Miguel de Unamuno concibe toda su existencia a partir de la vivencia particular y profunda del anhelo de trascendencia, del ansia por encontrarse plenamente con Dios en respuesta a la peculiar nostalgia de infinito que experimenta ... su alma vive cuestionándose constantemente por el sentido de su vida. “¿De dónde vengo?”, y “¿Adónde voy?”, son preguntas que le harán compañía durante mucho tiempo. Y es que en él se descubre un ansia por no morir, reflejo de su inseguridad profunda frente a la vida terrena y a su relación con Dios, fuente y origen de todo.

La generación del 98

Como no es poco frecuente en la mayoría de los pensadores y escritores, Miguel de Unamuno es un hijo de su tiempo. De un tiempo, además, fácilmente ubicable: la “Generación del 98”. Lejos de ser secundario, éste es un elemento que nos permitirá adentrarnos en la obra y figura de Unamuno con mayor claridad.

Hacia fines del siglo XIX un hecho histórico conmovería profundamente España: el fin de su dominio en las últimas colonias. El año en que sucede esto ­–1898– sería adoptado para dar nombre a un grupo de escritores españoles que desarrollan su actividad artística hacia fines del siglo XIX y el primer tercio del XX. Se les da el nombre de “generación” porque constituyen un grupo de escritores que coinciden en ciertas características como lugar y fecha de nacimiento, momento de madurez creativa, intereses intelectuales, intereses políticos, postura ante la vida; es decir, reunían una serie rasgos que perfilaban su figura de manera general por identificación con el grupo.

Entre los escritores que pertenecen a esta generación están Pío Baroja, Azorín (José Martínez Ruiz), Ramiro de Maeztu, Benito Pérez Galdós, Juan Ramón Jiménez y Ramón del Valle Inclán.

El hecho histórico de la pérdida de las últimas colonias españolas repercute en España como factor que agudiza la crisis social y política por la que atravesaba. Esto, además, sacude a los intelectuales despertando en ellos el interés por el problema nacional de España, ahondando en la comprensión del alma española.

Estos son algunos de los elementos comunes a los exponentes de la “generación del 98”:

  • Nacen entre 1864 y 1876.
  • Proceden de distintas regiones periféricas de España, pero todos se reúnen en Castilla.
  • Colaboran en las mismas revistas y participan de las mismas tertulias.
  • Enfrentan una amplia gama de problemas espirituales: desde lo religioso hasta lo social.
  • Dominan un nuevo estilo.
  • Manifiestan un claro anhelo de trascendencia.
  • Tienen una inmensa preocupación patriótica.
  • Convierten el paisaje castellano en símbolo y preocupación que aparece constantemente en la obra literaria.
  • Retornan a escritores como Cervantes, a través de cuya obra buscarán revalorar lo español.
  • Se adentran en la intimidad del propio autor y de los personajes de su obra.

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Su vida

unamuno_coverEstimado como uno de los pensadores más profundos y originales de Europa, Miguel de Unamuno y Jugo nació en Bilbao el 17 de septiembre de 1864. Toda su etapa escolar la realizó en su ciudad natal, trasladándose luego a Madrid donde cursará Filosofía y Letras. Con ocasión de un ofrecimiento para ser catedrático en la Universidad de Salamanca se dirigirá a dicha ciudad en el año 1891.

Deportado en 1924 se exilia en París primero y luego en Hendaya (Francia). Vuelve a Salamanca, donde seguirá ejerciendo la cátedra de griego. Muere el 31 de diciembre de 1936.

La pregunta por la existencia

[pullquote]Miguel de Unamuno es considerado un escritor pre-existencialista. Concibe toda su existencia a partir de la vivencia particular y profunda del anhelo de trascendencia, del ansia por encontrarse plenamente con Dios en respuesta a la peculiar nostalgia de infinito que experimenta. Ésta, debido a diversas circunstancias de su vida, adquiere visos dramáticos y angustiantes.[/pullquote]

A raíz de estos rasgos de su alma vive cuestionándose constantemente por el sentido de su vida. “¿De dónde vengo?”, y “¿Adónde voy?”, son preguntas que le harán compañía durante mucho tiempo. Es importante ver su obsesión por responder a la segunda pregunta. Y es que en él se descubre un ansia por no morir, reflejo de su inseguridad profunda frente a la vida terrena y a su relación con Dios, fuente y origen de todo.

