La tecnología tiene un papel cada vez más presente en la vida del ser humano; pero precisamente por eso, su presencia se va haciendo cada vez más sutil. En la medida en que los diversos aspectos de la tecnología se miniaturizan cada vez más, es más difícil verlos y ser conscientes de su efecto.

En los años 30 del siglo XX, los computadores eran máquinas enormes que ocupaban habitaciones enteras, pesaban varias toneladas, y no tenían mayor capacidad que una calculadora moderna. Con el paso de los años, esta miniaturización se hace cada vez más rápida, y hoy hablamos de computación cuántica que funciona a nivel de partículas subatómicas.

Pero no es necesario ir tan lejos: miremos nuestro reloj, nuestro teléfono, nuestro televisor. Se trata de aparatos que poseen tecnologías complejísimas en un tamaño muy reducido. Y podemos extrapolar esto hacia el futuro, imaginándonos cómo la tecnología se puede reducir cada vez más hasta hacerse imperceptible. Estas tecnologías “invisibles” se concretan usualmente de una manera que las puede explicar de modo claro y conciso, y el ejemplo que se suele usar es el de “casas inteligentes”.

Una casa inteligente no necesita evidenciar su tecnología de manera abierta; en lo exterior parece una casa como cualquier otra, pero la tecnología que posee de manera digamos “encubierta” le permite interactuar con sus habitantes para satisfacer sus necesidades, muchas veces incluso sin tener que manifestarlas de manera abierta.

Un ejemplo muy conocido es la casa del fundador de Microsoft Bill Gates, «una mansión que le llevó a Gates siete años y 63 millones de dólares construirla. Necesitó más de 100 técnicos para cablear su sistema tecnológico, controlado por docenas de ordenadores y más de 80 kilómetros de cable de fibra óptica.

Como podemos imaginar, la casa, denominada Xanadu 2.0 (pequeño homenajeando a Ciudadano Kane), es una maravilla de la tecnología automatizada. Su red informática ajusta la temperatura, la música y la iluminación, en base a microchips que llevan encima los huéspedes de la casa y sus invitados. Incluso uno de los garajes se transforma en una cancha de baloncesto con tan solo apretar un botón.

El servidor central funciona como cerebro y permite a los ocupantes de cualquier habitación elegir entre una amplia biblioteca de películas, música o cuadros. Estos se mostrarán en los monitores de alta definición que encontramos en casi todas las habitaciones de la casa. Unos altavoces ocultos en las paredes nos permiten escuchar la música, que nos sigue automáticamente, como las películas, que podemos comenzar a ver en el salón y, sin problema, reanudar en uno de los dormitorios o, mejor aún, en la sala de cine privada de la mansión, preparada para 20 personas.

Llena de sensores, la casa detecta que alguno de los coches de los habitantes se acerca mediante el GPS y se conectan algunos de los servicios preferidos: un baño con la temperatura preferida, por ejemplo. La climatización automática no se limita a la casa, el agua de la piscina también se puede controlar, así como el suelo de los caminos y senderos de la finca, al igual que los suelos de la casa, por supuesto.

Estos suelos, además, pueden realizar un seguimiento de las personas con una precisión de 15 centímetros, parte de la seguridad que se monitoriza remotamente desde el campus de Microsoft en Redmond, del que también forman parte las cámaras ocultas en paredes, techos o árboles y piedras de exterior» (1).

Vemos en este ejemplo una tecnología que está pendiente de sus usuarios 24 horas al día, tratando de satisfacer sus más mínimos deseos. Por supuesto que todos quisiéramos una casa así, pero… ¿pueden existir riesgos?

Creo que como todo avance tecnológico, las casas inteligentes y otros ejemplos de tecnología invisible tienen grandes ventajas, pero también algunos peligros: esa presencia tecnológica puede hacernos tal vez caer en el facilismo, en el tener todo a la mano y a evitar cualquier esfuerzo, por pequeño que sea. También está el peligro de renunciar a la realidad, aceptando la mediación omnipresente de la tecnología como reemplazo y “mejora” de aquello que es real pero imperfecto por su propia naturaleza. El renunciar a las categorías de “bien” y de “mal”, de lo “bueno”, lo “verdadero” y lo “bello” por categorías de “útil” o “inútil”, también afectan al ser humano que se aproxima a la tecnología sin una actitud crítica y responsable.

(1) Ver http://www.tecnologiadetuatu.elcorteingles.es/actualidad/la-casa-de-de-bill-gates/

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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