Hace unos días tuve la oportunidad de leer un artículo titulado: “Nadie sabe cómo explicar la actividad de este cerebro humano 10 minutos después de la muerte” ((http://es.gizmodo.com/nadie-sabe-como-explicar-la-actividad-de-este-cerebro-h-1793074316)). En resumen, una persona declarada clínicamente muerta registró actividad cerebral 10 minutos después, es decir, su cerebro mostró “vida” después de la muerte.

A raíz de dicho artículo me surgen varias reflexiones, como pensar en lo lejos que estamos de poder determinar exactamente lo que es la muerte. Se han ensayado muchas definiciones a lo largo de los siglos, pero como vemos, aún no logramos establecer ese momento único y determinante que marca el umbral entre la vida y la muerte. Incluso se han dado casos donde alguien clínicamente “muerto” ha revivido, así que el asunto no es tan sencillo.

Pero más allá de esta reflexión, el artículo me puso a pensar en el papel de la muerte en la cultura actual. Poco se habla de la muerte, lo que resulta curioso dado que es, en el fondo, la única certeza que tenemos en la vida. Antiguamente se tenía a la muerte mucho más presente, cuando la influencia del cristianismo en la sociedad era más fuerte. Alguno puede argumentar que dicha influencia era negativa, y que la religión hacía un énfasis desmedido en el tema de la muerte; esto puede tener algo de razón, pero la tendencia se ha desplazado al otro extremo, y hablar de la muerte, se considera en realidad “de mal gusto”.

Pero para el cristiano es fundamental meditar en la muerte. No para obsesionarse o caer en lo negativo, sino para recordar que estamos en este mundo de manera temporal; que lo que hoy vivimos es sólo una parte de la realidad y que nuestra meta se encuentra en la vida sin fin que nos ha prometido Dios después de la muerte.

Por eso, si bien es normal el temor a la muerte, ya que implica un cambio trascendental en la propia vida, para el cristiano no puede ser motivo de desesperanza. Por el contrario, debemos aprender a mirar a la muerte como una puerta, que nos conduce a un más allá que cumple esas promesas.

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

«“Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre” (GS 18). En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es “salario del pecado” (Rm 6, 23; cf. Gn 2, 17). Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección (cf. Rm 6, 3-9; Flp 3, 10-11). La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida».

Gracias a Cristo, la muerte pasó de ser una pena a ser un encuentro con Aquel que nos llamó a una vida eterna.

Por todo eso, no tengamos miedo de la muerte, sino más bien esforcémonos por estar siempre preparados para ese encuentro, sabiendo que el Señor nos espera con los brazos abiertos para la vida definitiva que nos ha prometido.

© 2017 – Carlos Díaz Galvis para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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