Se da en Unamuno un conflicto entre la fe –por la que le viene la esperanza que alimenta su espíritu y sostiene su anhelo de trascendencia, de vida eterna–, y la razón –mediante la que racionaliza su intensa vida mística de encuentro con el Creador, intentando obligar a su espíritu a resignarse con lo inevitable: 1a muerte como fin de todo.

A pesar de ello su alma sensible, cargada de experiencias religiosas pasadas, y la huella divina impresa en su corazón, hacen que perdure siempre en su ser el llamado a realizarse de acuerdo con el designio divino para su vida. Definitivamente percibe la grandeza de su vocación, y el infatigable llamado de su humanidad a la plenitud:

No veo orgullo, ni sano ni insano. Yo no digo que merecemos un más allá, ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no, y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo esto de decir: “¡Hay que vivir, hay que contentarse con la vida!” ¿Y los que no nos contentamos con ella? ((Miguel de Unamuno, Cartas a Jiménez Ilundain en Revista de la Universidad de Bs. Aires, Fasc. 9, p. 76.)).

El descontento y la insatisfacción que experimenta nos hablan de un alma en búsqueda. Pero, ¿de qué? ¿acaso búsqueda de diversiones intrascendentes, de felicidades pasajeras, de exabruptos sensibleros que la distraigan de su ser más profundo y lo alejen del hambre de infinito que lleva en el corazón? Todo parecería indicar que no es así: la urgencia de llenar el vacío que expresa como “sed de eternidad” lo lleva a buscar a Dios, como el único que puede darle el real sentido de su vida.

Es importante ver el modo en que expresa su anhelo de trascendencia: «Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to!…» Dista mucho de ser una actitud fría e indiferente; por el contrario, refleja todo el dramatismo de quien comprende que lo que está en cuestión, lejos de constituir una especie de “lujo” o una exquisitez, es algo absolutamente vital y fundamental.

Contrasta la actitud de Unamuno con la de aquellos que afirman que «hay que contentarse con la vida…» o como la de muchos que ante los cuestionamientos más profundos replican diciendo que “no hay que complicarse tanto, ¿para qué hacerse problemas?” Lo que no entienden aquellos es que no se trata de complicarse la vida, ¡sino que ella misma es compleja…! La vida misma es complicada, problemática. A Unamuno le causa una natural repulsa el simplismo y la abulia con que algunos conciben su propio existir.

El renombre que había alcanzado, aun antes de su muerte, era significativo. Tan es así que el pensador peruano Víctor Andrés Belaúnde menciona a Don Miguel al describir las corrientes de pensamiento que surcaban su época. Y lo sitúa en un lugar de no poca importancia:

«El conflicto espiritual futuro se dibuja claramente entre vitalismo y espiritualismo, entre el goce de lo indefinido y la sed de lo infinito; entre el gusto de lo vago y el culto del misterio, entre el amor a la sombra y la adoración del arcano a plena luz.

El espíritu del hombre actual vacila en estas orientaciones. Unamuno encarna esta dolorosa oscilación; y es por ello el escritor más humano de los tiempos modernos. Gravitan sobre él la enorme herencia espiritual del medioevo continuada por la mística española, y la influencia nórdica; el vitalismo sutilizado de Ibsen y Kierkegaard, Carlyle y Nietzsche. En su “Sentimiento trágico de la vida” vibra aquella sed de eternidad y de infinito que lo hacen un Pascal moderno; pero al mismo tiempo su afirmación de la personalidad, su reiterado egocentrismo la unen a la corriente fáustica.

En él se dan, de igual modo, la congoja del misterio y la contemplación gozosa de las perspectivas abiertas e indefinidas. A ratos su inquietud es agoniosa como en Pascal, a ratos aparece el diletante del ritmo y de la lucha universales. Sin la savia del espiritualismo ético cristiano sería un continuador de Nietzsche y un amigo de Keyserling; si, dominando la seducción vitalista lograra vencer en él, la nota esencialmente espiritual, sería el gran místico de los tiempos modernos, o tal vez el último de los padres de la Iglesia. ¿Alcanzará Don Miguel su noche de certeza, de alegría y de lágrimas?» ((Víctor Andrés Belaúnde, Inquietud, serenidad, plenitud. Actualidad de Pascal, Lima; Sociedad Peruana de Filosofía 1951, pp. 90-91.)).

