Admiro a las personas pacientes. Me gusta observarlas, escucharlas e intentar ver la realidad con sus ojos. Entender cómo, sin abstraerse de las urgencias de lo cotidiano, saben esperar porque, para ellos, la vida no se resuelve en un instante. Admiro a estas personas por dos razones: La primera, porque considero que la paciencia es una virtud que aún debo seguir cultivando y no es fácil. La segunda, es porque conozco pocas personas que realmente son pacientes; creo que los pacientes son “una especie en peligro de extinción”.

La paciencia, describe patientia, la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse (viene justamente del latín pati que significa sufrir), la capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas o la facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho (Ver RAE). Desarrollada principalmente por los estoicos fue parte importante de las virtudes a cultivar en la antigüedad. El gran Aristóteles la describía en su Ética como el equilibrio entre emociones extremas o punto medio. Con ella, se consigue sobreponerse a las emociones fuertes generadas por las desgracias o aflicciones. Para ello, es necesario un entrenamiento práctico ante el asedio de los dolores y tristezas de la vida.

Ahora bien, el mundo en que vivimos, no es el de hace 2400 años, y ciertamente no favorece la paciencia. Vivimos en una cultura de lo inmediato, donde la rapidez de la información y de las emociones son el pan del cada día. Hoy en día todo se mide por los resultados inmediatos. La economía, la política, la industria, a las mismas personas, se les exige cierta inmediatez en su acción. Creo que un factor importante para esta cultura de la impaciencia son los cambios acelerados a los cuales nos ha acostumbrado la tecnología. Vivimos cierta miopía para ver la realidad. Miopía que puede darse por estar tanto tiempo frente a una pantalla, como también por la visión del presente inmediato sin su relación con el pasado y menos aún con el futuro. 

Es verdad, en esta cultura de la rapidez no todo es malo. Creo que puede haber cierto beneficio en la velocidad con que podemos acceder a la información, la prontitud para poner conectarnos con lo que sucede en distintos lugares. Pero no considero que porte beneficio alguno con respecto a las relaciones interpersonales en las cuales la capacidad de saber esperar es un elemento esencial. Vivimos muy poco conectados interiormente con los demás en el siglo de la hiper conectividad. 

La paciencia que nos lleva a soportar las pruebas, las cosas o personas que nosotros no queremos, hace que nuestra vida entre en un proceso de madurez. En este sentido, el Papa Francisco nos recuerda que quien no tiene paciencia, quiere todo de inmediato, todo de prisa. Quien no conoce esta sabiduría de la paciencia es una persona caprichosa, como los niños y ninguna cosa les está bien. La persona que no tiene paciencia es una persona que no crece, que se queda en los caprichos del niño, que no sabe tomar la vida como viene: o esto o nada (ver Homilía en Santa Marta, 14 de febrero de 2014)

Por ello, para el cristiano la paciencia no es resignación, o sólo soportar en una actitud más bien pasiva, la verdadera paciencia es otra cosa. La paciencia es una actitud activa que se parece más a la fidelidad y perseverancia que a la resignación, puesto que su fin no está en la paciencia misma o en el soportar sino el mantenerse fiel para algo, para alguien. Para el cristiano la paciencia supone la esperanza. Es decir, supone un don de Dios. Se sufre, se espera, se soporta, se es fiel, porque la mirada está puesta más allá de lo que nosotros sabemos. Podemos cultivar la paciencia sólo si estamos convencidos intelectual y afectivamente de que hay una gran esperanza que supera todo lo demás y esta gran esperanza, nos dice el Papa Benedicto XVI, sólo puede ser Dios, “que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar […] Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto […] Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es realmente vida” (Spes salvi, 31).

Cuando perdemos los fundamentos que nos trascienden nos volvemos impacientes. Cuando nos encerramos en nosotros mismos sólo buscamos retribuciones inmediatas y corremos el riesgo de medir todo según nuestras necesidades, incluso a los demás. A lo mucho, podremos soportar con cierto estoicismo las incomodidades de la vida cotidiana, pero siempre por un periodo de tiempo, siempre hasta que nos den las fuerzas. No hay un sentido más allá de nuestro ego. Pero es propio del ser persona el ser paciente por más que a veces nuestra propia naturaleza y las circunstancias en las que vivimos nos reclamen cierta inmediatés. La paciencia no se contrapone a la prontitud servicial, ni a la respuesta caritativa hacia los demás y hacia uno mismo. La paciencia sabe discernir los momentos para servir, para donarnos y para experimentar el amor de los demás.

El hombre es más persona en la paciencia pues en ella, se descubre así mismo, advierte cuál es su lugar en la realidad y en la historia; encuentra dinámicas de la relación con los demás que brotan del respeto, de la reverencia y la caridad con el prójimo; se da cuenta que la vida es más que un instante, que pasado, presente y futuro, origen y final, están una relación armónica. En fin, la paciencia nos recuerda que no dependemos de nosotros mismos, que nuestro ser está fundado en un Otro, en Dios y que nuestro destino es eterno: la comunión plena de Amor con Él.

© 2017 – Mijailo Bokan Garay para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Mijailo Bokan Garay

Mijailo nació en el Perú en 1982. Es teólogo, graduado de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Actualmente es Director de Investigación del Centro de Estudios Católicos (CEC) y Encargado de Estudios del Centro de Formación Nuestra Señora de Guadalupe.

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