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Hace un tiempo atendí a una de las obras musicales que más me han impresionado. Se llama “Yo puedo, un sueño hecho musical” y fue organizado en Lima por el colegio “La Alegría en el Señor” que ya hace 60 años -desde la fe de la Iglesia- brinda educación, rehabilitación y alimentación a niños y jóvenes con discapacidad física.

El espectáculo resultó conmovedor, no solo por los niños que sobreponiéndose a limitaciones físicas salieron a cantar y bailar -unos incluso en sillas de ruedas y otros apoyados en sus muletas-, sino también por todas las personas que estuvieron detrás de ellos, finalmente por el testimonio vivo de la fuerza transformadora del Amor. Los cantos y coreografías fueron intercambiando con testimonios y palabras llenas de contenido muy hondo.

Me hizo reflexionar de modo muy peculiar lo que Gigi Muelle, la directora artística de esta espectacular producción, mencionó al dar su testimonio. Contó al público presente su inicial escepticismo respecto a personas con discapacidad física que pretendían realizar un musical, pero que al hacer los castings junto con las hermanas que trabajan en el colegio ((Las hermanas que están a cargo del colegio son las Siervas del Plan de Dios, a quienes hay que reconocer su generosa entrega a la obra del Señor)), se topó con algo sorprendente, pues logró descubrir no solo los talentos de estos niños y jóvenes, sino también su fuerza y convicción que les ha permitido salir adelante.

Hubo una idea que me llamó mucho la atención y fue a la hora de hablar de las limitaciones de estos niños. Muchas veces he escuchado decir “personas especiales”, “discapacitados”, “inválidos” a la hora de describir la situación de estas personas tratando de no ir en desmedro de su profunda dignidad; pero esta colaboradora de “La Alegría en el Señor” señaló que ellos son como nosotros y que tan solo tienen mayor dificultad.

Esta categoría me quedó dando vueltas en la cabeza pues algo que resaltaba de la obra era que en el conjunto todos eran un cuerpo y tan solo -como en cualquier grupo humano- unos cumplían una función y otros, otra. Es más, en el tema musical con que cerraron la obra decían claramente: “Yo no soy más ni menos, soy solo alguien más”. Así, su dignidad -por tanto la de toda persona- posee algo que nadie puede traspasar, que no puede ser destruido, quizá pudiese llegar a ser ensombrecido por uno mismo al no reconocer el propio valor.

Teniendo esto claro me surgió una duda acuciante: ¿qué es eso que nos hace “indestructibles” en nuestra dignidad?, ¿qué caracteriza al hombre para hacerlo digno?

El Concilio Vaticano II dio una luz esplendorosa al hablar del hombre como «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo» ((Gaudium et Spes, 24)). ¿Qué es entonces eso que Dios ha amado en el hombre?

Ensayando una primera respuesta: el hombre es persona, «ser abierto a la comunicación, capaz de escucha y respuesta, de diálogo y comunión» ((Luis Fernando Figari, Dignidad del hombre y los derechos humanos, p. 13. Varias de las ideas aquí desarrolladas tienen inspiración en este texto.)). Sí, Dios creó al hombre como un ser personal y lo puso en directa relación con Él, como nos lo gráfica bellamente el Génesis. Pero tratando de llegar más hondo, ¿qué caracteriza entonces este ser persona?

Si bien la definición ofrecida da luces sobre el significado de ser persona, habría que destacar dos elementos muy intrínsecos del ser personal: la libertad y la conciencia. Así, estos niños con mayor dificultad -y otros con menor dificultad- tienen de forma inamovible libertad y conciencia propias.

Todo esto ofrece muchas luces, pero queda una interrogante por resolver: si bien queda claro que son dignos -y esto es incuestionable-, ¿por qué sufren limitaciones? (en el caso expuesto limitaciones físicas, pero ampliando la mirada las del más variado tipo, como variadas realidades humanas se encuentran sobre la faz de la tierra), y podría preguntar alguno con malicia, ¿por qué Dios hace que el hombre sufra en sus días sobre la tierra? En el fondo está la aún más acuciante pregunta ¿por qué padece mal el inocente?

jobPuede ser un buen aporte mirar la historia de Job ((ver especialmente los capítulos 1, 2, 29 y 38 del libro de Job)) . Él es un hombre justo de quien Dios llega a afirmar que “es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”, pero Satán no opina igual pues cree que es un hombre justo sólo por los beneficios recibidos de Dios en su vida, y apuesta a que al poner mano a sus posesiones, Job maldecirá a Dios a la cara. Dios le contesta: “De acuerdo. Métete con sus posesiones, pero no le pongas la mano encima”. A este enigmático diálogo siguen las desgracias en la vida de Job, una tras otra, cada una peor que la anterior; y si bien resalta su paciencia proverbial, Job llega a maldecir a Dios y maldecir el día en que nació. ¿Ganó la apuesta Satán?

Volviendo al diálogo entre Dios y Satán, resalto la condición que pone Dios: “no le pongas la mano encima”. Si Satán tenía la posibilidad de traer catástrofes a la vida de Job, ¿en qué consiste eso que no puede tocar?, ¿cómo se da eso de no ponerle su mano encima? Pues bien, la libertad y la conciencia de Job le permiten “abrir diálogo” con Dios y al escucharlo transformar su mirada de las cosas. Sucede que si bien Job llega a maldecir a Dios, finalmente se retracta y arrepiente con el gesto de estar “echado en polvo y ceniza”. En su ser personal, libre y con conciencia, queda intacta la posibilidad de volver a Dios; eso sí que no lo puede tocar Satán y definitivamente es ello lo que manifiesta que al final el Bien es, mientras que el mal simplemente es ausencia.

Es más, luego de su arrepentimiento “Yahvé bendijo ahora a Job más que al principio”. Definitivamente Dios no quiere el mal aunque lo permita, pero la fuerza de su Amor es tan potente que logra sacar cosas buenas de las malas.

Así, la dignidad del ser humano reside en la afirmación ya citada del Concilio que en verdad se extiende un poco más: “el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. Justamente esta entrega, la caridad verdadera, es a la que no puede echar mano Satán, es -a mi juicio- el elemento fundamental de la dignidad del hombre: a cada uno -tenga más o menos dificultades, sea capaz de ver todo esto o no- Dios ha regalado su gracia y ha puesto entre sus manos la posibilidad de arrebatar el cielo, de estar eternamente junto a Dios.

Volviendo a la experiencia del musical, hubo una actitud que me llamó la atención y es la referencia a la gracia de Dios que ha acompañado todo el trabajo hecho por aquellas esmeradas personas. En el canto de cierre señalaban entre melodías que “con la fuerza que me da el Señor todo lo puedo conseguir” e invitaban a los espectadores -y en el fondo a todos- a que “si yo lo puedo hacer, ¡tú puedes también!”.

© 2014 – Cankin Ma para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Cankin Ma Lam

Cankin nació en Santiago de Guayaquil (Ecuador) en 1991. En la actualidad reside en São Paulo (Brasil). Realizó estudios de economía, y actualmente estudia la carrera de Teología en el Instituto São Boaventura.

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