Desgraciadamente esa «noche de certeza, de alegría y de lágrimas» a la que alude Belaúnde no se haría presente en la vida de nuestro autor. Por lo menos no se deja ver hasta el momento de su muerte. Miguel de Unamuno terminará sus días con la carga de una profunda crisis personal que lo llevará a la desesperación y al sinsentido. El autor acabará adoptando una postura agnóstica frente al misterio de la vida y de la muerte y frente al gran misterio que sobrepasa estas dos realidades: Dios y la fe en Él.

Queda reservado para más adelante el porqué de un giro espiritual y vital tan contradictorio.

Infancia: tiempo de creer

En los relatos de la niñez de Unamuno descubrimos dos características fundamentales que sellarán su alma y nos perfilan el campo recorrido por ella:

Uno sería el misticismo infantil: «Era una edad en que la mente no podía aún fijarse en el tremendo misterio del mal, de la muerte y del sentido; era una edad de frescura en que la imaginación se me dejaba brizar en la poesía exquisita de la vida de santidad…»

Tenía una sensibilidad increíble para percibir la presencia de Dios en las cosas ordinarias: los campos, el mar, la aldea que lo vio nacer y en los acontecimientos litúrgicos a los que asistía con verdadera piedad y devoción.

Y el otro la voracidad intelectual: Quería saberlo todo, era un apasionado de la lectura, pasaba de una idea a otra, y este continuo vaivén, lejos de escepticismo, le daba «cada vez más fe en la inteligencia humana y más esperanza de alcanzar alguna vez un rayo de la Verdad». Deseaba llegar a la Verdad, a la única verdad. Ello refleja nuevamente su actitud de constante búsqueda, la que expresa como «un ansia devoradora de esclarecer los eternos problemas».

Para él la experiencia de la niñez marca toda la vida: «Nuestros primeros años tiñen con la luz de sus olvidados recuerdos toda nuestra vida, recuerdos que, aun olvidados, siguen vivificándonos desde los soterraños de nuestro espíritu, como el sol que sumergido en las aguas del Océano las ilumina por reflejo del cielo». Unamuno recurrirá frecuentemente, con cierta alegría nostálgica, a los momentos de su infancia para encontrar la luz de esperanza que ilumine su paso por el mundo.

Es sumamente importante analizar esta etapa. Significa para él el tiempo de la armonía espiritual y de la amistad con Dios, raíz de la aproximación existencial al misterio de su vida y de la Divinidad.

Será tal la valoración que tiene de esos momentos, que escribe:

La más pura poesía humana es inaccesible a quien no haya pasado alguna vez en su vida por crisis mística más o menos efímera.

Cuando al entrar en la vida se nutre el alma de altos pensamientos ultramundanos, aun pareciendo inadecuados a la ternura de la niñez, obran sobre el alma infantil, vasos de gracia, mucho más eficazmente que sobre el alma adulta. Como en los pueblos nacientes, así en las almas que se abren a la vida aparece más augusto el misterio del mundo, más vivificantes los reflejos de la aurora y más solemnes las sombras de la noche.

Si la vida del hombre es trasunto y resumen de la vida del linaje humano, no puede tenerse por verdaderamente hombre quien no haya por lo menos pasado por un periodo sinceramente religioso y que, aun cuando pierda su perfume, su oculta savia la vivificará. Los pensamientos más profundos no son los que brotan en fórmulas concretas, sino los que, como nubes, se forman en el cielo con los vapores que exhalan los corazones puros, y bajan luego, en dulce orvallo, a rociar a los espíritus humildes ((Miguel de Unamuno, Recuerdos de niñez y mocedad, col. Austral, Espasa-Calpe, Bs. Aires, p. 103.)).

Desataca aquí la sensibilidad de un alma joven para poder percibir con simpleza, pero con mayor profundidad que los adultos, la riqueza inmensa y trascendente que encierra una etapa mística. El autor entiende a los adultos como seres de corazones endurecidos e incapaces para captar las realidades que van más allá de la razón humana.

Al escribir «… en las almas que se abren a la vida aparece más augusto el misterio del mundo, más vivificante los reflejos de la aurora y más solemnes las sombras de la noche» desea destacar la aproximación de un niño a los misterios de la realidad, el nacimiento, la vida y la muerte, que lejos de convertirse en problemas angustiantes –causa de desesperación–, son asumidos con el gozo y la reverencia de quien se aproxima a realidades majestuosamente poéticas. Todo ello representa el polo opuesto de la crisis existencia que experimentará en edad adulta.

