La cultura post-moderna ofrece un panorama a veces desalentador para quienes desean conservar dentro de sus familias valores fundamentales, que constituyen el núcleo de la institución familiar. Hoy la familia es atacada por diversos flancos, como si el propósito fuera disolverla, desaparecerla o neutralizarla, como si se tratara de algo dañino o perjudicial, o por último, un concepto que estorba al desarrollo individual de quienes forman parte de la sociedad...

giovanni_paolo_iiEl Papa Juan Pablo II llamó a la familia bien precioso de la humanidad, pues es en su interior donde se forjan, se educan y se preparan los hombres y mujeres que luego se incorporarán a todas las sociedades del mundo, las transformarán y continuarán, dejándolas luego para las generaciones venideras. Tal como es citado por Livio Melina en la introducción del libro “Por una cultura de la Familia: El lenguaje del Amor” ((Livio Melina, Por una cultura de la Familia: El lenguaje del Amor, UCSP 2010.)), el hoy Santo afirmaba con convicción que el futuro de la humanidad pasa por la familia, evidenciando así una verdad que puede expresarse primordialmente en dos aspectos:

En primer lugar, es en la familia donde los individuos adquieren de modo adecuado el sentido de la propia identidad, pues ésta ofrece el espacio o marco adecuado para descubrir e interiorizar en su propia dignidad y vocación. Y en segundo lugar, aunque no menos importante, también es dentro de ese ámbito, de los vínculos familiares, donde se forjan las formas sociales de solidaridad.

Sin embargo, la cultura actual presenta un tremendo desafío para esa noble tarea, al cuestionar, desde lo antropológico –esto es, desde lo más esencial–, la verdad sobre el propio hombre y la familia, envolviendo ambas concepciones en un brumoso relativismo, en un laberinto desordenado de opiniones con aspiraciones absolutistas. Existe pues, también la otra alternativa, la opuesta: que la institución familiar, confundida en su propio ser y quehacer, no sea capaz de vislumbrar su propia misión y termine no formando, educando o preparando, sino por el contrario, deformando, abandonando o destruyendo.

Soy madre de tres adolescentes, dos varones y una joven damita, quienes día a día traen a casa diversas situaciones vividas entre amigos, compañeros de clase, anécdotas de sus maestros de escuela o universidad, dolores, alegrías, decepciones, malas calificaciones, etc. Encontrarlos al final del día, recogerlos de la escuela o sentarnos unos momentos a la mesa es siempre escuchar un sinfín de experiencias, propias y de sus amigos, alegres y tristes. Así mismo, tengo la gran alegría de ser profesora universitaria, lo cual me acerca más a las jóvenes generaciones, a los que yo denomino “hijos e hijas de la post-modernidad”.

De un tiempo a esta parte me han alarmado comentarios como: “Mamá, los papás de mi amiga se están separando” o “El papá de Francisco acaba de irse de su casa y él no sabe si irse con él o quedarse con su mamá”. La he escuchado más veces en estos meses que en mucho tiempo, y lo cierto es que la información viene acompañada del relato del impacto en la vida de esa chica o ese chico: ha bajado en sus estudios, bebe o se droga, no quiere hablar con nadie, llora todo el día o todo a la vez. Estos jóvenes, pese a lo que digan sus padres, se verán profundamente afectados por esta decisión, y eso se reflejará en su rendimiento como estudiantes, en su trato con los demás, en su forma de distraerse, etc. Es decir, todo su ser se verá tocado por esta penosa realidad, más aún, su propia visión de la familia sufrirá un duro choque.

Por otro lado, a ninguno de nosotros nos es ajena la situación de desorientación personal que muchos jóvenes viven frente a sí mismos y a los demás. La búsqueda desenfrenada de compensaciones, la falta de identificación adecuada con su propio sexo, mujeres que renuncian a su maternidad por lograr éxitos profesionales, compitiendo equivocadamente con los varones y desoyendo la expresión más profunda de su femineidad, la cultura de muerte, el culto a la fama, al dinero, al éxito, a los logros, a la belleza física, el rechazo a todo compromiso que signifique ser adulto, la resistencia a abandonar formas propias de la adolescencia; son solo algunas de las manifestaciones, los gritos de la orfandad en la que viven los niños y los jóvenes de hoy, en palabras de Guzmán Carriquiry Lecour, Secretario General de la Pontificia Comisión para América Latina, en un discurso a profesores universitarios de la Universidad Católica San Pablo.

