En nuestro mundo usamos mucho el vocablo inglés light (ligero), es más, incluso hemos acomodado una vertiente de pensamiento sin quererlo o mejor aún sin notarlo a nuestra vida. Los jóvenes ya no se esfuerzan en las preparatorias o secundarias y dejan que el sistema los arrastre. Hemos pasado de una cultura de niños que soñaban con ideales realmente altruistas: ser bombero, policía, médico, astronauta, entre otras, a un grupo de pequeños que perdieron el verdadero sentido de la infancia y se quedaron en la época de la tecnología que apaga el pensamiento, el intelecto e incluso el afán de mostrar al mundo que los nuevas generaciones son mejores.

Todos en algún momento de nuestra infancia o pubertad soñamos con hacer algo increíble: escribir un libro, hacer una nueva especie de movimiento político, construir un grupo de amigos, e incluso los más osados pensamos en renovar la Iglesia, ¡sí! renovar la Iglesia.  Tal vez un sueño muy utópico pero si lo pensamos, no es muy descabellado.  

El sueño del Maestro de Galilea comenzó de esa manera. Es verdad, solo se deben leer los Evangelios para entender que el Señor reconoció lo bueno de las personas y apostó por realizar, por medio de ellas, un proyecto de transformación. Y al hablar de transformación no solo podemos referirlo a un proyecto social; porque de ser así, la Iglesia sería una asociación dedicada a la caridad, a un entusiasmo casi socialista, se olvidaría que la transformación de los seres humanos inicia desde una experiencia íntima y personal para llegar a un bienestar y responsabilidad comunitaria.

Cada católico sin importar el servicio ministerial, debería preguntarse: Desde mi experiencia, ¿qué cosas he podido transformar en mi familia, mi comunidad o mi parroquia? Además de hacerla y evaluar tal vez resultados que pueden ser o muy positivos o negativos debería involucrarse un poco más con las consignas de su niñez. Esas ideas de salvar el mundo, hacer progresar la comunidad, entre otras, son totalmente válidas en la comunidad cristiana en todo tiempo y en cada lugar por apartado que sea.

La Iglesia necesita hombres y mujeres que sueñen, que no se queden sólo en la mera experiencia ritual; necesita familias que apuesten por ideales de compartir y luchar por lograr la santidad, necesita grupos de amigos que se dediquen a hacer expansiva la manera de vivir la experiencia de evangelización desde los medios de comunicación masiva.

Necesitamos salir de nuestros presupuestos, a veces un poco egoístas y que nos hicieron superar nuestros ideales sencillos e inocentes y apostarle al proyecto del Señor. Ese proyecto donde aquellos que sean como los niños tienen una responsabilidad de no dejar apagar la llama del Evangelio de acoger la promesa hecha a aquellos que sueñan, que se raspan las rodillas, que a pesar de las diferencias las olvidan, que realizan proyectos comunes, de aquellos que creen y esperan en un futuro que puede  ser y será mejor (Cfr. Mateo 18, 3).

© 2017 – José A. Almeida González Pbro.  para el Centro de Estudios Católicos – CEC

José Antonio Almeida González

José Antonio nació en Zapatoca, Santander (Colombia), en el año 1986. Ordenado sacerdote para la Diócesis de Socorro y San Gil; el 12 de marzo de 2016. Delegado Diocesano del servicio pastoral de la catequesis y Vicario Parroquial; en la parroquia Nuestra Señora de Chiquinquirá del Socorro Santander Colombia, colabora como asesor de la delegación Juvenil Diocesana.

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