Reconoce la huella que imprimió en su alma esta «etapa sinceramente religiosa», huella que nunca se borrará –aunque se opaque– y que constantemente lo remitirá a los recuerdos felices del inicio de su vida, pues son como «oculta savia» que le vivificará aun cuando pierda su aroma.

El predominio en su niñez de la fe sobre la razón es una constante en sus recuerdos escritos. Sobre este punto es sumamente hermoso el último párrafo del texto. Existe todo un sentido de valoración y de apertura frente a las realidades meta‑racionales basadas en la fe.

La frase: «Los pensamientos más profundos no son los que brotan en fórmulas concretas, sino los que, como nubes se forman en el cielo con los vapores que exhalan los corazones puros…», critica el afán humano de mensurar y cuantificar la realidad. De dominarla y manipularlas buscando falsas seguridades ante la endeble estructura de su alma. El hombre, frágil y vulnerable, difícilmente es capaz de aferrarse a realidades misteriosas, trascendentes, que exigen la autodonación de la Fe.

Al hablar del «dulce orvallo (llovizna) que baja a rociar los espíritus humildes», descubrimos una clara referencia al sentido de don de gracia, de regalo divino a los hombres. Señala el carácter gratuito de las realidades más profundas. Sentido muchas veces olvidado por nuestra cultura donde se acostumbra obtener, caprichosamente y mediante los propios medios, lo que se desea en el momento.

Este regalo divino es acogido sólo por los «espíritus humildes», los únicos capaces de abrir el corazón a este don del que se reconocen necesitados, y frente al que se autoperciben frágiles y limitados. También hallamos aquí una crítica a la soberbia y autosuficiencia del hombre, que se manifiesta gravemente en la actitud de rechazo frente a la fe y a lo relacionado con la existencia de un Dios providente que se preocupa por cada persona humana.

El hambre de eternidad y el fantasma de la muerte

He aquí el eje del pensamiento unamuniano: la trascendencia. Es la permanencia más allá del velo de la muerte. En este sentido es impresionante lo que afirma en su obra «Del sentimiento trágico de la vida»:

«¡Eternidad!, ¡Eternidad! Este es el anhelo; la sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres, y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él. Lo que no es eterno tampoco es real» ((Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, Madrid, Aguilar 1987, p. 42.)).

1-unamunoComenta además el afán humano de permanecer hasta en la fama, al extremo de preferir, paradójicamente, la muerte siempre y cuando permita la perennización en el recuerdo de los demás: «Hay quien anhela hasta el patíbulo para cobrar fama, aunque sea infame…» ((Allí mismo, p. 57.)).

En su obra “La agonía del cristianismo” tocará también el tema repetidas veces. Empezando por el termina «agonía», el cuál asume en su sentido etimológico: lucha. Entonces la vida es una agonía, pero no en cuanto que uno muere, sino en cuanto lucha por permanecer. La vida es la lucha por no morir, por permanecer viviendo. Y ese deseo de permanencia lo tratará de leer en diversas manifestaciones; una de ellas la plantea respecto a los religiosos: «El sufrimiento de los monjes y de las monjas, de los solitarios de ambos sexos, no es un sufrimiento de sexualidad, sino de maternidad y paternidad, es decir, de finalidad. Sufren de que su carne, la que lleva el espíritu, no se perpetúe, no se propague. Cerca de la muerte, al fin del mundo, de su mundo, tiemblan ante la esperanza desesperada de la resurrección de la carne».

Pero Unamuno padecerá de la misma lucha agónica que describe, pues su ser se debate entre el hambre de inmortalidad y la constatación indefectible de la muerte. La tensión entre ambos sentimientos marcará su ritmo vital.

Este pensamiento de que me tengo que morir y el enigma de lo que habrá después es el latir mismo de mi conciencia. Contemplando el sereno campo verde o contemplando unos ojos claros, a que se asome un alma hermana de la mía, se me hinche la conciencia, siento la diástole del alma y me empapo en vida ambiente, y creo en mi porvenir; pero al punto la voz del misterio me susurra: “¡Dejarás de ser!”, me roza con el ala el ángel de la muerte, y la sístole del alma me inunda las entrañas espirituales en sangre de divinidad ((Allí mismo, p. 43.)).

El drama de la extinción de la vida se vuelve para Unamuno un yugo por momentos insoportable. Perdida la referencia a lo trascendente, pierde el sentido de su existencia y la esperanza de la recompensa en la vida eterna.

