En un mensaje a los delegados de los comités olímpicos de Europa, el Papa Francisco afirma que “los lazos entre la Iglesia y el deporte son una bella realidad que se ha ido consolidando en el tiempo, porque la comunidad eclesial ve en el deporte un válido instrumento para el crecimiento integral de la persona humana”.

Lo anterior se fundamenta en el hecho de que el deporte contemporáneo está cimentado en el lema cristiano del Barón Pierre de Coubertin, iniciador de los Juegos Olímpicos modernos, Citius Altius Fortius (más rápido, más alto, más fuerte). Así, en el mismo mensaje, el Papa sostiene que “la práctica del deporte, estimula una sana superación de sí mismos y de los propios egoísmos, entrena el espíritu de sacrificio y, si se enfoca correctamente, favorece la lealtad en las relaciones interpersonales, la amistad y el respeto de las reglas”.

Al celebrarse las Olimpiadas por primera vez en Sudamérica, continente con gran presencia histórica y cultural cristiana, tenemos una especial ocasión para ahondar en la bella relación entre la fe y el deporte. Ambas realidades tienen mucho que aprender una de la otra. La fe ayuda a iluminar y dar plenitud al sentido de la práctica deportiva, pero a su vez encuentra concreciones en muchos de los valores que guían el deporte.

La tradición cristiana siempre ha considerado al ser humano como una unidad de alma, cuerpo y espíritu. Desde tal perspectiva, la fe ayuda al deporte a no caer en reduccionismos, pues por más que sea una actividad física y corporal, tiene también relación directa con la mente y con el espíritu. Además, la fe invita a mirar hacia arriba, a tener visión de eternidad y a saberse siempre pequeño ante Dios, lo que permite al atleta vivir de manera adecuada tanto los triunfos como las derrotas.

Por otro lado, San Pablo invita a los cristianos a correr hacia la meta de la santidad con el mismo ímpetu y con la misma dedicación de los atletas, con la conciencia de que la corona que buscan es incorruptible y eterna, a diferencia de la de los atletas que se marchita (cfr. 1Cor 9,24-26). Ciertamente si todos los católicos nos entregáramos a nuestra misión de bautizados de la misma forma que lo hace un atleta olímpico, el mundo tendría muchos más santos.

Que las Olimpiadas 2016 sean, de verdad, como lo pidió el Papa Francisco, un impulso de paz, tolerancia y reconciliación para todo el mundo.

© 2016 – Alexandre Borges de Magalhães para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Alexandre Borges de Magalhães

Alexandre nació en 1972 en Brasil. Es Bachiller en Teología y Licenciado en Pedagogía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. En la actualidad es el Coordinador General del Movimiento de Vida Cristiana MVC. Reside en Lima (Perú).

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