angelusLos seres humanos han participado de los ecosistemas por cientos de miles de años. Así como los castores modifican el flujo y el curso de los ríos con obras de ingeniería para hacerse un hábitat adecuado y seguro, los seres humanos siempre han modificado su entorno. Lejos de ignorada, la presencia humana en la naturaleza es muy controvertida. Revisemos por turno tres tendencias que agrupan la mayoría de posturas al respecto: la inhumana, la antihumana y la propiamente humana.

La ecología inhumana, también llamada del “excepcionalismo humano”, considera que el ser humano, por la superioridad de su razón, y como extensión de ella, su ciencia y tecnología, puede atribuirse el derecho de someter a la naturaleza y abusar de ella a su antojo. Lo único que detiene su voluntad de poder es que la posibilidad de que la destrucción de hoy amenace su supervivencia mañana. No le reconoce más valor a la naturaleza creada que la utilidad práctica para el ser humano.

Lynn White la atribuye a la tradición cristiana que en el Génesis recibe el mandato de “someter la tierra”. Sin embargo, hasta hace sólo tres siglos, en el uso y cultivo de la naturaleza primaba la armonía y el respeto por los ritmos naturales. Otros son los factores precipitan esta actitud. Uno es la voluntad de poder, advertida por Nietzsche, que nace de la Ilustración. El hombre endiosa la razón y con ella pretende mejorar la naturaleza y someterla a su capricho. Extiende su poder y no le reconoce límites morales. A esto se suma la ética protestante que según señala Weber, ve la acumulación de riqueza como señal de favor divino. A ambas dinámicas se suma el individualismo liberal que afirma derechos sin responsabilidades, para justificar una economía y consumismo de crecimiento ilimitado y la consecuente explotación de la naturaleza.

Hay que asombrarse del egoísmo utilitarista y la cortedad de visión de estos hombres de reducida humanidad. Más aún de su total falta de reverencia frente a un misterio que los sobrepasa ampliamente en su belleza y complejidad; de la soberbia del que decide ignorar todo lo que va más allá de su utilidad inmediata. Quien abusa y explota en exceso sin pensar en las consecuencias, quien destruye lo que no comprende, quien hace sufrir innecesariamente a otra creatura, no sólo está ya enfermo, sino que continúa degradándose y rebajando su propia dignidad. Atenta contra sí mismo, contra la naturaleza y contra la humanidad toda.

© 2013 – José Ambrozic Velezmoro para el diario El Comercio (Perú). Publicado el 18 de junio de 2013.
 
 

José Ambrozic Velezmoro

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