El gran anhelo de permanencia que lleva en el ser se ve frustrado inexorablemente por la muerte de su vida espiritual y por la amenaza de la muerte terrena, que desde su óptica racionalista y atea significaría el fin de su existencia y el término de sus anhelos y esperanzas desesperadas.

Esta misma obsesión le llevará a escribir, casi diez años antes de su fallecimiento, su «Cancionero de la muerte», en medio de una terrible crisis interior. Será por estos años que Unamuno desentierra viejas nostalgias por su infancia, por la perdida cercanía de Dios, por la vida de fe convertida ahora en incredulidad.

Tiempo de contradicciones

¿Cómo un hombre tan sensible, con una riqueza interior inmensa fruto del encuentro con Dios y con el deseo de mantener el espíritu de su infancia, puede sumergirse –pasados los años– en la gran contradicción entre fe y razón, entre Unamuno niño y Unamuno adulto?

Valorando el aspecto trascendental de la etapa infantil escribe: «Sólo conservando una niñez eterna en el lecho del alma sobre el cual se precipita y brama el torrente de las impresiones fugitivas, es como se alcanza la verdadera libertad y se puede mirar cara a cara el misterio de la vida» ((Allí mismo, p. 120.)).

Pero veremos luego que en medio de la crisis existencial que le sobrevino, y con la nostalgia de la niñez perdida, escribirá en 1928:

Agranda la puerta, padre, – porque no puedo pasar;

la hiciste para los niños, – yo he crecido a mi pesar.

Si no agrandas la puerta, – achícame, por piedad;

vuélveme a la edad bendita – en que vivir es soñar.

Gracias, padre, que ya siento – que se va mi pubertad;

vuelvo a los días rozados – en que era hijo no más.

Hijo de mis hijos ahora – y sin masculinidad,

siento nacer en mi seno – maternal virginidad» ((Miguel de Unamuno, Cancionero, Diario poético en Poesías escogidas, Losada, Bs. Aires, p. 154.)).

Unamuno revela en sus escritos el esfuerzo por retornar a la edad de la piedad, de la vida de oración, de la contemplación de los misterios del mundo, de la pureza espiritual, de la paz. En última instancia hay un deseo desesperado por retornar a la etapa en la que la Fe es el centro motor de la propia vida.

Es claro que el autor se da cuenta de que su estado actual no es ya el de un niño. Su vida de fe se ha convertido en sombras de duda y de incredulidad. La esperanza que lo alimentaba en sus primeras épocas se ha visto reducida a cortos respiros para su alma conflictiva o, peor aún, la descubre extinta al enfrentar su razón con la realidad inevitable de la muerte terrena.

Es difícil determinar las razones por las que Unamuno toma el camino de contradicción entre la razón y la fe, de por sí complejas y que –finalmente–, quedan reservadas al fuero interno del pensador. Sin embargo, hay un pasaje de su vida que puede darnos algunas luces y que es considerado por el mismo Unamuno como uno de los más significativos en su peregrinar:

Hace muchos años ya, siendo yo casi muy niño, en la época en que más imbuido estaba de espíritu religioso, se me ocurrió un día, al volver de comulgar, abrir al azar un Evangelio y poner el dedo sobre algún pasaje. Y me salió éste: “Id y predicad el evangelio por todas las naciones”. Me produjo una impresión muy honda; lo interprete como un mandato de que me hiciese sacerdote.

Más como ya por entonces, a mis quince o dieciséis estaba en relaciones con la que hoy es mi mujer, decidí tentar de nuevo y pedir aclaración. Cuando comulgué de nuevo fui a casa, abrí otra vez, y me salió este versillo, el 27 del capítulo IX de S. Juan: “Respondióles: Ya os lo he dicho y no habéis entendido, ¿por qué lo queréis oír otra vez?” No puedo explicarle la impresión que esto me produjo.

Hoy todavía, después de dieciséis o dieciocho años, recuerdo aquella mañana, solo en mi gabinete. En mucho tiempo repercutió la sentencia en mi interior, y el recuerdo de aquellas palabras me ha seguido siempre. Lo he contado varias veces a mis amigos, explicándolo de un modo o de otro, pero siempre he llevado grabado en mi alma este suceso. Y cuando, hace un año, sentí como una súbita visita de aquellos sobresaltos e inquietudes, resurgió con nueva fuerza en mi alma el recuerdo de esa extraña experiencia de mi juventud» ((Miguel de Unamuno, Cartas a Jiménez Ilundain, en Revista de la Universidad de Bs. Aires, Fasc. 7, pp. 74-75.)).

