El silencio constituye una senda hacia la vida interior. Es fundamental para hallarnos y para encontrar a Dios. Es un camino muy concreto para dejarnos transformar por el Espíritu de amor. Su práctica, enseñada a través de siglos de historia cristiana, por innumerables maestros y tradiciones espirituales, conforma una educación para acoger la verdad. El silencio abona el terreno de nuestra vida. Vivifica nuestra andadura para que la gracia de Dios actúe, en nuestro bien y en el del prójimo.

Hablar del silencio quizá nos incline a pensar que se trata de oponerse a la palabra. Que aquello que decimos es algo difícil de gobernar, incluso de educar, como un caballo chúcaro. De una manera extrema, hasta algo negativo e inmanejable. Nada más distante de la realidad. Toda la creación de Dios es maravillosa. Particularmente la persona con sus facultades es la máxima expresión del amor de Dios.

El cultivo del silencio compromete a toda la persona. El cuerpo y el alma forman una unidad. Por lo tanto, no esperemos aprender a hacer silencio interior sin al menos alguna exigencia exterior.

El silencio exterior está destinado a servir a la serenidad interior. Sin embargo, no es aconsejable depender totalmente de las estructuras externas para practicar el silencio. Es la motivación interior lo que nos debe impulsar a buscar la quietud silenciosa.

La palabra conforma uno de sus más extraordinarios dones. ¿Cuántas cosas bellas y sublimes se han comunicado, declamado, cantado o escrito? Poesía, prosa, plegarias, canciones, narrativas, en fin, muestran la intensa creatividad humana. El deseo de comunicarse, de alabar a Dios, constituye una de las formas más apasionadas de expresar la honda dimensión humana y espiritual de la persona.

¿Cómo dejar de conmocionarse con las palabras de la sencilla María en el Magníficat? O la exclamación de Jesús a Dios en la agonía de la Cruz, cuando proclama: “¿Padre, por qué me has abandonado?” (1).

En aquel momento crucial para la salvación humana, Jesús invoca los versos del Salmo 22, dejándonos una lección de la fuerza de la palabra de Dios. Los Salmos constituyen un paradigma del lenguaje y de la comunicación entre Dios y la persona.

Con los Salmos particularmente, Dios ha deseado que experimentemos la oración, lo que es orar, y como había que orar. Pero también nos manifiesta que a cada uno nos corresponde traducir nuestras propias plegarias en la oración que Dios nos ha regalado.

La práctica del silencio está integrada a la madurez espiritual. Los maestros de la vida interior suelen insistir en la importancia de la palabra y de la comunicación. Las enseñanzas deben transmitirse mediante las palabras adecuadas, de manera edificante, en los momentos convenientes. Que estas palabras sean bien pensadas y manifestadas con prudencia y caridad.

En esta dimensión, el silencio conduce a una cada vez mayor posesión de uno mismo como persona, en la dinámica del encuentro con Dios y con los demás, el anhelo de comunión que llevamos inmerso en lo profundo de nuestra naturaleza.

En la vida espiritual y en el deseo de aportar un buen consejo, ocurren momentos en que el Espíritu Santo se hace presente con palabras de guía y consuelo, de luz y ánimo. Por lo tanto, hay que hacer silencio para escuchar.

El silencio cumple varias funciones. Es una cualidad para la ecuanimidad. Es un requisito previo para el examen interior y la autoevaluación. Asimismo, actúa como medio para la observación de la propia vida. También constituye una de las condiciones básicas para prestar oídos al Espíritu. Por ello, la educación para el silencio interior debe prolongarse a lo largo de nuestra vida (2).

El silencio nos instruye en el correcto pensar, que opta por la primacía de la verdad, la caridad y la misericordia. El principal marco referencial para esta manera de pensar y actuar es el Evangelio.

Así entendido, el silencio, quizá aquel pequeño instante en que reflexionamos, adelantándonos a las maneras reflejas de actuar, nos ayuda a apartarnos de los errores, de la ignorancia, del subjetivismo y de los juicios que incitan los hábitos sentimentales o emotivos, donde priman las ideas equivocadas, los diálogos interiores descaminados, y los pensamientos parásitos, que perturban y oscurecen la mente.

Hay que tener presente que el silencio constituye un medio y no un fin. Se trata de encauzar antes que negar o reprimir. Se busca proceder al reordenamiento, a la renovación, y al correcto empleo de las potencias interiores. Se trata de educarse en la virtud. De vivir la “metanoia”, la conversión, que constituye una primera instancia para conformarse con el Señor Jesús, Hijo de María.

Las personas podemos aprender. Podemos transformar nuestras conductas. La reorientación del silencio y la expresión desea, en el fondo, guiar rectamente nuestras palabras y nuestras acciones. La finalidad no es “hablar bien” solamente, como el ideal propuesto por los retóricos de la antigüedad, sino hacernos colaboradores de la verdad.

Si permitimos que facultades buenas, pero en este caso, posiblemente desordenadas, como la palabra desbocada, la memoria cargada de tortuosos recuerdos, la fantasía desorbitada, y pasiones como la ira, la amargura y la rabia se empoderen, Dios culminará excluido de nuestro interior. Seremos incapaces de tenerlo presente. La Palabra de Dios reclama que desterremos “la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad” (3).

No podemos pecar de inocentes. A veces actuamos de manera impulsiva. Permitimos que nos guíen nuestras pasiones, nuestros hábitos o, simplemente, la inconsciencia. Frecuentemente el primer signo de estos “arrebatos” son palabras que quisieramos no hayan salido de nuestra boca, porque ofenden y destruyen.

En un ensayo sobre el silencio, Giovanna della Croce se refería a la importancia de la educación de las palabras, considerando que es “necesaria para lograr el dominio y la paz de la persona humana en sus movimientos externos (…) Para adquirir la plena posesión de las facultades interiores” (4).

Della Croce advierte que el silencio poco o nada tiene que ver con las “falsas formas de mutismo como el silencio de resentimiento, de rencor, de odio, de dureza de corazón, de egoísmo, que es causa de falta de caridad y a menudo de pecado; el silencio de cobardía, de miedo a crearse enemigos; o el silencio de consentimiento del pecado ajeno” (5).

Hacer “silencio” en diversos ámbitos de nuestra naturaleza, como el hablar, los gestos, el entendimiento, la memoria, las fantasías y las pasiones, nos encaminan a ser más dueños de nosotros mismos. Por lo tanto, a crecer en la libertad.

(1) Mt 27, 46.

(2) Ver Adrian van Kaam, C.S. Sp., Dynamics of Spiritual Self Direction, Dimension Books, Denville 1976, p. 510.

(3) Ef 4,31.

(4) Ver Giovanna della Croce, Silencio, en Diccionario de Espiritualidad, dirigido por Ermanno Ancilli, Editorial Herder, Barcelona 1984, T. III, p. 391.

(5) Allí mismo.

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