La preocupación por el cuidado ambiental es un tema relativamente nuevo. Se puede tomar como un hito histórico el libro Primavera Silenciosa de Rachel Carson, publicado en 1962, que denunciaba los efectos de los pesticidas sobre los ecosistemas. Pasó una década para que en 1972 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) creara una división dedicada al cuidado de la naturaleza: Plan de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Antes de estas fechas, no se tenía una clara conciencia de los impactos negativos que podrían causar sobre el ambiente las actividades humanas.

En este contexto se entiende que documentos oficiales de la Iglesia que abordaban la problemática social, como la Constitución Pastoral Gaudium et Spes de 1965 o la Encíclica Populorum Progressio de 1967 no hayan hablado explícitamente del cuidado del medio ambiente. Sin embargo, sí hablaban claramente de la responsabilidad del hombre sobre la creación.

San Juan Pablo II (Sumo Pontífice entre 1978 y 2005) contribuiría enormemente a definir, mediante escritos y discursos, la recta aproximación que debían mantener los católicos frente a la crisis ambiental, denunciando los impactos ambientales provocados por los abusos del hombre pero apartándose claramente de cualquier forma de panteísmo o ecologismo radical.

Esta visión está plasmada en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2004), donde se destina un capítulo completo al tema de “Salvaguardar el Medio Ambiente”.

[pullquote]A pesar de eso, varios siglos antes, San Francisco de Asís (1182–1226) ya entonaba el Cántico de las Criaturas, donde le agradece al Creador por el “Hermano Fuego”, la “Hermana Agua”, la “Hermana Tierra” y todas las criaturas del mundo. Mostraba así su creencia que todo lo creado era obra divina y que todos los seres debían tratarse como “hermanos” y “hermanas”.[/pullquote]

No es extraño entonces, que los Franciscanos de hoy en día también muestren un fuerte acento hacia la fraternidad con la naturaleza. Por un lado tienen una sólida escuela filosófica que nace desde San Buenaventura (1218–1274) y que ha prevalecido hasta nuestro tiempo en varias universidades. Por otra parte tienen proyectos concretos de reconciliación con la creación, como el “proyecto ecológico franciscano” de Holanda ((http://www.stoutenburg.nl/spaans.htm)), que ayuda a las personas a entrar en contacto con Dios en la naturaleza.

Los Jesuitas, fundados en 1540 por San Ignacio de Loyola, no se quedan atrás. Ellos cuentan con la revista digital Ecojesuit con la que buscan promover la preocupación por la ecología y tomar conciencia de la responsabilidad de nuestro estilo de vida, a través de la formación y la reflexión, para crear una sensibilidad ecológica y un compromiso de acción global. Es así como, en conjunto con otras comunidades religiosas, apoyan la Red de Juventud Católica para la Sostenibilidad Ambiental en África (CYNESA) para ofrecer una respuesta al doble desafío de la degradación medioambiental y del cambio climático, desde la perspectiva de la moral social católica, prestando atención a los más vulnerables.

Pero la preocupación por el medio ambiente no es exclusiva de las órdenes religiosas antiguas. La familia Sodálite, que se originó en 1971 con un grupo de jóvenes liderados por Luis Fernando Figari, busca la reconciliación integral de la persona humana: con Dios, consigo mismo, con el prójimo y con la creación. Es así que surge Creatio ((http://creatioweb.org)), una organización sin fines de lucro, que busca una respuesta a los problemas ambientales actuales, mediante actividades intelectuales, espirituales y vivenciales. Han organizado varios congresos de “Fe y Ambiente” así como llevado de misiones a jóvenes del primer mundo para que conozcan la problemática sociales y ambientales de los países en vías de desarrollo ((http://creatiomissions.org)).

El Papa Benedicto XVI continuó impulsando la toma de conciencia por parte de los creyentes sobre los problemas ambientales, enfatizando la importancia de la ecología humana. También ha dado ejemplo, realizando algunos cambios en la infraestructura del Vaticano para reducir su impacto ambiental ((http://www.neurope.eu/article/vatican-go-green)).

El Papa Francisco lo ha hecho también parte central de su pontificado; por ejemplo en la audiencia general del 5 de junio de 2013 se centró en la cuestión del medio ambiente, afirmando:

«Cuando hablamos de medio ambiente, de la creación, mi pensamiento se dirige a las primeras páginas de la Biblia, al libro del Génesis, donde se afirma que Dios puso al hombre y a la mujer en la tierra para que la cultivaran y la custodiaran (cf. 2, 15). Y me surgen las preguntas: ¿qué quiere decir cultivar y custodiar la tierra? ¿Estamos verdaderamente cultivando y custodiando la creación? ¿O bien la estamos explotando y descuidando? El verbo «cultivar» me recuerda el cuidado que tiene el agricultor de su tierra para que dé fruto y éste se comparta: ¡cuánta atención, pasión y dedicación! Cultivar y custodiar la creación es una indicación de Dios dada no sólo al inicio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; quiere decir hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos».

Pero la Iglesia somos todos y es el gran pueblo fiel el que puede hacer una diferencia significativa. ¡Esforcémonos por dar gloria a Dios mediante el cuidado de su creación!

© 2014 – José Miguel Yturralde Torres para el Centro de Estudios Católicos – CEC

José Miguel Yturralde Torres

José Miguel nació en Guayaquil (Ecuador). Es Ingeniero ambiental, con Maestría en sistemas integrados de gestión de la calidad, ambiente y seguridad; Master executive en desarrollo sostenible y responsabilidad social corporativa; y Master en exploración y producción de petróleo y gas.

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