El recuerdo de este acontecimiento, como él mismo dice, lo siguió para siempre. Intentó liberar su carga compartiéndola con sus amigos, buscando desahogarse, pero resultó inútil. No logró calmar el vacío y la frustración que le persiguieron durante años.

Ciertamente resulta algo aventurado pretender que éste hecho explica toda la crisis de Unamuno; sin embargo, vale la pena darle el peso debido, pues es el mismo escritor el que pone en nuestro camino esta pista.

Definitivamente, haya sido o no una autentica llamada de Dios, la conciencia de haber dado un no al Señor desgarra el sensible corazón de Unamuno y demarcará la ruta que habría de seguir.

Nos dirá el mismo Unamuno citando y comentando a un personaje de su época, que «Todos esos hombres –escribía a sus ochenta y seis años– no han hecho nada, porque hablando en nombre de Dios no le habían visto. Pero yo, que le había visto, tampoco he hecho nada». Las Escrituras dicen que el que ve la cara a Dios muere. ¡Y el que no se la ve, también! ((Miguel de Unamuno, La agonía del cristianismo, Madrid, Espasa-Calpe 1984, p. 128.)).

La ruptura con el Creador y con la vida de fe es inicio de una ruptura consigo mismo. Rompe con el sentido de su vida. Vida que queda a la deriva y a expensas de sus reflexiones racionalistas y pseudo-filosóficas que al no encontrar respuesta la hunden cada vez más en la desesperación, al punto de concebir sus últimos días como una muerte anticipada: en 1935, un año antes de su fallecimiento, expresa en un escrito «Se me ha ida el alma de la vida gota a gota, y alguna vez a chorro» ((Miguel de Unamuno, Niebla, Oveja Negra, Colombia, p. 17.)).

Dios se vuelve para él una realidad inaccesible, un Dios lejano y racional. Su sequedad interior abre paso a las reflexiones ateas de su razón. La razón se cierne amenazadora y apabullante sobre la fe que pasa de ser savia viva que alimenta a recuerdo doloroso de una etapa ya pasada e inactualizable.

La partida

Finalmente, el tránsito de Miguel de Unamuno no resulta menos cuestionante. De alguna manera deja entrever, al borde del postrer latido, esa imborrable esperanza en la misericordia divina, esa espera angustiosamente confiada en Dios nuestro Padre. La senda recorrida, llena de contradicciones y contramarchas llega a su fin y su desenlace definitivo quedará escondido tras las sombras de la muerte. Sin embargo, nos resta la convicción de que Miguel de Unamuno y Jugo no pudo jamás desterrar de su frágil corazón humano el hambre y la nostalgia por el hogar atardecido del Padre.

«El 31 de diciembre de 1936, justamente treinta años después, a las cuatro y media de la tarde, Unamuno acababa de decir a Bartolomé Aragón-Gómez: “Me encuentro mejor que nunca”. Cuando, en un momento de desaliento, su interlocutor le dijo: “La verdad es que a veces pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España, disponiendo de sus mejores hijos”. Unamuno descargó un recio puñetazo sobre la camilla en que solía tenderse para leer o para conversar, y exclamó: “¡Eso no puede ser, Aragón. ¡Dios no puede volverle la espalda a España!” Apenas pronunció estas palabras, don Miguel de Unamuno y Jugo murió súbitamente».

Tal vez siente, en el fondo, que es a él a quien Dios no dará la espalda, cuando escribe en su «Cancionero de la muerte»:

Méteme, Padre eterno en tu pecho,

Misterioso hogar.

Dormiré allí, pues vengo deshecho

del duro bregar.

© 2015 – Oscar Tokumura Tokumura para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Oscar Tokumura Tokumura

Óscar es Doctor en Letras por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Magister en Teología por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Es autor de "El héroe en la obra de Saint-Exupery", "Árboles y Hombres" y "Dios en tu vida cotidiana: elementos para el discernimiento".
Ha trabajado en la formación de jovenes y adultos en Perú y en Argentina. Se ha desempeñado como docente tanto a nivel escolar como universitario. Se ha especializado en la obra de Saint-Exupéry y en temas espirituales.

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