hand_cover¿De qué depende el que mi vida no sea como el agua derramada en la palma de la mano? Creo que a veces nos viene la angustiante sensación de estar corriendo a toda prisa, de estar tan apurados, de tener tan poco espacio para lo esencial… y vernos como el agua que cae en la palma de la mano y no tengo cómo sujetarla. El querer que el bien no se nos escape de las manos, que la persona amada permanezca eternamente junto a nosotros, que los buenos sabores no se separen de nuestro gusto. En fin, vivimos deseando lo bueno y viéndolo alejarse con la misma velocidad con que llegó a nosotros.

¿Por qué lo bueno pasa tan rápido? ¿Y por qué lo malo parece transcurrir con mayor lentitud? No sé si podremos responder a tal pregunta. Pero creo que sí podemos tener luces para apreciar la duración de lo bueno, en especial, de aquellas buenas personas como nuestros padres, tíos, tías, hermanos o hijos que ya han dejado este mundo.

Empezaré diciendo que lo bueno viene de Dios. Y sé que Dios es eterno. Sus obras no están destinadas a desaparecer. La muerte, fruto del pecado, quiere que lo bueno termine. Y esa angustia que nos viene cuando lo bueno parece irse proviene de nuestra naturaleza divina, invitada a participar del misterio Trinitario. Considero que todo acto bueno, en particular todo acto de amor, no desaparece. Pasa el momento, sí. Pero el amor no está destinado a desaparecer o morir. Todo acto de amor es eterno, pues el amor lo es. Mis ojos en este mundo ven pasar el ferrocarril, las horas del reloj, el paso del tiempo en quienes queremos y nos duele que estén aquejados por tal o cual mal. Pero estoy seguro de que toda vez que he amado me he eternizado. Estoy seguro de la eternidad del amor, de la fuerza que tiene todo acto bueno en donde procuro lo mejor para la otra persona o para Dios. «Nada nos puede separar del amor de Dios», dice San Pablo.

El más sencillo acto de amor es eterno. Las pocas o muchas palabras que los esposos comparten, la vida en comunidad, dedicar tiempo al enfermo, las horas de estudio: todo lo humano puede estar lleno de amor. Y todo lo humano se puede eternizar.

[pullquote]Cuánto nos puede doler la partida de alguien a quien queremos. Parece que el corazón se desgarra y el bien se va.  Esta vida es fugaz, ya lo dijimos. Y eso a veces nos puede atormentar. Estoy convencido de que donde hay amor hay eternidad. La amistad con el verdadero amor es eterna. Ningún pasado en donde ha habido amor pasa. Ningún presente donde hay amor termina. Ningún futuro donde hay amor es imposible. Cuando el amor toca la puerta de nuestro interior y nos abrimos a su presencia, nos eternizamos. Por eso toda experiencia de amor, por más sencilla o cotidiana que pueda parecer, no lo es. Todo amor permanece.[/pullquote]

Mientras caminamos en este mundo el amor toma muchas veces la forma del dolor o la Cruz. No nos dejemos engañar. No es muerte. Es vida. En Cristo todo morir es vivir. En Cristo todo dolor se transforma en redención y reconciliación.

Hoy que recordamos a los fieles difuntos hagámoslo desde el amor: recordemos con nostalgia su partida, pero no nos dejemos abatir por el paso fugaz de quien amamos. Todo lo contrario: alegrémonos mucho de haber compartido sus dones. Y recordemos que el Amor nos espera al final de este recorrido para llevar a su plenitud todo grande o pequeño amor que tuvimos mientras fuimos peregrinos.

© 2015 – Rafael Ísmodes Cascón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Rafael Ismodes Cascón

Rafael nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).

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