[pullquote]La cultura post-moderna ofrece un panorama a veces desalentador para quienes desean conservar dentro de sus familias valores fundamentales, que constituyen el núcleo de la institución familiar. Hoy la familia es atacada por diversos flancos, como si el propósito fuera disolverla, desaparecerla o neutralizarla, como si se tratara de algo dañino o perjudicial, o por último, un concepto que estorba al desarrollo individual de quienes forman parte de la sociedad. Hasta los conceptos más básicos pretenden ser trastocados, desviados, confundidos, en nombre de nuevas ideologías, modernas, liberales o “liberadoras”, signos inequívocos del rechazo que el hombre opone al amor de Dios.[/pullquote]

Al respecto, cito un párrafo de la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio del mencionado Pontífice, que ofrece una visión bastante clara y explícita, que grafica un aspecto de lo que se menciona: «No raras veces al hombre y a la mujer de hoy día, que están en búsqueda sincera y profunda de una respuesta a los problemas cotidianos y graves de su vida matrimonial y familiar, se les ofrecen perspectivas y propuestas seductoras, pero que en diversa medida comprometen la verdad y la dignidad de la persona humana. Se trata de un ofrecimiento sostenido con frecuencia por una potente y capilar organización de los medios de comunicación social que ponen sutilmente en peligro la libertad y la capacidad de juzgar con objetividad» ((Ver S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio)).

Lo trágico de esta situación es que es cada vez más creciente, más aceptada, más “normal”; pareciera que se perdieran de vista las consecuencias que en el desarrollo de una sociedad tendrá la disminución de familias sólidas y bien constituidas, familias que resistan el embate de un mundo que se opone abiertamente a ellas, que pretende interferir hasta en la forma de educar, en los valores que se transmiten, etc.

Si entendemos la cultura como el medio por el que el hombre puede humanizarse cada vez más, aquello mediante lo cual la persona llega a ser más persona, siguiendo el pensamiento de Juan Pablo II, la familia es por lo tanto, el primer y más importante ámbito en el que el ser humano puede realmente hacer surgir su humanidad, en la riqueza de las relaciones que ahí se viven: hijo, padre, esposo, esposa, madre, hija; es decir, se reconoce parte de un todo y descubre su lugar en medio de esa primera célula social. Necesitamos recuperar la misión de la familia como educadora de la libertad, la responsabilidad, la consideración, el sacrificio, en última instancia, de la capacidad de amar de la persona. Si no trabajamos fervientemente por redescubrir que solo en medio de ella lograremos individuos, equilibrados, reconciliados, perdonados y que perdonen, en última instancia, capaces de amar y ser amados rectamente, estamos caminando hacia la destrucción de la misma sociedad, pues sin ella no hay asideros reales y exponemos a las personas a una manipulación de quienes ostentan el poder y buscan sus fines individualistas de poder dominante.

¿A quién corresponde pues la tarea de la defensa de la familia? Creemos que a todo ser humano interesado en la conservación de la raza humana, sin importar creencias ni convicciones personales, religión o tendencia ideológica. ¿Dónde si no aprenderán los hombre y mujeres a serlo realmente? ¿En qué espacio nos reconoceremos hermanos, sujetos con la misma dignidad, necesitados de perdón y capaces de amar al otro a pesar de las diferencias? ¿No es este el ideal de una sociedad que brinde el ámbito adecuado para que todos se desarrollen desde su singularidad y particularidad?

El asunto es de sentido común, el cual pareciera estar desapareciendo lentamente en nuestro tiempo: sólo en la medida en la que el ser humano descubra su propia y más profunda identidad, su valor y el de los demás, sabrá hacia dónde dirigirse, sabrá cuál es su lugar y misión en el mundo, y se volcará a la búsqueda de sus logros y metas individuales dentro de una visión de gran familia humana. ¿Nada nuevo, verdad?

© 2015 – Claudia Quiroz Pacheco para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Claudia Quiroz Pacheco

Claudia es jefe del Departamento de Humanidades de la Universidad Católica San Pablo de Arequipa (Perú)

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