una de las personas se encuentra en profunda unión con las otras dos.… La inhabitación recíproca expresa y realiza en la máxima medida la unidad de las personas en su distinción.” (Ladaria, 1987). No se trata de una unidad estática, solamente en la esencia, sino también de la inhabitación mutua, constituida por la interacción dinámica de las tres personas. (ídem). Análogamente, el hombre al entrar en relación con Dios, no pierde su identidad, sino que, en esa relación personal y plena unión con Dios, alcanza, o recibe, su propia plenitud.

Junto con estas consideraciones sobre Dios y el fin último del hombre, la vida de oración se presenta una prioridad.

La oración, una relación personal

El Catecismo, en la cuarta parte, explica la oración cristiana y hace referencia a lo que la tradición cristiana nos dice sobre la oración. San Juan Damasceno dice: “La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (Catecismo, 2559). Y más adelante: “En la nueva Alianza, la oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo…Así, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con Él.” (ídem, 2565). También refiere a Santa Teresa de Jesús que dice en su Libro de la vida: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (ídem, 2709). Estas referencias permiten ver el acento de la oración en la relación: como Alianza, amistad, un salir al encuentro de Dios, como estar en presencia de Dios.

Siendo la relación con Dios lo que constituye al hombre como persona y el fin último al que fue destinado, éste debe ser el aspecto esencial de toda oración. Sean los medios, tiempos o formas que se utilicen, lo que interesa es vivir en esta relación de unión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. “La oración no es un diálogo interior con uno mismo, como recapacitación, o como revisión, o como introspección; la referencia a Dios es esencial.” (Galilea, 1987). También lo recuerda el card. Van Thuân, que meditaba en su tiempo de aislamiento en la prisión: “Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios… Escoger a Dios y no las obras de Dios” (2003). En la oración, más que un “qué”, lo que importa es “a quién”. Y Dios no es una idea, una energía o un ser indeterminado. El Dios que se nos ha revelado es el Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nuestra oración debe dirigirse a Dios tal y como Él se nos ha manifestado.

[pullquote]Ello conduce a reconocer que la eficacia de la oración no radica en los sentimientos que produce, presencia de una experiencia sentida de afecto, ni en los pensamientos que suscita, ya sea la novedad o cantidad de reflexiones. La eficacia se encontrará en la unión del hombre con Dios, dicho de otra manera, en la medida en que esta sea una actualización y crecimiento de la relación de la persona humana con las Personas divinas. La oración es eficaz independientemente del fervor o aridez que se experimente, siendo estos más bien modos de experimentar esa relación con Dios que nos va formando.[/pullquote]

Se puede decir que la oración es más oración propiamente cuando me hace más hijo del Padre, más hermano y amigo de Cristo, más templo del Espíritu Santo, conscientes de que siempre nos encontramos con el Dios Uno, que es Trino. Como en Dios mismo, que es Amor, no son relaciones que se busquen por su utilidad o productividad, sino que en sí misma, la relación es enriquecedora. La persona se realiza en ese salir de sí misma, desde su libertad, poseyendo su naturaleza para donarse al otro, tal como Dios lo ha mostrado.

Estas reflexiones no han de llevar a desconsiderar lo que los métodos, las formas de oración de la tradición, o la psicología actual pueden decirnos sobre la oración. Ellos, ciertamente proveerán una ayuda valiosa para vivir mejor esta relación, ayudando a concentrarse en Dios.

Conclusión

La Revelación de Dios, Comunión de Personas, provee la luz determinante para la vida del hombre, siendo el origen del que proviene y el fin hacia el que se dirige. Por medio de la profundización en la realidad de Dios, Personas divinas que viven en una íntima relación de amor, y a la vez, en una unión tal que no pueda hablarse de separación, nos indica la relación que sostiene al hombre y que está llamado a vivir. Que la naturaleza relacional de la persona humana, fundada en la Comunión de Personas Divinas que la crearon, no solo ha de desplegarse por medio de una vida de oración, sino que ésta es imprescindible para la persona humana, dado que la oración se ordena a la unión con Dios, fin último del hombre. La oración es ante todo un espacio de relación de la persona creada con la Persona divina. Cultivar y desenvolver una vida de oración que se desprenda a partir de este eje es esencial para que su oración sea efectiva, que la persona humana se encuentre verdaderamente con las Personas Divinas, y así alcanzar el fin para el que fue creado.

Bibliografía

Ladaria, L. (2010). El Dios vivo y verdadero. Salamanca: Secretariado Trinitario.

Galilea, S. (1987). La amistad de Dios. Madrid: Ediciones Paulinas.

Iglesia Católica. Catecismo de la Iglesia Católica. 2do. ed. Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 2011.

Nguyên Van Thuân, F., Talavera, C., & Talavera, M. (2003). Cinco panes y dos peces. México, D.F.: Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana.

Serretti, M. Persona y comunión de personas pág. 8

© 2016 – Johan Chon Torvela para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Johan Chon Torvela

Johan nació en Guayaquil (Ecuador) en 1987. Graduado en ingeniería civil en la Universidad Católica de esa ciudad.

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